REPORTAJE HISTÓRICO

España en el siglo XX:
La irrupción de la República

Aunque signifique un cierto desbarajuste temporal respecto al desarrollo de este serial sobre la historia de España, hemos querido dedicar esta entrega, coincidiendo con el 14 de abril, a los acontecimientos que rodearon la proclamación de la Segunda República. Es un particular homenaje a un periodo que, a pesar de los años transcurridos, sigue instalado en la memoria popular como la etapa donde nuestro pueblo pudo gozar de mayor libertad y horizontes.

¿Cuáles son las bases para que se pudiera desarrollar? La realidad es que los años republicanos constituyen quizá el momento donde la historia de España adquiere una mayor autonomía con respecto a los planes de las grandes potencias imperialistas. Por una conjunción de hechos que analizamos en el contenido de la página, el desarrollo de los acontecimientos pasa a decidirse, de forma principal, por la voluntad de los que viven dentro de las fronteras españolas, y no por los designios de aquellos que intervienen desde fuera. La defenestración de la dictadura de Primo de Rivera, auspiciada por unos centros de poder internacionales temerosos del incipiente desarrollo independiente que adquiría España, abre una espita por la que se cuelan las ansias de libertad de una población cada vez más organizada y combativa. Es en esta contradicción entre los planes del imperialismo por reconducir la situación nacional y la voluntad creciente de libertad e independencia de la mayor parte de la sociedad española, donde se asientan las bases de un enfrentamiento que adquirirá tintes cada vez más virulentos, desembocando en la Guerra Civil.

La caída de Primo de Rivera

El pronunciamiento de Primo de Rivera es, en un principio, aceptado por todos los centros de poder, tanto por parte del conjunto de la oligarquía como por las potencias extranjeras presentes en España, como la única salida a una situación excesivamente peligrosa. El vejo orden heredado de la Restauración, caciquil y corrupto, era ya completamente incapaz no ya de imponer su autoridad, sino dar una solución a los problemas. La guerra de Marruecos desangraba, encadenando derrotas humillantes, el país, transformándose no sólo en un problema exterior, sino también de orden interno. Las burguesías vasca y catalana agudizaban sus tendencias disgregadoras, ante el deteriorio de la situación española. Y sobre todo la clase obrera se había convertido en un actor protagonista y organizado. La huelga revolucionaria del 17 fracasó bajo una terrible represión pero dejó la primera piedra de un proceso que tuvo continuidad, especialmente en dos focos: la agitación anarcosindicalista, dirigida por una CNT con medio millón de militantes y centrada en Barcelona, y las convulsiones creadas en el campo andaluz por el llamado «trienio bolchevique», donde los jornaleros inscribían en los cortijos vivas a Lenin y la revolución soviética.

Es en estas codiciones donde la dictadura es apoyada y aplaudida por los pincipales centros de poder, deseosos de cerrar una deriva que amenaza su dominio. Incluso la burguesía catalana le da su placet, primando antes la salvaguarda del orden social que cualquier otra pretensión. Pero el periodo primoriverista guarda una diferencia fundamental con otros golpes que han jalonado nuestra historia: no se fragua con el empuje o apoyo decisivo de alguna potencia extranjera, sino que hunde sus raíces en un sector de la propia oligarquía española. Este nacimiento independiente le confiere cierta autonomía en su desarrollo. De hecho la política del régimen va a estar orientada, aprovechando la acumulación de capital propiciada por la neutralidad española en la I Guerra Mundial y el periodo expansivo del capitalismo de los 20, hacia el intento, por primera vez en la historia, de edificar las bases de un desarrollo independiente.

La debilidad de la oligarquía obliga a que tenga que ser la acción y los capitales del Estado los verdaderos motores de la operación. Un enorme programa de obras públicas pretende ser la base del relanzamiento económico. La red de ferrocarriles sufre un impulso extraordinario, se subvencionan compañías deficitarias en un intento de crear una gran industria. El proceso da algunos frutos importantes, como la creación de las Confederaciónes Sindicales Hidrográficas, donde el Estado obliga a agricultores e industriales a sindicarse e invertir en un plan de regularización de aguas, riegos y electrificación. El elemento más perdurable lo constituye la aparición de los primeros monopolios, como es el caso de Campsa, en el petróleo, o Telefónica, que aunque hegemonizada por el capital norteamericano de la ITT contribuye a sentar las bases tecnológicas para el desarrollo posterior de la industria en España. Pero el factor más explosivo de la orientación de la dictadura es su intento por desmantelar todo el entramado político que había conformado los mecanismos de poder en España durante décadas. La animadversión de los círculos de la dictadura hacia «los viejos políticos» apuntaba directamente hacia un régimen anclado en la Restauración que, inundado de caciquismo y corrupción, no podía garantizar un dominio estable ni contener la marea revolucionaria. Pero, en ese intento de regeneración del poder oligárquico, la dictadura choca con los intereses de potencias extranjeras y el sector más retrógrado de la oligarquía.

Lo que debía ser sólo un periodo transitorio de excepción para reinstaurar el orden empieza a adquirir voluntad de continuidad. Es aquí donde empiezan a saltar las alarmas en las principales naciones imperialistas y en los sectores de la oligarquía más vinculados a ellas. Lo que había sido una tabla de salvación se ha transformado en un problema demasiado descontrolado. Desde aquí surge la campaña de acoso y presión que, desde 1926, se cierne sobre el régimen de Primo de Rivera. Inmediatamente, los numerosos capitales extranjeros presentes en España son repatriados, dejando al descubierto la endeblez del sistema financiero en España, estirado al máximo por el enorme gasto público que significaba el proyecto de la dictadura. Se entrecuzan, en el tiempo y en el espacio, la lucha desplegada contra la dictadura por las fuerzas progresistas y revolucionarias (especialmente combativas), con la verdadera conspiración que los centros de poder nacionales y extranjeros ponen en marcha.

La élite de los «viejos políticos», en estrecha vinculación con las cancillerías extranjeras (especialmente la embajada inglesa que actúa como centro nucleador de la conspiración), se entrega a una febril actividad subversiva, apoyada también por cada vez más amplios sectores del ejército. La Sanjuanada, conspiración cruzada entre el mundo político (desde Romanones a Marcelino Domingo) y figuras militares (el general Weyler) prefiguraba la lucha que el complot de Prats de Montgó, preparado por el gneral catalán Maciá o el mucho más importante conflicto con el cuerpo de artillería pusieron de manifiesto. A finales del 29 se produce la revuelta de Sánchez Guerra, antaño fiel a Primo de Rivera, al mando de una conjura militar que se asentaba en una extensa trama civil. Como por arte de magia, todas las fuerzas españolas, desde la derecha a la izquierda coinciden en el  acoso a la dictadura. Las tensiones nacionalistas se agravan, y todavía está por esclarecer el papel de las logias masónicas, especialmente activas en estas fechas, que fueron utilizadas como elemento privilegiado de infiltración en la izquierda liberal. Los numerosos disparos cruzados consiguen el efecto deseado: Primo de Rivera renuncia tras verse desautorizado por la plana mayor del ejército, y se procede a una progresiva desmantelación del régimen.

Se abre la espita

Pero, la clausura de la dictadura, apoyada desde sectores del imperialismo que recelaban de la progresiva autonomía del régimen, abre una espita que conduce a un desarrollo inesperado. Las andanadas contra Primo de Rivera espolean la sentida exigencia de democratización y cambio. No se podía liquidar una dictadura sin proceder a un proceso, aunque mínimo de transformación. Los círculos oligárquicos intentan acometer una apertura progresiva férreamente controlada, pero el viejo orden monárquico no tenía ni capacidad ni autoridad para dirigir el proceso.

La chapucera transición dirigida por el general Berenguer no hace sino agudizar todas las contradicciones latentes. Las huelgas se suceden, y la exigencia de una república que liquide los restos de un orden odiado alcanza a cada vez más sectores sociales. Las fuerzas que antes coincidían frente a la dictadura ahora evidencian sus naturalezas antagónicas. El Pacto de San Sebastián, que propugnaba la instauración de una república moderada, agrupa desde la derecha católica, hasta radicales socialistas o la izquierda catalana. Se forma un Comité Revolucionario con un brazo militar. El proceso desemboca en la insurrección militar de Jaca que, aunque fracasa por su precipitación, evidencia la proximidad del cambio.

Aunque un gobierno de concentración de claro sentido oligárquico, integrado por las máximas figuras de la conspiración contra Primo de Rivera, prepara una transición pausada que mantenga los pilares esenciales, los resultados de las elecciones municipales abren decididamente las puertas.En los territorios rurales se desarrollan de forma anodina, otorgando los puestos a los principales caciques. Pero en las zonas urbanas triunfan las fuerzas más a la izquierda. El 14 de abril la República es proclamada en Eibar, Barcelona y San Sebastián. Ya no es posible contener, por parte de un régimen podrido en su médula, el empuje popular. La República es un hecho y abrirá un espacio, conquistado entre las rendijas de la conspiración contra la dictadura y por el que se colarán anhelos y deseos alimentados durante décadas.

Joan Arnau