ANÁLISIS

La «Europa de los pueblos»: El diseño hitleriano de Europa.
Alemania al final de la Gran Guerra (1)

En el capitulo primero planteamos la necesidad de desentrañar las bases materiales de la aparición, en diversas zonas de Europa, de proyectos regionales de orientación nazi y los intereses de clase que los sustentan. Para ello proponemos profundizar en el desarrollo histórico, pero sobre todo extraer las leyes generales y mecanismos a través de los cuales la burguesía monopolista genera e impone un régimen nazi, sobre qué necesidades y en torno a qué objetivos. El régimen nazi en Alemania no fue el único régimen de dictadura terrorista de Estado. Hubo otros, como el fascismo italiano y el franquismo en España. Fue el nazismoe sin embargo, junto con el socialfascismo soviético, posteriormente, quien llevó la maquinaria de represión y terror a su máxima expresión. Fue, además, quien en mayor medida consiguió agrupar bajo su bandera a amplias masas de la pequeña y mediana burguesía y del pueblo trabajador alemán, comenzando por la llegada al poder del partido de Hitler por la vía electoral.

Pocos en Alemania y en el mundo sospechaban, a finales de los felices años 20, el horror que se avecinaba. Hitler, aquel patético teniente austríaco protagonista del «putsch» de 1923, no dejaba de ser una figura pintoresca en el panorama político de una Alemania que comenzaba a andar, en ese momento, por el camino de la prosperidad, aun a pesar de las severas condiciones del Tratado de Versalles. Bastaron tres años para que el mundo diera un vuelco, y sin embargo las condiciones ya estaban dadas. Estas condiciones fueron la humillación de un Tratado impuesto que, si formalmente se acató, nunca se aceptó; también la crisis económica que Alemania sufrió, como ningún otro país, tras el «crack» norteamericano de 1929. Pero sobre todo, y en primer lugar, la férrea voluntad de la burguesía monopolista alemana de disputar y arrebatar a los imperialismos rivales la hegemonía europea; y la firme decisión de encadenar a su pueblo a esa misión, escarmentada tras el levantamiento popular que llevó a la derrota germana en 1918.

Alemania en guerra

La derrota de los Imperios Centrales (Alemania y Austria) en la Iª Guerra Mundial suele achacarse a la tenaz y desesperada resistencia del ejército francés en la guerra de trincheras y, finalmente, a la superioridad de los países de la Entente, particuarmente tras la implicación norteamericana. Sin embargo, el protagonista primero del hundimiento del expansionismo de la burguesía monopolista alemana fue sin duda el propio pueblo alemán. Tanto en lo político, lo económico como en lo militar, la relación de fuerzas entre los dos bloques estaba relativamente equilibrada. Pero a una mayor amplitud y extensión de las fuerzas de la Entente (Francia, Inglaterra y Rusia) correspondía una mayor concentración política, industrial y geoestratégica de las potencias centrales. Frente a la guerra de trincheras que paraliza el frente occidental, los ejércitos germanos invadían Polonia, el Báltico, Servia, Rumania, Ucrania y gran parte de la Rusia europea, llegando a sólo 100 km de San Petersburgo.

«O la revolución hace estallar la guerra, o la guerra desencadena la Revolución».

En octubre de 1915, los comunistas de Alemania, Francia, Italia, Rusia y otros países lanzan el manifiesto de Zimmerwald ?en cuya elaboración participa Lenin?, donde se llama a transformar la guerra interimperialista en guerra revolucionaria. Aunque con distinto calado, el llamamiento alcanza a la clase obrera de los países en guerra y a los soldados en el frente. El ejército frances sufre varios conatos de rebelión. En Alemania comienza a organizarse una resistencia activa y sabotajes en las fábricas de armamento que afectan en gran medida a la marcha de la guerra. Pero es en Rusia, donde la guerra ha colocado al país en una situación catastrófica insostenible, donde el Partido Comunista lleva hasta sus últimas consecuencias la proclama de Zimmervald y, tras la disolución del régimen zarista, toma el poder en octubre de 1917.

Si bien la retirada de Rusia de la guerra supone un fortalecimiento de la burguesía monopolista alemana y un reajuste de la estrategia militar, la profunda influencia que va a ejercer sobre el proletariado y el pueblo trabajador de Alemania la toma del poder en Rusia por parte de la clase obrera, la justeza de la orientación de «transformar la guerra interimperialista en guerra revolucionaria» y la resplandeciente evidencia de que esto no sólo es necesario, sino posible, empujan a las masas al levantamiento popular. En marzo de 1918 el ejército alemán todavía es capaz de lanzar una ofensiva en Picardía (Francia) rompiendo el frente anglo-francés, pero a finales del mismo año, las principales ciudades alemanas están en manos de Consejos obreros. El desencadenante es la rebelión de la Marina de guerra alemana en Wilhelmhaven el 29 de octubre. El 7 de noviembre, los revolucionarios bávaros toman Munich. El rey huye de Baviera. Dos días más tarde, Guillermo II abdica, pero los revolucionarios  no consiguen derrotar a los socialdemócratas de Ebert, que votaron los créditos de guerra, y éste asume el mando de la República. Al día siguiente, el Kaiser huye a Holanda. Dos semanas antes, las masas obreras habían instaurado un Consejo de la Revolución en Viena. El proceso revolucionario en Alemania está en marcha y no es fruto de una rebelión espontánea. Si en 1914 un solo diputado socialdemócrata (Karl Liebknecht) vota contra los créditos de guerra, en 1915 son ya 18. En 1916 la oposición socialista, dirigida por Liebknecht y Rosa Luxemburg, rompen con la IIª Internacional. Se publica la Carta Política que daría orgien a la Liga Espartaquista, embrión del Partido Comunista de Alemania.

Todos contra la Revolución

El término de la guerra era una necesidad ineludible para frenar el auge revolucionario. En esto coinciden no sólo los diferentes sectores de la burguesía monopolista alemana, sino también con las burguesías europeas, que ven en la Revolución bolchevique el principal enemigo. De otra forma, con el triunfo de la Revolución en Rusia y la huida del Kaiser Guillermo de Alemania, es sólo cuestión de semanas el triunfo de la Revolución en Alemania. En el Congreso de Obreros y Soldados de Berlíbn, el 16 de diciembre de 1918, los socialdemócratas imponen temporalmente sus tesis. Dos semanas más tarde El gobierno del socialdemócrata Ebert, en alianza con el ejército, desencadena una sangrienta represión contra los Consejos obreros y contra la Liga Espartaquista, y ejecuta a Liebknecht y Luxemburg. La represión no terminará hasta dos años más tarde, con la represión de los levantamientos populares de Bremen y el Ruhr y la ilegalización del partido Comunista.

Conclusiones

Por primera vez en la Hisotria, las clases populares y el proletariado, dirigido por sus organizaciones revolucionarias, fue capaz de desbaratar los planes bélicos de una burguesía monopolista a la ofensiva, y con unas caractrísticas extraordinariamente agresivas. Por primera vez el proletariado organizado es capaz, frente a las arengas patrióticas de la burguesía y el generalato, de quebrar la guerra imperialista y transformarla en un enfrentamiento por la toma del poder de una clase, la clase obrera y las masas populares, frente a la dictadura de  la burguesía monopolista. Para los grandes capitalistas alemanes ha sido una dura lección, que les obliga a aceptar una rendición vergonzosa y unas condiciones draconianas por parte de los aliados, aunque no tardarán en soldar su alianza frente al enemigo de clase. Pero en ningún momento, ni siquiera en el perído de distensión de 1925-1929, estos sectores van a renunciar a la lucha por la hegemonía en Europa. Para ello, necesitan liquidar política, organizativa y físicamente la Revolución alemana. Pero necesitan también incorporar parte de las demandas económicas de la clase obrera a su propio programa, ?especialmente tras la crisis economica de 1931?, para encuadrar a las amplias masas obreras y populares en su programa de lucha. Ambas tareas serán encargadas al partido nacional-socialista alemán. La persecución y asesinato político de la oposición y la reivindicación de las demandas económicas de un proletariado en crisis serán, respectivamente, la primera tarea encomendada y el banderín de enganche del nazismo.

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La guerra de desgaste en las trincheras -ante la imposibilidad de una guerra de movimientos por ambas partes- es valorada por el alto mando alemán como beneficiosa para sus intereses. La línea máxima de penetración alemana se consigue en el primer mes de guerra, frenados los ejércitos por la resistencia francesa y belga. El resto de la guerra es un desesperado juego de ofensivas y contraofensivas que desfonda literalemtne el ejército francés. La ofensiva de febrero de 1915 en Champaña se salda con 50.000 muertos y ningún avance. La de Artois con 300.000 muertos y prisioneros franceses frente a los 8.000 alemanes. La segunda ofensiva de Champaña consigue hacer 25.000 prisioneros alemanes... a costa de 150.000 bajas francesas.

En septiembre de 1917, el jefe de Estado Mayor alemán, Ludendorff, presenta un informe en el que señala con toda claridad los objetivos geoestratégicos que persigue la guerra en el Oeste: anexión de Bélgica; unión con Holanda asegurándole la protección de sus posesiones coloniales; anexión de la orilla derecha del Mosa (Francia); anexión de Dinamarca. Utilización de las costas flamencas para intervenir en Inglaterra y hegemonizar el comercio marítimo. Basta uno de los párrafos del informe para apcreciar la escasa actitud derrotista de Alemania a finales de 1917: «Ello implica, aparte de Rusia, buscar salida en ultramar, especialmente en América del Sur, un dominio colonial en Africa y puntos de apoyo para la flota colonial (...). Si renunciamos por ahora a la costa flamenca, la Marina tiene pleno derecho a reclamar puntos de apoyo que le permita conservar, en una próxima guerra, el libre acceso de Alemania a todos los mares del Globo, y con ello las exportaciones alemanas al extranjero. Cuanto más lejos permanezcamos de este objetivo, mayores serán los stocks con que deberemos contar, sin provecho, en Alemania».
Por otra parte, la retirada de Rusia tras la Revolución de Octubre posibilitaba el traslado de los ejércitos orientales (un millón de soldados) al frente occidental, ante la llegada de tropas norteamericanas e inglesas.

TBA