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NACIONAL

Junio 2001

Luis Escobar:
Fotógrafo del pueblo

  En España se ha considerado casi siempre a la fotografía como un “arte” menor, o incluso como una actividad que en modo alguno podía revestirse con las ampulosas galas que se supone han de adornar todo “arte” auténtico. La captación instantánea de lo real mediante un artilugio técnico no podía, en modo alguno, compararse con aquellas obras que son fruto de una alada inspiración, acompañada de un denodado esfuerzo creador. Más aún que el cine, costaba reconocer que en la fotografía pudiera realizarse aquella alquimia seductora que conduce a la verdadera obra de arte. Y todavía se sigue pensando, mayoritariamente, bajo este esquema trasnochado.

Agrupación socialista de Villalgordo del Júcar

  En España, en las postrimerías del siglo XIX y las primeras décadas del XX, dos tendencias competían por imprimir su sello peculiar al naciente arte fotográfico español. La dominante, lo que podríamos llamar el “oficialismo fotográfico”, era un mero trasplante tardío y academicista de las corrientes pictorialistas imperantes en Europa años atrás. Su esencia consistía en remedar lo mejor posible a la vieja y caduca pintura academicista del siglo XIX, cargada de formalismos alegóricos y mitológicos, para satisfacer  el “gusto” amanerado y cursi de una burguesía decadente y anodina. Buscando alcanzar el ámbito áureo de “la belleza”, procuraba mantener lo más apartado posible cualquier reflejo directo de la realidad. Para que la fotografía fuera verdaderamante “artística”, debía huir lo más posible de todo contacto directo con lo real, con los hombres y su entorno concreto, con la sociedad y sus conflictos, y refugiarse en temas elevados, entornos idealizados e imágenes “bellas”.

  Frente a esta tendencia aburguesada, repetitiva y ramplona, cuyos resultados nos resultan hoy empalagosos y ridículos, se dio otra corriente en cierto modo opuesta tanto en sus objetivos como en sus medios. Se trata de la obra de los fotógrafos populares que, cámara en ristre, recorrían el país a pie, en burro o en tartana, ejerciendo su oficio en los rincones más remotos y olvidados de España. A estos fotógrafos, que no buscaban la “belleza” sino la verdad, que no perseguían el “arte” sino la realidad, debemos la galería de imágenes más emotiva, profunda y vigorosa de toda la historia de la fotografía española. En sus conmovedoras fotografías está captada con una sobriedad y una hondura y sensibilidad insuperable la realidad viva y palpitante que vivieron, y que nos han transmitido de forma imperecedera.

A estos fotógrafos, que no buscaban la “belleza” sino la verdad, que no perseguían el “arte” sino la realidad

  Luis Escobar, cuya obra se exhibe estos días en el Círculo de Bellas Artes de Madrid y luego viajará a otros lugares de la geografía española, fué uno de estos modestos y sobrios fotógrafos populares cuyo testimonio resulta imprescindible para captar la esencia de una época, de un tiempo y de un lugar. Nacido en 1887 en Villalgordo del Júcar, un pueblecito conquense junto a la raya limítrofe con Albacete, Escobar vivió su infancia y juventud marcado por las penurias de la época. Sus padres emigraron a Albacete y luego a Valencia buscando el sustento y mejor suerte. Luego de ejercer diversos oficios, el azar llevó a Escobar a ingresar como aprendiz en un taller de fotografía especializado en ampliaciones y reproducciones. Allí, con paciencia y tesón, fue aprendiendo la magia del montaje y el retoque, la iluminación y el coloreado, y toda la compleja artesanía del oficio. En 1915 estableció en Valencia su propio taller. Pero en 1920 decidió regresar a Albacete, donde estableció, hasta su muerte, su propio estudio fotográfico.

  Luis Escobar no era, sin embargo, el clásico fotógrafo de estudio. Aunque dominaba la técnica a la perfección, prefería la fotografía ambulante. Y es a esa opción a la que debemos su impresionante testimonio gráfico, más de veinte mil fotografías, por calles, por pueblos y parajes de toda La Mancha, pobladas de sus variopintas gentes, que él supo retratar con inigualable maestría, enorme talento, profundo cariño y una buena dosis de ternura e ironía. Durante décadas, Escobar recorrió incansablemente estas tierras perdidas y conoció a sus gentes, haciéndose un personaje popular y querido. Sus fotografías revelan su identidad profunda con la tierra y el pueblo. De ella nace la fuerza y veracidad subyugante con que nos hablan todavía sus imágenes casi cien años después.
La obra de Escobar se conserva básicamente gracias al pueblo. Su adhesión a la República le valió represalias y la persecución franquista. La mayoría de sus negativos fueron destruidos por los falangistas tras la toma de Albacete, y él mismo pasó dos años en la cárcel.

  A quien visite hoy la exposición magnífica de la obra de Escobar le quedarán pocas dudas de cómo la fotografía puede alcanzar la hondura y expresividad de las mejores obras de arte.

J. Albacete

 


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