Serial
Tertulia con Caballero Bonald
en el Ateneo Madrid XXI

REPORTAJE HISTÓRICO

Mayo 2001

La «Europa de los pueblos»: El diseño hitleriano de Europa (3)
La izquierda ante el ascenso del partido nazi en Alemania

  Comenzamos en el capítulo anterior a analizar la relación de los elementos «nacionales» y «socialistas» en la formación del partido nazi en Alemania; así como sus leyes generales de desarrollo. Pero antes de proseguir, vamos a detenernos sobre la actitud y la posición que, ante el auge del nazismo, adoptaron la socialdemocracia, por una parte, y los comunistas, por otra, en la Alemania de entreguerras; a qué causas respondían, hasta qué punto correspondieron a errores históricos o a la base misma de sus concepciones ideológicas y teóricas; o a sus valoraciones políticas.

La socialdemocracia...

La posguerra
  La socialdemocracia alemana, que había prestado impagables servicios a la burguesía monopolista al aprobar los créditos de guerra y encuadrar, maniatada, a la clase obrera como carne de cañón en la Gran Guerra, es ahora la alternativa de gobierno de esta misma burguesía para aplastar la Revolución y descabezar sus organizaciones.

  Como ya señalamos, en octubre de 1918 la Marina de Guerra se había sublevado. El 3 de noviembre lo haría la guarnición de Kiel. Esa misma semana, los consejos obreros toman Kiel, Hamburgo, Berlín y Munich. Les seguirán rápidamente las principales ciudades de Alemania. De nada había servido que Maximiliano Von Baden, aristócrata relacionado con la cúpula socialdemócrata, formara gobierno el mes anterior con el socialdemócrata Schiedemann para evitar el levantamiento obrero. El 9 de noviembre, el Kaiser Guillermo II abdica y huye a Holanda. Ese mismo día, Von Baden nombra Canciller a F. Ebert, presidente del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD), con un mandato claro: aplastar a los revolucionarios, detener la revolución y reconducir la situación. Para ello, Ebert cuenta con el ejército, la administración estatal, los «cuerpos francos» monárquicos y el apoyo incondicional de Francia y Gran Bretaña.

   Contra la Liga Espartaquista desencadena una brutal represión que dura dos años y tiene su momento álgido en la «semana roja» de enero de 1919, donde centenares de dirigentes son asesinados, entre ellos K. Liebknecht y R. Luxemburg. Masacrada la revolución, desarmados los consejos obreros, se proclama la nueva República de Weimar.

El SPD: gestores maniatados
  La cúpula socialdemócrata era un mero gestor de los intereses del capital monopolista, que esa coyuntura histórica había colocado en situación de gobernar la Alemania de posguerra. Sin embargo se vio imposibilitada, por varias razones, para combatir  el ascenso del nazismo.

   En primer lugar, porque el SPD era, como el mismo partido nazi, una alternativa política al servicio de la misma clase dominante. Se enfrentaron política y electoralmente sólo en la medida en que ese enfrentamiento era reflejo de las contradicciones reales, de clase, entre distintos sectores de la burguesía monopolista alemana. Una vez unificada ésta en un proyecto de rearme militar y de guerra expansionista, la socialdemocracia se vio incapaz de reaccionar. Privada del sostén del gran capital y carente del apoyo de las masas, desapareció literalmente de la escena política. Las «vacaciones» de las direcciones socialdemócratas en tiempos de dictadura parecen ser otra ley de carácter universal.

   En segundo lugar, porque el partido nazi arrebató en gran medida al SPD su programa «socialista». Los sectores «izquierdistas» -las SA- abanderaron una serie de reivindicaciones de carácter social que calaron  apelando a los sentimientos nacionalistas y más irracionales del pueblo alemán. A los ojos de la sociedad germana de entreguerras, el SPD estaba profundamente desprestigiado. Si Guillermo II encarna la guerra, la república de Weimar, gobernada por Ebert, personificará la derrota: estaba en el gobierno, pero compartía no pocos puntos del programa económico nacionalsocialista, así como su antisemitismo; había dirigido la represión del movimiento espartaquista; se mostraba tibio ante el enemigo exterior  ?había aceptado el Tratado de Versalles, el pago de las reparaciones de guerra y había permitido la humillación de la ocupación francesa del Ruhr en 1923?. Hasta tal punto era patética su situación que Ebert, Canciller «provisional» desde 1919, murió en 1925 siendo todavía «Canciller provisional» mientras intentaba ser nombrado de nuevo «provisonalmente» Canciller para evitar las elecciones...

   La socialdemocracia alemana era, en resumen, un instrumento absolutamente incapaz de dirigir el rearme moral, la recuperación económica y el encuadramiento popular que los proyectos del gran capital exigían.

   Pero existe una tercera razón, que se inscribe en la naturaleza misma del pensamiento socialdemócrata. Surgida para someter a la clase obrera a los planes de la burguesía monopolista, para encorsetar la lucha política de las masas en los reducidos límites de la actividad parlamentaria y para ahogar su energía revolucionaria, es imposible que la socialdemocracia pueda combatir resueltamente al nazismo. Sus proclamas en defensa de la democracia se reducen inevitablemente a la defensa formal del régimen parlamentario. Su misma concepción reformista del Estado la constriñe a la movilización con el único fin de negociar (y gestionar) reformas, y desmovilizar ?cuando no reprimir? a continuación. Su proclama del Estado como un vulgar «administrador» de la sociedad y no como un instrumento de dominio, que tantos réditos le suponen como «gestores», los desarma ante la decisión de esa misma clase dominante cuando impone, por las buenas o por las malas, un régimen acorde a sus intereses.

   Es empíricamente constatable que esa conjunción de «cretinismo parlamentario» y pánico a la iniciativa de las masas da paso, invariablemente, al desarme y la desorganización social y al ascenso de la reacción. Y, en cualquier caso, la hace absolutamente incapaz de enfrentarse  consecuentemente al nazismo.

...y el KPD

Las funestas consecuencias del dogmatismo izquierdista
  Asesinados sus dirigentes e ilegalizadas sus organizaciones, los comunistas alemanes se encontraban a principios de los años 20 en una situación de extrema debilidad. Además, la República, mientras los reprimía e ilegalizaba, favorecía irresponsablemente el ascenso del partido nazi de Hitler.

   En el terreno internacional,  la situación no era mucho más favorable. En 1921, la URSS enfrentaba, en plena guerra civil, una brutal agresión de las potencias imperialistas. La IIIª Internacional adopta, a instancias de Lenin, una política de «Frente Unido Proletario» en defensa de la Patria Socialista. Pero en los años críticos del auge nazi (1928-1933), el VI Congreso  adopta la consigna de «clase contra clase», agrupando y señalando como enemigas a las fuerzas de la burguesía en bloque. Es la época de la lucha encarnizada contra los socialdemócratas, a los que se trata de «socialimperialistas», mientras avanza el NSDAP y Hitler ya es, a todas luces, la apuesta del gran capital alemán en su camino hacia la guerra.

   La extrema debilidad de los comunistas alemanes y las desviaciones dogmáticas y sectarias de la IIIª Internacional fueron determinantes para que los sectores revolucionarios tampoco fueran capaces de enfrentarse exitosamente al avance nazi y a los planes bélicos de la gran burguesía germana. Pero si en la socialdemocracia esto forma parte de su propia esencia, las fuerzas revolucionarias, con la formación de los Frentes Populares Antifascistas, impulsados por el VII Congreso en 1935, cosecharon notables éxitos contra el fascismo. Fruto de esa correcta línea fue la formación del Frente Popular en España, su triunfo electoral en 1936 y la heróica resistencia de nuestro pueblo, durante más de 3 años en la guerra nacional revolucionaria, contra el avance del nazismo y el fascismo internacional y de la reacción en España, y que contribuyó a retrasar la guerra en Europa y a prevenir a los pueblos del peligro que se avecinaba.

El alma viva del marxismo

  Nunca ha sido el dogmatismo el enemigo teórico principal de los marxistas. Por el contrario, hemos debido nadar a contracorriente en todo momento contra las posiciones empiristas y pragmáticas dominantes en la sociedad y en las propias filas revolucionarias; posiciones que se traducen políticamente en reformismo y oportunismo de derechas. Pero en determinados períodos y fruto de combatir erróneamente esas desviaciones, llegaron a imponerse por breves períodos posiciones dogmáticas y sectarias.

   La errónea orientación de «clase contra clase» establecía dogmáticamente el enfrentamiento del proletariado contra la burguesía, considerados como un bloque granítico y sin fisuras; y que ese enfrentamiento era a vida o muerte.

  Por el contrario, el marxismo-leninismo establece que el alma viva del marxismo es el análisis concreto de la situación concreta: una vez establecido con nítida claridad qué clase o clases constituyen el blanco de la revolución, es necesario analizar qué contradicciones internas tienen entre sí, qué proyectos políticos desarrollan y qué relación establecen, en torno a esos proyectos, con las otras clases sociales y fuerzas políticas en presencia.

   En cada coyuntura, el proletariado, a la luz de la estrategia general, debe saber unir a todo lo unible contra el enemigo principal encabezando y ganándose las clases populares y atrayendo a las fuerzas vacilantes o intermedias. Debe saber aprovechar las contradicciones existentes entre los enemigos y formular tácticas que concentren la lucha y golpeen al enemigo principal en el punto más débil de su proyecto político. Ése fue indudablemetne el punto de partida de la correcta política de formación de los Frentes Populares Antifascistas lanzada por la IIIª Internacional en 1935. La orientación de «clase contra clase», que cosechó numerosos partidarios entre el movimiento anarquista y las organizaciones trotskistas, conducía a una lucha estéril contra el enemigo «como clase» al no elaborar una táctica científica concreta. En el terreno militar y organizativo provocó innumerables reveses, como la masacre de los comunistas chinos en Shanghai. En el terreno político echó en brazos de la contrarrevolución a amplios sectores de la pequeña y media burguesía y del campesinado rico; y favoreció la victoria de la reacción al enmascarar y colocar en el mismo plano a socialdemócratas y nazis en Alemania, o a republicanos y los nacionalcatólicos en España.

TBA

 


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