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REPORTAJE / SOCIEDAD

Junio 2001

El síndrome tóxico, veinte años después...
La salud pública en España sigue siendo una bomba de relojería (III parte)

  “Determinados periodistas y abogados denuncian que un avión militar norteamericano realiza una experimentación con pesticidas organofosforados sobre tierras de cultivo de Roquetas de Mar, el 18 de febrero de 1981. Posteriormente este avión se dirige a la base de Zaragoza y de ahí los pilotos son trasladados a un hospital de Vien Baden, Alemania, donde se les suministra un antídoto y no se sabe de ellos más que el hecho que uno de los pilotos, al saber la masacre que ha provocado su acción, se suicida”. Estas declaraciones recogidas durante la entrevista a Fuentox publicada en los dos números anteriores del De Verdad no son sino muestra de una línea de investigación que ha sido ocultada a la opinión pública sobre el origen del síndrome tóxico. La sospecha del origen militar de la epidemia recayó en una principio en la base militar norteamericana de Torrejón, localidad donde empezó oficialmente el síndrome tóxico. Pero los alrededores de la base no estaban especialmente afectados como hubiera sido de esperar. Con este desmentido pareció desaparecer la “hipótesis militar”, pero no era así. El secretismo de estado que impidió la curación de miles de españoles no se explica únicamente por la defensa de los intereses comerciales de la Bayer, expuesta a multimillonarias indemnizaciones en caso de demostrarse su implicación.

  Reproducimos a continuación un artículo publicado en diciembre de 1995 en Freedom Press donde se mantienen las hipótesis defendidas por los afectados de Fuentox:

 

El compuesto organofosforado elaborado por Bayer, fue experimentado y aplicado por especialistas militares norteamericanos de la Base de Torrejón, por mandato de la OTAN, con la autorización del Gobierno español, sobre productos hortícolas en una área restringida de cultivo, en los límites del campo murciano-almeriense.

Los mil muertos del “síndrome tóxico”

  Mil muertos y 25 mil afectados, este es el balance dramático, resultado de una “operación experimental cuyas causas continuan encubriéndose” por una inconfesada “razón de Estado”. El Tribunal que actualmente reabre el Juicio Oral del llamado “Síndrome Tóxico” debería (...) exigir que el CESID le entregara toda la documentaci6n “clasificada” que tiene en su poder sobre la tétrica “operacion experimental” de tan masivo efecto criminal, pues no cabe la menor duda que en el búnker de los citados Servicios se hallan las pruebas de sus causas.

La investigación del Dr. Muro

  Cuando en la primavera de 1981, recién salidos del sobresalto del 23 F, el país era nueva y trágicamente zarandeado por la suerte de 650 personas, ocurridas en poco menos de tres semanas, con 25 mil afectados por un extraño envenenamiento, 400 de los cuales han fallecido posteriormente hasta hoy, un investigador, el Dr. Antonio Muro, que fue Director del Hospital del Rey en Madrid, se alzaba con fuerza contra la versión que oficialmente se quería imponer, y se impuso, centrada en la adulteración del aceite de colza como causa del envenenamiento. El Dr. Muro basándose en sus estudios de epidemiología, toxicología y bioexperimental, rechazando la versión oficial, abogaba por otra vía de investigación y mantenía que la causa del envenenamiento debía buscarse en la combinación de productos organofosforados, concretamente pesticidas, con la intervención química de fósforo y azufre. Esa línea de investigación, además de ser boicoteada y silenciada, quedó estancada por el fallecimiento del Dr. Muro, ocurrido poco más de un año después.

El “pacto del silencio”

  En 1985 Andreas Faber, conocido escritor y ensayista, recoge la investigación del Dr. Muro y basándose en ella pronto llega a la conclusión de que el masivo envenenamiento no puede deberse a una simple adulteración alimenticia de carácter comercial, sino a las consecuencias de un proyecto programado de elaboración de un producto organofosforado, en el marco de una política militar orientada en la producción de armas químicas. Esta nueva línea investigadora, desarrollada por Andreas Faber, le conduce a la multinacional alemana Bayer, la que por encargo del Estado Mayor de la OTAN, elaboró el citado producto. Prosiguiendo en esa línea Andreas Faber expone suficientes datos para mantener que el compuesto organofosforado elaborado por Bayer, fue experimentado y aplicado por especialistas militares norteamericanos de la Base de Torrejón, por mandato de la OTAN, con la autorización del Gobierno español, sobre productos hortícolas en una área restringida de cultivo, en los límites del campo murciano-almeriense. Cuando Andreas Faber, autor de más de una veintena de libros publicados por grandes Editoriales españolas, quiso, en 1987, introducir su trabajo investigador, contenido en un denso resumen de 400 páginas, bajo el titulo “El Pacto de Silencio”, halló cerradas a cal y canto las puertas de todas las editoriales del país. No puede eludirse la sospechosa coincidencia de que mientras el Gobierno autorizaba la experimentación del organofosforado sobre territorio español, su Presidente Leopoldo Calvo Sotelo maniobraba y conseguía, la integración de España en la OTAN.

Manipulacion de los Afectados

  Ahora, al abrirse nuevamente el Juicio Oral sobre el “Síndrome Tóxico”, continua manteniéndose el criterio oficial sobre sus causas, a pesar de que en el transcurrir de estos últimos años, desde que Andreas Faber concluyó su investigación, se ha venido comprobando la existencia documentada, en USA y la ex URSS, de “operaciones Cobayas” exponiendo preconcebidamente a poblaciones humanas a los efectos radioactivos y armas químicas, hechos de los que se carecían pruebas en el primer Juicio Oral. Ahora es sorprendente que tales “operaciones cobayas” no hayan alertado a la masa de los 25 mil afectados del “Síndrome Toxico”, y sobre todo a sus asesores, de que similares operaciones han podido existir en este país. (...)

Diciembre de 1995, Freedom Press

 

Cobayas humanas,
¿a quién pedimos cuentas?

  La aportación de los grandes consorcios químicos a intereses militares de las grandes potencias no se reduce sólo a tiempos de guerra. Cuando están vigentes acuerdos de paz y desarme, en los laboratorios de estas empresas se desarrollan e investigan de forma secreta nuevas armas bajo la argucia legal del desarrollo de compuestos para uso civil, como pesticidas. El caso más revelador ocurrió en 1976. La fórmula de los gases neurotóxicos de última generación  usados por el ejército norteamericano, entregada a la ONU, coincidía con los nuevos pesticidas patentados por los científicos de Bayer, el mayor fabricante mundial de estos productos. Hay constancia de que en esos años, en plena guerra fría, la experimentación de los pesticidas Nemacur y Oftanol de Bayer en plantas solanáceas (hortalizas tipo pimientos o tomates) tenía un alto interés militar para la OTAN.  La metabolización que hacen estas plantas de dichos pesticidas produce unos metabolitos 49 veces más potentes que el producto inicial. Con un arma así, el sistema agroalimentario de cualquier país enemigo podía ser un punto vulnerable. En aquella época la Bayer no contaba con campos de experimentación propios, tenía que experimentar en cultivos de clientes. Cuando se trata de su uso agrícola, hay que esperar tres meses desde la aplicación del pesticida hasta la recolección para que la planta haya eliminado totalmente dichos metabolitos y sea apta para el consumo humano. Los tomates almerienses fueron recogidos un mes después, quizás porque repletos de sustancias altamente tóxicas eran parte de algún engranaje para la fabricación de armamento químico. Por alguna razón que desconocemos, probablemente accidental, los tomates fueron comercializados. A los americanos les resultó “sumamente interesante” poder experimentar no ya sobre las plantas sino sobre 24. 000 afectados como cobayas humanas. Ellos han sido tratados durante veinte años a ciegas, con calmantes y sedantes, mientras los informes sobre estudios realizados eran retenidos por el ministerio de sanidad o los CDC (centros para el control de enfermedades ) de EEUU. Los Calvo Sotelo,  Felipe González y Aznar han sabido siempre que el aceite no era el culpable.

Jordi Martínez

 


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(En este De Verdad)

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