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EUSKADI / OPINIÓN
Junio 2001
Sobre el Discurso
del método de J. L. Cebrián:
Cebrián, el brazo
tonto de González
La semana pasada J. L. Cebrián,
exdirector de El País, nos obsequiaba con un meditado artículo
que, bajo el pomposo epígrafe de «El
Discurso del Método» que, a la postre,
poco o nada tenía que ver con su contenido, destilaba
posiblemente el mayor cúmulo de insidias y la mayor concentración
de bajezas escrita acerca de los comicios vascos, pretendiendo
por añadidura hacerlo pasar por una sesuda y pontificante
valoración de los resultados electorales.
«Asistente» displicente
(ahora que la figura desaparece del panorama militar) de quienes
como Felipe González, por razones de reputación
política o influencia mediática no pueden permitirse
exponer con tanta claridad sus pensamientos íntimos, este
periodista, dando un paso al frente, se ha atrevido a exteriorizar
lo que otros vierten con florentino cuentagotas. Preciso es, pues,
hacer una breve incursión en su enrevesada disquisición
para desentrañar, sin velos ni máscaras, la auténtica
catadura moral y algunos de los fines políticos que estos
indivíduos proponen.
¿Zapatero
a tus zapatos?
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Fiel
a la tradición del más abyecto felipismo, Cebrián
es capaz de abjurar de los más elementales principios
democráticos, hacer oídos sordos a los gritos
de las victimas y compadrear con el nazi-fascismo con tal
de seguir medrando a la sombra de los poderosos |
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Una de las muchas cosas admirables de
la democracia, aunque no lo apruebe el Sr. Cebrián,
es que permite a cualquier ciudadano y sus organizaciones cívicas
participar en los asuntos políticos sin necesidad de estar
a sueldo de oligarquía política alguna o grupo mediático
con aspiraciones monopolistas. Los altos designios de la política,
reservados por el director de El País en exclusiva a los
«profesionales de la cosa»
como los González, Arzallus
y compañía, no son propios, según él,
de «profesores de sociología
o simples columnistas de periódicos»
(entre los que, por supuesto, no se cuenta él mismo).
Esta apología burdamente restrictiva
de lo que es la democracia no consigue esconder su miserable y
casposo objetivo concreto: arremeter contra quienes valientemente
se atreven a dar la cara por las libertades democráticas
y contra el fascismo en Euskadi.
Algunos
«profesores de sociología» como
despectivamente los denomina Cebrián, tienen
un concepto de la democracia a años luz del régimen
que propone el pluma de González. Para F.
Savater, por ejemplo, democracia es participación
y decisión de la ciudadanía, frente al espíritu
del clan (Arzallus) o el medro de mercenarios a
sueldo que, como González, tienen el diálogo
demasiado flexible cuando de cambalachear con los principios y
con las promesas se trata. Desde luego, si la democracia existe,
es algo mucho más cercano al primer concepto que a la democracia
orgánica del director de El País.
La ira, apenas contenida en su artículo,
con que arremete contra el movimiento antifascista vasco le lleva
al absurdo de repetir como papagayo desplumado una y mil veces
una versión irreal de los comicios vascos («sonoro
triunfo del nacionalismo, derrota de la «cruzada españolista»,
etc.»). Una valoración, fórmulas
«agitativas» aparte, que no tiene otro norte
que el de redoblar la ofensiva mediática lanzada desde
el PNV y el conglomerado González-PRISA
para tratar de frenar, desarticular y disolver el frente antifascista
que se está gestando en el País Vasco y que amenaza,
de consolidarse y avanzar, con echar al mar al nazi-fascismo sabiniano
y hacer saltar por los aires la tupida tela de araña que
han tejido en las últimas décadas.
De arraigadas convicciones democráticas,
el periodista Cebrián recomienda a los luchadores
antifascistas lo mismo que el dictador Franco a
un adepto al Régimen: «Haga
Usted lo que yo: no se meta en política».
Demonizar
al demonio
En otro apartado, afirma que la pacificación
de Euskadi «requiere más
flexibilidad en el diálogo y menos numantinismo en los
principios».
A pesar de tener que dejar otras muchas
perlas en el tintero, ésta es sin duda una de las ruindades
más pasmosas de su artículo. Para él, es
inadmisible que quienes ponen los muertos, se ven obligados a
andar con guardaespaldas o no pueden pasear libremente por la
calle, exigan y luchen radicalmente por la libertad. Por contra,
según Cebrián, son los que mandan,
los que no necesitan escolta, los que criminalizan a las víctimas
y los que, a braga quitada, no tienen el más mínimo
reparo en vocear sus proclamas racistas, los que son víctimas
de la cruzada del nacionalismo
español. ¡Valiente cruzada la
que, en su ofensiva, suma todos los muertos a su bando!
Al Sr. Cebrián
le molesta que los «profesores de sociología»
se metan a hacer política para defender la libertad en
Euskadi. Con un historial en la lucha antifascista de dudosa coherencia,
se permite dar lecciones de democracia a quienes, desde los antiguos
miembros de ETA como Onaindía, hasta los
valientes concejales del PP como María San Gil,
ponen diariamente en peligro su vida por la libertad y la democracia.
Los Cebrián y González,
en cambio, deben sentirse más próximos a la placidez
del obispado que a la angustia de los «columnistas de
periódico» que insulta en su artículo.
TBA
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