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La televisión pública
y su privatización
Agosto 2001
A
propósito de la televisión en España:
Entre
lo público y lo privado
por Javier Díez Moro
trabajador de RTVE y miembro del
gabinete de crísis contra la privatización
Lo
público, lo privado, lo de todos, lo de algunos... ¡cuánta
confusión!. He aquí dos conceptos que aplicados
al fenómeno de la televisión en España, a
menudo, siembran la duda o el error en los ciudadanos.
¿Qué
diferencias reales hay entre las televisiones públicas
y las privadas?, suele ser una cuestión que a menudo se
plantea el espectador más exigente. A lo que seguramente
no tiene más remedio que contestarse que, si se juzga por
la programación, muy pocas. Unas y otras, en aras de la
audiencia, nos proponen espacios muy similares, basados en conceptos
puramente comerciales. Clónicos del mal gusto, de lo banal,
de lo intrascendente y lo descafeinado, de lo premeditadamente
morboso, de lo peligrosamente estúpido.
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Las
cadenas de televisión, públicas y privadas,
deben satisfacer el interés de los ciudadanos y contribuir
al pluralismo informativo, a la formación de una opinión
pública libre y a la extensión de la cultura |
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La
televisión, sin duda, el medio de mayor penetración
social entre los españoles, podría cumplir perfectamente
un cometido muy distinto al que viene realizando. ¿Se imaginan
una televisión informativa, capaz de inculcar criterios
de libertad, justicia y paz en la opinión pública?,
¿una televisión cooperadora con el sistema educativo,
potenciando la difusión de la cultura, en general, y la
española, en particular?, ¿una televisión
con espacios de entretenimiento no basados en la violencia, sexismo,
racismo o competitividad a ultranza?. El caso es que, en principio,
legislación no nos falta a la hora de definir y controlar
los derroteros de la televisión en España. El problema
es que no se cumplen las leyes. Si se ha caído tan bajo
no es por falta de definición. Existen montones de buenas
ideas articuladas en leyes y toda una antología de bellos
discursos. Palabras y más palabras. Pero del dicho al hecho...
Parece
que a los grupos mediáticos que controlan las cadenas privadas
de televisión, en España y, en general, en el mundo,
les importa ante todo el negocio y no quieren ni oír hablar
de principios éticos que regulen su actividad. Y no contentos
con el status quo alcanzado, aprovechan cualquier coyuntura para
difamar, socavar y cuestionar la televisión pública,
a la que contemplan como una desleal competidora. Conviene recordar,
al respecto, que en nuestro país, RTVE y las Radiotelevisiones
Autonómicas no tienen por qué competir con las cadenas
privadas. Todas, públicas y privadas, están sujetas
a idénticos principios en materia de programación.
Pero se ha desvirtuado tanto la realidad que a todos nos parece
normal que con tal de ganar audiencia, unas y otras, no tengan
obstáculos. El fin justifica los medios, ese
es el mensaje perverso que subyace en la lucha por las audiencias
televisivas.
Lo
público y lo privado están perfectamente definido.
Lo que hay que hacer -insistimos- es cumplir las leyes y, si acaso,
seguir legislando para defender lo público frente a las
cada vez mayores agresiones de lo privado.
La radiodifusión y la televisión, configuradas
como servicio público esencial, cuya titularidad corresponde
al Estado, se concibe como vehículo esencial de información
y participación política de los ciudadanos, de formación
de la opinión pública, de cooperación con
el sistema educativo, de difusión de la cultura española
y de sus nacionalidades y regiones, así como medio capital
para contribuir a que la libertad y la igualdad sean reales y
efectivas, con especial atención a la protección
de los marginados y a la no discriminación de la mujer....
(Ley del Estatuto de la Radio y la Televisión, publicada
en el BOE, núm. 11, de 12 de enero de 1980). No
sólo está sujeta a esta legislación la radiotelevisión
pública, es decir, RTVE y las Cadenas Autonómicas,
sino las mal llamadas radiotelevisiones privadas.
Conviene aclarar que en España todas las cadenas de televisión
son públicas.
La televisión es, en nuestro ordenamiento jurídico
y en los términos del artículo 128 de la Constitución,
un servicio público esencial, cuya titularidad corresponde
al Estado y solamente, en el caso de las cadenas privadas, se
concede que sociedades anónimas sean las encargadas de
su gestión, en régimen de concesión administrativa.
La finalidad de la televisión como tal servicio público
ha de ser, ante todo, la de satisfacer el interés de los
ciudadanos y la de contribuir al pluralismo informativo, a la
formación de una opinión pública libre y
a la extensión de la cultura (Ley 10/1988, de 3 de
mayo, de Televisión Privada). Es decir, que también
las cadenas privadas están sujetas al ordenamiento jurídico
y a los principios básicos recogidos en el Estatuto de
la Radio y la Televisión.
Aquí
nadie puede justificar sus carencias o sus criterios estrictamente
comerciales de programación, amparándose en coartadas
como la competencia, la dictadura de la publicidad o la demanda
de mercado.
Es
evidente que no se pueden aplicar dos varas de medir diferentes,
véase, espacios culturales en lo publico y
telebasura en lo privado. Seguir ese modelo ya sabemos
desgraciadamente a lo que nos lleva. A que lo público por
una pura necesidad de subsistencia tenga que competir por la audiencia
imitando los modelos de lo privado.
Una
trampa perversa
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Es
perverso obligar a un servicio público, como RTVE,
a financiarse desde 1982 exclusivamente de sus ingresos comerciales
y por otro lado exigir que cumpla con una programación
de calidad y plural |
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En
la desenfrenada carrera a la que estamos asistiendo por captar
audiencias, las radiotelevisiones públicas
pierden su identidad, incapaces de definir su propia oferta a
la sociedad. Ese podría ser el triste caso de RTVE y las
Cadenas Autonómicas en España.
Las
armas empleadas por las televisiones privadas para la conquista
de mayores audiencias, son producir espacios
de televisión en función de consumidores potenciales
para la oferta de espacios publicitarios y/o de espacios
patrocinados por firmas comerciales, lo que las obliga a veces
a uniformizar y degradar el mensaje.
Por
el contrario, las radiotelevisiones públicas deben conquistar
sus audiencias mediante otros métodos: producir
espacios en función de los ciudadanos y de sus necesidades,
fortaleciendo los valores de una sociedad democrática y
pluralista.
Pero,
indudablemente, es la forma de financiación
la que en definitiva determina el modelo de radiotelevisión
pública a realizar. En los últimos años
hemos asistido a un incremento de la publicidad como la única
forma de obtener recursos económicos.
Es
totalmente perverso obligar a un servicio público, como
RTVE, a financiarse desde 1982 exclusivamente de sus ingresos
comerciales (publicidad, venta de programas y derechos) y por
otro lado exigir que cumpla con los objetivos sociales que marca
su Estatuto (programación de calidad y plural).
Es imposible subsistir, de la misma manera que sin financiación
pública no podrían subsistir la Sanidad o la Enseñanza.
Precisamente
es desde 1990, fecha en la que empiezan las emisiones de las televisiones
privadas en España, con el consiguiente reparto de los
ingresos de la tarta publicitaria, cuando se origina el déficit
de RTVE, pasando de 22.244 millones en 1991 a 264.163 millones
en 1996 (gobiernos del PSOE), y de esta cantidad a los casi 800.000
millones previstos para el 2001 (gobiernos del PP). ¿Por
qué esa deuda?. Muy sencillo, desde 1991 RTVE ha tenido
más gastos que ingresos y se le ha seguido negando la financiación
pública que la ley dictamina. ¡Perverso!.
De
la actual situación de RTVE son directamente responsables
los distintos gestores que se han venido sucediendo en la dirección
general y sus respectivos staff directivos. Y naturalmente, los
sucesivos gobiernos de la nación, propiciadores y consentidores
de semejante compostura.
La
desaparición o paulatino debilitamiento de la Radiotelevisión
Pública en España supondría entregar en manos
de los grupos privados multimedia todo el poder oligopolístico
de los medios de comunicación.
Existe
toda una legislación vigente que define de manera clara
cual debe ser la financiación de la Radio Televisión
Pública en España. (La
radiodifusión y la televisión pública, configuradas
como servicio público esencial, tienen su titularidad en
el Estado Ley del Estatuto de la Radio y la Televisión)
¡Cúmplase!. RTVE debe financiarse
con cargo a los Presupuestos Generales del Estado (Ley
del Estatuto de Radio Televisión Pública) . Otro
tanto debe aplicarse en el caso de las Cadenas Autonómicas.
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