Nacional
       Entrevista:
       Mikel Azurmendi

ANÁLISIS

Julio 2001

España: Entre el tigre y el lobo

   Aznar apoya a Bush en su proyecto de construir un escudo antimisiles. Y a cambio recibe el compromiso de Bush de reforzar la cooperación antiterrorista con España. Este es, en apariencia, el resultado más importante de la reciente visita de Bush a España. Pero en realidad es sólo el envoltorio, su aspecto formal y diplomático. La sustancia es otra.

   El apoyo de Aznar no tiene otra significación que adelantarse a lo que el resto de líderes europeos harán sin duda en los próximos meses. Las críticas europeas a la construcción del escudo antimisiles norteamericano son más una política de gestos que de hechos. Las  reticencias expresadas por Chirac y Schröder en el Consejo General de la OTAN no pasan de ser un acto para la galería. Ambos saben que, si finalmente EEUU decide llevar adelante el proyecto, no les quedará otra alternativa que negociar con Bush las condiciones más ventajosas para participar en él de forma subordinada. No es precisamente la hegemonía militar yanqui lo que hoy está en discusión en Europa. Apoyarlo o cuestionarlo no pasa de ser una diferencia más retórica que real en la política europea.

   ¿Cuál es entonces la importancia de que Aznar decida ser el primer mandatario europeo en dar el paso? ¿Y por qué, apenas 48 horas después vuelve a ser el primer lider europeo que se atreve a cuestionar públicamente la voluntad y la sinceridad del eje franco-alemán en la ampliación europea? ¿Existe alguna relación entre uno y otro hecho?

Dos proyectos distintos...

   Sobre España confluyen hoy dos proyectos hegemonistas, diferentes tanto en su naturaleza y objetivos, como distintos en las consecuencias y amenazas que uno y otro representan para el futuro inmediato de nuestro país y de nuestro pueblo.

   Mientras España se mantenga como un peón inactivo en el tablero mundial, el proyecto norteamericano para nuestro país pasa por mantener y reforzar los lazos de dependencia política y militar establecidos desde los acuerdos de 1953. En tanto no se cuestionen estas relaciones de dependencia y acatamiento de sus designios, EEUU propiciará en lo principal la estabilidad de nuestro país, pues es a través de ella como puede dotar de mayor profundidad a su dominio. Un dominio que utiliza para ponernos al servicio de sus objetivos estratégicos. Y uno de ellos, y no de los menos importantes, debilitar a un rival en Europa, el emergente hegemonismo alemán, y tratar de frenar su agresivo avance. Con respecto a Euskadi, pese a convenirle que la herida se mantenga abierta, que exista un foco de inestabilidad susceptible de ser utilizado, como ya ha hecho otras veces, de acuerdo a sus necesidades, no le interesa convertirla en un polvorín cuya explosión pueda hacer saltar por los aires la unidad de un país y fragmentar un Estado cuyo alineamiento básico con Washington es indiscutible.

   Sin embargo, desde la caída del Muro del Berlín y la aparición en el continente del emergente polo hegemonista alemán, un nuevo proyecto ha pasado a disputarle a EEUU el dominio prácticamente omnímodo que ha venido ejerciendo sobre España en las últimas décadas.

   La burguesía monopolista alemana, y particularmente su sector más agresivo y aventurero, está empeñada en una feroz ofensiva que, bajo el diseño de la “Europa de los pueblos”, trata de fragmentar Estados y desgajar países a fin de propiciar y acelerar su hegemonía sobre Europa.

La oligarquía financiera española no ha dudado en jugar la baza de alinearse más férreamente tras un hegemonismo, para contener a otro que se dispone a arrebatarle una parte sustancial y cualitativa de su poder y de su mercado.

   El desgarro yugoslavo, la partición de Checoslovaquia, la invención de la Padania, el secesionismo valón, el ascenso de Haider, el giro nazifascista de Arzallus,... nada de esto que ocurre hoy en Europa es entendible al margen de centros de poder que actuan como foco difusor desde el que se extiende la balcanización del Viejo Continente. Es en la existencia de un proyecto de esta naturaleza impulsado por este sector de la clase dominante alemana donde hay que buscar el origen del imparable resurgir del nacionalismo étnico que amenaza a media Europa.
Un proyecto que, si en cada país se manifiesta con la virulenta irrupción de fuerzas escisionistas o nacionalistas con marcado carácter étnico, globalmente encuentra su acomodo en la nueva distribución de poder entre Bruselas, los Estados y las regiones que Schröeder y Fischer, empujados y alentados por el sector más reaccionario de la derecha alemana, el partido socialcristiano bávaro, buscan imponer desde la cumbre de Niza.

... y un peligro inminente

   Este proyecto de la Europa de los pueblos tuvo su primer empuje inmediatamente después de la caída del Muro de Berlín. La sangrienta fractura yugoslava, tras el precipitado reconocimiento berlinés a la independencia de Croacia y Eslovania, fue su consecuencia inmediata.

   Desde hace al menos dos años, cada día toma más cuerpo la hipótesis de que España lleva camino de convertirse, si no lo es ya, en el “segundo gran laboratorio” donde ensayar la fórmula germana. Sus condiciones son las adecuadas para un ensayo de este tipo: un país grande de la UE, pero sin la fortaleza material y política de los otros grandes; con fuertes tendencias centrífugas y una compleja y difícil articulación nacional nunca definitivamente resuelta; unas burguesías periféricas fuertemente enfrentadas al poder del Estado central e históricamente proclives a buscar apoyos externos para su enfrentamiento con Madrid; una memoria histórica y una conciencia de identidad nacional excepcionalmente adormecidas y debilitadas tras 14 años de gobierno de una socialdemocracia que, en lo ideológico y lo cultural, ha creado el caldo de cultivo propicio para que la disolución de España en la UE aparezca a los ojos de muchos  como un desenlace natural y deseable de la “modernización” del país.

   Arzallus y su línea nazifascista han tomado la delantera en este proceso de fragmentación de España y “landerización” de sus nacionalidades. Pero no son los únicos embarcados en este proyecto. La calculada ambigüedad de Pujol camina en la misma dirección. Y Felipe González, a la cabeza de lo que el profesor Gustavo Bueno llamó el “papanatismo europeísta”, abandera las tesis que propugnan el “suicidio dulce”, la aceptación de la disolución ambicionada por el paquidermo germánico a cambio de conseguir un lugar relativamente privilegiado en el círculo de asteroides que cortejan al astro rey alemán.

   El avance de este proyecto es hoy mayor de lo que parece. Y no sólo por la sostenida ofensiva lanzada para desgajar Euskadi. Sino también porque, enmascarado tras el proyecto europeo, no existe en la sociedad española conciencia ni de la naturaleza del enemigo al que nos enfrentamos, ni de la inminencia del peligro que su proyecto representa. Lo que a su vez también permite a sus más activos representantes permanecer ocultos tras el supuesto progresismo del discurso europeísta enfrentado al “retrógrado” discurso “nacionalista español”.

Fortalecer para confrontar

   Es desde la existencia de estos dos proyectos desde donde hay que leer los resultados de la visita de Bush.

   En ella, no es tanto la búsqueda de medidas concretas lo que pretendía Aznar, sino el fortalecimiento de las relaciones con un hegemonismo, Washington, para tener más fuerza en su enfrentamiento con el proyecto del otro, Berlín, que representa una amenaza mayor y un peligro más inminente para sus intereses. La consecuencia inmediata ha sido su actuación en Gotemburgo: hoy, en Europa, sólo se atreven a criticar abierta y públicamente a Schröeder quienes, como los ingleses, defendiendo el proyecto norteamericano para Europa frente al alemán, se saben respaldados por Washington. Las recientes amenazas de Schröeder -“Aznar me las va a pagar todas, una por una”- pierden buena parte de su valor cuando detrás del amenazado se encuentra “el amigo americano”. La oligarquía financiera española, de la que Aznar no es sino su representante político, consciente de su debilidad material y política, no ha dudado en jugar la baza de alinearse más férreamente tras un hegemonismo, para contener a otro que se dispone a arrebatarle una parte sustancial y cualitativa de su poder y de su mercado.

Entre el tigre y el lobo

   ¿Es esta la línea que sirve a los intereses populares y nacionales?

   Por un lado, no cabe ninguna duda que el mayor peligro y el más inminente para los intereses nacionales lo constituye la ofensiva del hegemonismo alemán. No porque sea la potencia más poderosa, tampoco porque su ofensiva, como en la primera mitad de siglo, se libre hoy ni en un futuro previsible en el terreno militar; sino porque está firmemente decidido a dividir y romper, utilizando todos los medios a su alcance para que su ofensiva política, cultural e ideológica culmine en el más breve plazo de tiempo en la fragmentación de España. De consumarse su objetivo, el pueblo de las nacionalidades de España saldría enormemente debilitado para hacer frente a los proyectos de sus enemigos, y al mismo tiempo  una amputación de esta naturaleza implica un extremado grado de violencia y desgarro -como estamos sufriendo ya en Euskadi- para separar lo que está unido por múltiples y profundos lazos, por innumerables raíces comunes entretejidas a lo largo de los siglos. No es el problema de qué fiera, si el tigre o el lobo, es la más grande y poderosa, sino de cual es la que tiene los colmillos más cerca del vientre y está más dispuesta a dar la dentellada.

   Hacer frente a esta amenaza, unir todo lo susceptible de ser unido contra este peligro inminente de convertir a España en una segunda etapa del ensayo balcánico, es la tarea principal y más urgente del momento.

   Sin embargo, desde los intereses populares, luchar contra el proyecto de quienes pretenden kosovizar Euskadi para balcanizar España sólo puede llevarse adelante de una forma cabal y consecuente luchando al mismo tiempo por la plena independencia de nuestro país, por crear las condiciones que permitan construir un futuro de acuerdo con nuestros intereses, libre de la dependencia y el sometimiento a los designios de ningún hegemonismo. Creando, en la lucha por echar al lobo, las condiciones de conciencia y organización popular que permitan también poner fin a la amenaza  del tigre.

A. Lozano


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