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NACIONAL

Septiembre 2001

Ibarretxe y la lucha contra ETA:
Media de cal y tres de arena

  Nunca es tarde si la dicha es buena, afirma el refrán. En su editorial del pasado 25 de agosto, el diario El País reconocía que“El PNV ganó las elecciones, pero tal vez tengan razón los que sostienen que las perdieron los sectores más radicales de ese partido”.

  Como dijimos en estas mismas páginas, una correcta lectura de los resultados de las elecciones del pasado 13 de mayo acerca de la derrota electoral y política de la línea nazifascista de Arzallus, acabaría imponiéndose en los hechos. Han bastado apenas 3 meses para que incluso quienes entonces hablaban del“estrepitoso fracaso del nacionalismo español” o del“arrollador triunfo del soberanismo” empiecen a considerarlo.

El gobierno Ibarretxe, forzado por las circunstancias presenta un plan, pero los mismos encargados de llevarlo adelante, la policía vasca, afirma que no es sino“un lavado de cara”

  Pero, con ser importante tener una visión clara de la correlación de fuerzas revelada por las elecciones del 13-M, no es suficiente. No al menos, si a continuación no se es consecuente con dicha lectura y las conclusiones que se desprenden de ella. El giro dado por Ibarretxe en su política hacia ETA, repitiendo insistentemente que luchar contra el terrorismo es una de sus prioridades en la nueva legislatura, ¿es una actitud sincera? ¿Piensa el nuevo gobierno vasco llevarla decididamente hasta el final? ¿Significa esto que Ibarretxe va a enfrentarse con Arzallus que reiteradamente ha repetido que“no desea la derrota política (ni policial, añadimos nosotros) de ETA”?

  Hoy, ninguna fuerza política en Euskadi puede mantener una posición no ya de apoyo, sino tan siquiera“dudosa” ante ETA sin que los pilares que sostienen su base social de apoyo se tambaleen. La debacle electoral de EH el 13-M lo puso de manifiesto. El mismo hecho reciente de que el Ayuntamiento de Leitza, gobernado en mayoría absoluta por EH, se viera obligado a convocar una concentración en homenaje al concejal de UPN asesinado, indica la profundidad del rechazo social al terror fascista de ETA, que empieza a abrirse paso abiertamente entre las propias bases activas de EH.

  El gobierno de Ibarretxe no tiene hoy por hoy otra alternativa que la de, cuanto menos, aparentar que se pone a la cabeza del clamor popular de rechazo levantado por la rebelión social democrática.

  Sin embargo, los árboles no deben impedirnos ver el bosque. Mientras los altos cargos de la Consejería de Interior del gobierno vasco se reunían con representantes del Ministerio del Interior, explorando distintas vías de colaboración entre Ertzaina, policía nacional y guardia civil, Arzallus lanzaba su última andanada: para él, la colaboración policial es imposible porque“ellos nunca nos han pasado información”, dejando entrever que lo único que busca Madrid es quitarle competencias a la Ertzaina.

  Hasta cierto punto tenía razón Arzallus: la colaboración, si no imposible sí es bastante difícil en las actuales condiciones. Pero no porque no se pase información, sino porque, como denunciaba el sindicato mayoritario de la Ertzaina, ERNE, el plan presentado por Balza a Rajoy para combatir la kale borroka“es una auténtica chapuza”,“un lavado de cara”, pues en él no hay ningún“compromiso real en la persecución de esta violencia”. ¿Qué confianza merecen las palabras de quien presenta“una chapuza” para combatir los más de 300 actos de violencia callejera que se llevan cometidos ya este año en las calles de Euskadi y Navarra? En menos de dos años tienen que celebrarse las elecciones municipales. PP, PSOE y UPN ya han lanzado la voz de alarma: en numerosos pueblos de Euskadi, el miedo a ETA y a la kale borroka impedirán que puedan presentar candidaturas. El gobierno Ibarretxe, forzado por las circunstancias presenta un plan, pero los mismos encargados de llevarlo adelante, la policía vasca, afirma que no es sino“un lavado de cara”. ¿Qué es lo que se busca entonces más allá de los gestos y las buenas palabras?

  La respuesta es sencilla. Cada vez que ETA se ha encontrado en una situación de debilidad y aislamiento (y en estos momentos gracias a la combinación de la rebelión social democrática y la eficacia policial lo está), la línea encabezada por Arzallus ­de la que, por cierto, Ibarretxe no ha dado todavía señal alguna de distanciamiento- ha venido a sacarle del apuro. Ya ocurrió en el 92 tras la detención de la cúpula etarra en Bidart y, sobre todo, tras la auténtica insurrección popular desatada en Euskadi por el asesinato de Miguel Angel Blanco. Cuando Arzallus afirma no querer la derrota de ETA no está expresando únicamente un deseo, sino, sobre todo, una necesidad. Sin el terror que impone ETA, sus planes de desgajar Euskadi de España para convertirla en un satélite del eje Berlín-Berlín son irrealizables. Como afirmaba recientemente un destacado dirigente de su línea:“sin ETA somos una fuerza vulgar”. De ahí que su compromiso contra ETA no vaya nunca ni un paso más allá  de lo que las condiciones le obligan, y, si puede ser, aún un paso menos. Esta es la razón que lleva a Balza a presentar“una chapuza” contra la kale borroka y a Ibarretxe a mantenerse en el plano de una forzada  ambigüedad, en el que a la apariencia de cada paso hacia adelante, le sigue la realidad de varios hacia atrás.

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