Serial
       Entrevista:
       Mikel Azurmendi

EUSKADI

Julio 2001

La xenofobia y el odio a lo español
Los orígenes del
nacionalismo étnico en Euskadi (III)

   “Si algún español te pide limosna, levanta los hombros y contéstale, aunque no sepas euskera: Nik estakit erderaz (Yo no entiendo el español). Si algún español recién llegado a Bizcaya te pregunta dónde está tal pueblo o tal calle, contéstale: Nik estakit erderaz. Si algún español que estuviera, por ejemplo, ahogándose en la ría, te pidiese socorro, contéstale: Nik estakit erderaz”. (Sabino Arana. Bizkaitarra n° 29. 30 de junio de 1895).

   La xenofobia y el racismo extremos del fundador del nacionalismo vasco Sabino Arana, se concentran y adquieren su máxima expresión en el odio a todo lo español, que llega a convertirse en uno de los pilares de su obra. Aunque los actuales herederos de Arana se esfuerzan por callar y ocultar los orígenes y fundamentos de su pensamiento, por más que disfracen sus palabras, modernicen sus ideas o embellezcan sus doctrinas, no pueden evitar que los principios racistas y xenófobos que subyacen en el fundador del Partido Nacionalista Vasco reaparezcan permanentemente en sus discursos y su proyecto. Las afirmaciones de Arzallus de que “los inmigrantes tienen la culpa de que Euskadi no sea independiente”, que “han diluido el mal que hizo Franco” o su  propuesta de que “los que no quieran adoptar la nacionalidad vasca serán tratados como los alemanes en Mallorca” son el ejemplo más palmario.

   “Un siglo entero de españolismo, de degradación, de miseria, de ruina, un siglo de aberraciones, de tinieblas; un siglo de esclavitud” “De nuestras relaciones políticas con España procede todo nuestro daño”. (Bizkaitarra. 1893-1894)

El infausto roce

   Aunque las expresiones más duras de racismo habitualmente utilizadas en los orígenes del nacionalismo vasco, actualmente nadie se atreve a sostenerlas públicamente -“Los nómadas de la inmigración servil (...) con su oleada de detritus étnicos, masa híbrida de celtas bastardeados, de latinos decadentes y de moros corrompidos” (1901), “esos productos íbero-celto-fenicio-griego-godo-árabes” (1902)-, sin embargo, debajo del odio a lo español que hoy se cultiva abundantemente en los batzokis, en las ikastolas o en los medios de comunicación del gobierno vasco, subyacen el racismo y la xenofobia originarios del pensamiento de Sabino Arana. Es más, este odio a lo español sólo puede alimentarse desde la inculcación de una serie de valores ideológicos que establecen la diferencia primero, y la superioridad después, de “lo de aquí” frente a “lo de fuera” que vendría a imponerse y destruirlo.

   Los españoles, “los chinos de Euskaria” como los denominó Arana, son portadores de unos valores y atributos de “inmoralidad, carácter irreligioso, costumbres inmorales y criminales”, y con ello se convierten en la fuente principal de todos los males de Euskadi. El primer deber de todo patriota es, pues, para Arana, el odio al invasor. Y cuanto más amor a la patria vasca, más odio debe expresarse hacia el invasor español, aunque ello lleve, como dice la cita que da comienzo a este artículo, a dejar que alguno se ahogue en el Nervión. Por eso, el segundo requisito exigido para ingresar en la Liga de Juventud Nacionalista (1894) afirma que: “Tanto en el caso de las sociedades profesionales como en el de las religiosas o benéficas, encarécese al afiliado que a ellas pertenezca procure se llegue a excluir de su seno a los españoles”. O en los Deberes fundamentales del Nacionalismo Bizkaíno (1896) se conmina a que todo afiliado “trabajará diligentemente por (...) dificultar la invasión española, haciéndole aborrecible al español la vida en Bizkaya mediante el desprecio y el aislamiento”.

   Todo esto se justifica en que: “El pueblo español (...) siempre ha permanecido irreligioso e inmoral” y por ello “entre el cúmulo de terribles desgracias que afligen hoy a nuestra amada Patria, ninguna tan terrible y aflictiva, juzgada en sí misma cada una de ellas, como el roce de sus hijos con la nación española”. Un roce que provoca que “en el solar de la familia euskariana penetra la española a título de amiga, y de amiga pasa luego a pariente, y con la confianza que la amistad y el panteresco inspiran se hablan sin recelos sus inteligencias, se comunican sus corazones, se compenetran sus espíritus; y el criterio extraviado vence y ahoga al buen sentido moral, la malicia a la bondad, a la verdad el error, la corrupción a la pureza, la vileza a la dignidad, el vicio a la virtud, el mal al bien; y el mal sienta sus reales en nuestras poblaciones y desde ellas extiende sin tropiezos sus conquistas”

   Así pues, en Sabino Arana mientras la familia española es sinónimo de criterio extraviado, malicia, error, corrupción, vileza, vicio y mal; la familia euskariana, por el contrario, es su opuesto: buen sentido moral, bondad, verdad, pureza, dignidad, virtud y bien. De ahí que sea necesario instalar entre ambas la incomunicación y el recelo. Fomentar el odio que impida la amistad y el parentesco, que rompa “la compenetración de sus espíritus”.

   Pero, ¿por qué es necesario que se produzca esa ruptura? ¿Por qué debe haber incomunicación y recelo entre maketos y euskarianos? ¿Por qué hay que fomentar el odio entre ellos?

Inmunda Maketania

De ahí que sea necesario instalar entre maketos y euskarianos la incomunicación y el recelo. Fomentar el odio que impida la amistad y el parentesco, que rompa “la compenetración de sus espíritus”

   Suele colocar Sabino Arana en el centro de sus argumentaciones para incitar el odio y el desprecio a lo español consideraciones de orden religioso. “Bizcaya, dependiente de España, no puede dirigirse a Dios, no puede ser católica en la práctica”. En las denuncias de la invasión maketa destaca permanentemente “la blasfemia, inmoralidad e irreligiosidad” que traen los españoles y cómo ello tiende a disolver “la firme e inquebrantable adhesión a las enseñanzas de la Iglesia” que han tenido desde siempre “los euskarianos de blusa, los verdaderos hijos de nuestra raza”. Sin embargo, y pese a que en efecto el integrismo y el fundamentalismo religioso de Arana es uno de los pilares en que se asienta toda su concepción del nacionalismo, no es posible explicar el racismo y la xenofobia extremas que destila su doctrina desde él.

   Aunque revestidos de una elevada retórica espiritual, racismo, xenofobia y odio a lo español van a jugar desde la aparición del nacionalismo sabiniano un papel muy material. Pues de la misma forma que, como dice Marx, no podemos juzgar a un individuo por la conciencia que él tiene de sí mismo sino por las condiciones materiales de existencia en que desarrolla su actividad, las corrientes ideológicas no se explican tampoco por el discurso que ellas hacen de sí mismas, sino por el papel objetivo que cumplen en cada período histórico en una formación social concreta.
El antimaketismo sabiniano, tanto el originario como el de nuestros días, juega un papel preciso en el desarrollo de la lucha de clases en Euskadi en el último siglo.

   Así, por un lado, permite aglutinar a importantes sectores de las masas (el mundo rural, la clase obrera autóctona, la pequeña burguesía,...) tras el proyecto de una burguesía que se ha quedado  fuera del nuevo “poder del Estado español”, ejercido en exclusividad por la oligarquía financiera y terrateniente, la nueva clase hegemónica surgida en el último cuarto del siglo XIX tras la fusión de la alta burguesia con la aristocracia terrateniente. Debilitar el poder de esa clase y de su Estado pasa a ser condición de existencia para esta tardía y decadente burguesía nacionalista. Cuando Arana habla de un siglo de degradación, de miseria, de ruina no está hablando, por supuesto, de Euskadi, que justamente en ese siglo ha pasado de ser una región media a convertirse en una de las más, sino la que más, prósperas, industrializadas y ricas de España, sino de su propia clase que sí, en efecto, ha perdido una posición privilegiada en la sociedad vasca a manos de la oligarquía industrial y financiera.

   Y que al mismo tiempo ve amenazada también su posición de clase intermedia por la irrupción de un proletariado, mayoritariamente inmigrante, maketo, cada vez más numeroso, pero también cada vez más consciente de sus intereses de clase y por ello más organizado. Todo el discurso antimaketo, toda la xenofobia, todo el odio a lo español no es, en última instancia, sino consecuencia de la cerrada lucha que esta burguesía debe mantener por salvaguardar su condición de clase explotadora.

   Y tanto más radical se torna el discurso, cuanto mayor es la amenaza que el capital monopolista y el proletariado organizado significan para la realización de sus plusvalías. Cuanto mayor sea “el odio a lo español” entre las masas encuadradas por el nacionalismo sabiniano, más dificultades tendrá la oligarquía financiera española para imponer su poder en Euskadi y más amenazado y sumiso estará el obrero inmigrante. Cuanto más se separe a éste, que es el grueso principal del proletariado en Euskadi, del obrero autóctono, mejores condiciones para la explotación de unos y otros. Por eso, para Arana y sus seguidores, socialismo y maketismo son lo mismo, y los buenos euskaldunes deben separarse tanto de uno como de otro. “Entre el genio vasco y el socialismo media repulsión absoluta e irreductible. Así se explica que los propagandistas, los fautores, los secuaces de esas ideas, oprobio de Bizkaya, sean los advenedizos, los nómadas de la inmigración servil”. (1901)

A. Beloki


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