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EUSKADI

Agosto 2001

El racismo originario
Los orígenes del
nacionalismo étnico en Euskadi (IV)

“La pureza de la raza, más comúnmente conocida con el nombre de «limpieza de sangre» (...) es uno de nuestros fundamentos políticos”

Sabino Arana. (Bizkaitarra. 3 de Marzo de 1895)

   Desde sus primeras formulaciones, el nacionalismo sabiniano está impregnado de un fuerte contenido racista. La convicción de la existencia de una raza especial de hombres, los “euzkos”, y de su superioridad sobre las otras, especialmente sobre la “española”, se constituye como uno de los fundamentos desde el que Sabino Arana construye la ideología y el programa nacionalista. A la preservación de la pureza de esta raza dedicará el fundador del nacionalismo vasco todas sus energías.

   “El nacionalismo vasco tiende a conservar la raza vasca, confundida por las que la rodean, tiende a regenerarla, arrancando de ella todo lo malsano y exótico infiltrado por las razas circunvecinas, tiende a reconstruir (...) aquel pueblo sano, fuerte y vigoroso”.

La aristocracia del mundo

 
  La vinculación entre Arzallus y Hitler en el cartel es algo más que un feliz hallazgo iconográfico. El racismo originario de Sabino Arana, entre otros factores, es una de las bases que hace posible la aparición de una línea nazifascista en el seno del nacionalismo vasco. (portada del DV 16 del año 2.000)

   Superioridad física, superioridad intelectual y superioridad moral. Para Sabino Arana y sus seguidores no existe la más mínima duda de que la raza vasca es una raza “elegida” y superior a cuantas la rodean.

   De acuerdo con ello, el número 66 de Bizkaitarra sostiene que “Es la raza vasca, por convicción de su positiva superioridad física, una de las más saturadas de (...) espíritu de lucha, de competencia”. Convicción que, pese a los resultados, todavía se mantiene hoy en hechos tan sintomáticos como que los dos principales equipos de fútbol vasco, dirigidos por el nacionalismo, se nieguen a incorporar en sus filas a jugadores procedentes del resto de España.

   O por lo que uno de los primeros seguidores de Arana, Joala, afirmaba: “Meditemos como vascos que somos, porque precisamente por pertenecer a la raza de mejor y mayor meditación que hay en el mundo podemos meditar con acierto, y no como esos productos ibero-celto-fenicio-griego-godo-árabes (...) que aún están por saber lo que es meditación”

   Pero sería erróneo pensar que este ideario pertenece al pasado. Recientemente, Fernando Savater nos ilustraba, en uno de los artículos recogidos en su libro “Perdonen las molestias”, cómo en una fecha tan reciente como 1990, el padre Txomin Iakakortexarena, en su libro «El Rh negativo de los vascos» decía: “siempre tenemos que aceptar las razas, porque la raza es una cualidad especial (...) nos distingue a los grupos humanos, según las cualidades diferentes y variadas que en su sangre ha querido distribuir el Creador”. Por lo que “no es pequeño privilegio para los vascos esta sangre limpia y pura del Rh negativo sin mezcla de Rh positivo del mono, porque podemos creer que ello nos cataloga como los primeros habitantes de Europa”. Catalogación en la que, según el propio Arzallus, coincidía hasta el mismísimo Hitler.

   Engracio de Aranzadi, otro de los discípulos predilectos del fundador, sintetizaba estas ideas en 1904 afirmando que los vascos “constituimos la aristocracia del mundo, la nobleza de la Tierra”. ¿Qué diferencia hay entre estas afirmaciones y las contenidas en el Mein Kampf sobre la superioridad de la raza aria? Reduciéndolas a su sustancia, la única observable es de cantidad y no de cualidad. Mientras que unas están hechas desde el paroxismo de los representantes de una burguesía monopolista que actúa desde el vértice de una potencia imperialista con afán de hegemonizar Europa, las otras son fruto del delirio de una burguesía decadente que a duras penas consigue subsistir en una pequeña región de un país periférico.

   Extirpar de Euskadi todo lo malsano infiltrado por la convivencia con “las otras razas” impuras, devolver a la raza euskérica a su estado de pureza originario, esta es la misión que, de acuerdo con Arana, tiene el nacionalismo vasco. Porque, según él, de “entre el cúmulo de terribles desgracias que afligen hoy a nuestra amada Patria, ninguna tan terrible y aflictiva (...) al lado del roce de nuestro pueblo con el español, que causa inmediata y necesariamente en nuestra raza ignorancia y extravío de inteligencia, debilidad y corrupción de corazón, apartamiento total, en una palabra, del fin de toda humana sociedad”. Y es que, de entre todas las razas que la rodean, para Arana la “raza maketa” es, por su condición mestiza e híbrida, por la irreligiosidad de su carácter, por sus costumbres inmorales y blasfemas, la más pervertida y degenerada, un verdadero “detritus étnico”. De ahí que “la raza germana nos es a los vizcaínos mucho más simpática que la española”, (Bizkaitarra. Marzo de 1895) y de que sea preciso “aislarnos de los maketos en todos los órdenes de la vida”

  La pureza racial, asimilada al aislamiento e inmunidad frente a las influencias y mestizajes ideológicos, sociales, políticos y culturales de la gran ciudad, se convierte de esta manera en un elemento de control y de dominio sobre un sector de la sociedad a la que se procura mantener aherrojada a una mentalidad cavernícola

   La raza es la sustancia de la nación vasca, lo demás –lengua, costumbres, leyes, territorio...– son accesorios, accidentes derivados de la raza. Si la raza se mantiene pura, se podrá mantener todo lo demás. De nada servirá que todo lo demás se mantenga, si se extingue la raza: “Si nos dieran a elegir entre una Vizcaya poblada de maketos que sólo hablasen el euzkera y una Vizcaya poblada de vizcaínos que sólo hablasen el castellano, escogeríamos sin dubitar esta segunda”. Frente al mestizaje racial que históricamente ha caracterizado a la península, Sabino Arana levanta y opone la “pureza racial”, la “limpieza de sangre” de los vascos. Pero, una vez establecida la superioridad, aparece un doble problema. Por un lado, dónde encontrar, en la Vizcaya del último tercio del siglo XIX inundada por oleadas de inmigrantes, a esta raza de hombres no contaminada. Y, en segundo lugar qué hacer para salvar a la raza euskérica de esta “invasión maketa”.

   Para la segunda cuestión, Arana tiene un respuesta concluyente. “Fuera independiente Euskeria y, aparte de que el número de españoles que aquí inmigrase sería muy contado, los que vinieran vendrían como extranjeros, estarían siempre aislados de los naturales en aquella clase de relaciones sociales que más influyen en la transmisión del carácter moral, cuales son el culto, las asociaciones, la enseñanza, las costumbres, la amistad y trato”. Como se ve, la idea de Arzallus de tratar a los inmigrantes como “a los alemanes en Mallorca” tiene un sólido anclaje en el pensamiento originario del PNV.

De la cuna a la blusa

   Con respecto al primer problema, Arana adoptará una solución que, curiosamente, será similar a la del Partido Nazi cuatro décadas después. También Hitler buscará en el mundo rural y aislado de las montañas de Baviera el modelo físico y moral de la raza aria al que debe aspirar, de grado o por fuerza, todo “buen alemán”. Para encontrar lo que Arana llama “los últimos ejemplares de esta raza prehistórica” es necesario subir “a la cumbre de las más altas montañas, cuna de nuestra raza”. Es en el mundo baserritarra (aldeano), entre “los euskarianos de blusa”, entre los que no se han transformado, desvirtuado y estropeado “las más puras esencias de la raza”, donde se encontrará a “aquellos de quienes nuestra patria puede esperar únicamente su salvación”, a los  “verdaderos hijos de nuestra raza”.

   De igual forma que el ideólogo del fascismo español Giménez Caballero buscaba la semilla del futuro poblador español en los pastores celtíberos, aislados por siglos de las influencias moras y judías, Arana afirma que es en los habitantes de las aldeas más aisladas de Euskadi donde hay que buscar a los portadores de los gérmenes de la regeneración de la raza de los euzkos.

   Así, el elemento ideológico definidor de lo vasco pasan a ser los núcleos más aislados, cerrados, endogámicos; lo más anclado en estructuras sociales arcaicas, allí donde el miedo, la indefensión y la reverencia al poder, caciquil, eclesiástico o militar, es más acusado. La pureza racial, asimilada al aislamiento e inmunidad frente a las influencias y mestizajes ideológicos, sociales, políticos y culturales de la gran ciudad, se convierte de esta manera en un elemento de control y de dominio sobre un sector de la sociedad a la que se procura mantener aherrojada a una mentalidad cavernícola. Desde ahí, Arana y su nacionalismo étnico se autootorgan la capacidad de decidir sobre lo que es y lo que no es vasco, de señalar, y separar, al “buen euskaldún” de quien no lo es.

   No importa la falsificación que significa esta idealización de un mundo baserritarra sumido en tales niveles de miseria y atraso que su única realidad la constituye la emigración por decenas de miles a Bilbao y a América. Lo que importa es tener el control de este mundo cerrado y aislado. Y cuanto más cerrado y aislado mayor será el pánico de sus habitantes hacia la autoridad constituida. El mejor ejemplo de esto nos lo ha dado la reacción de los habitantes del pueblo de Leaburu ante el asesinato de uno de sus vecinos. Su hermano, y también ertzaina lo decía el día del funeral: “aquí hay mucho miedo, pasa un poco como a los judíos cuando los nazis”. La Arcadia sabiniana, el templo inmaculado de las esencias puras de la raza, convertido, como no podía ser de otra manera, en el túnel de los horrores.

A. Beloki


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