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Atentado contra las Torres
Gemelas
Octubre 2001
Recordar
El Maine
Un
individuo esquizofrénico es un individuo peligroso. Su
doble personalidad fuera de control, supone un permanente riesgo
de agresión para sí mismo y para los demás.
EEUU
es un país esquizofrénico; un país escindido
entre una Democracia interna y un Imperio exterior que se sostienen
sobre bases irreconciliables.
Para
poder extenderse, el Imperio necesita empujar a la Democracia
hacia sus aventuras expansionistas arrastrándola en contra
de su voluntad. Esta disociación, esta doble naturaleza
de Imperio expansivo y Democracia interna está en la propia
génesis de EEUU como nación y recorre toda su historia.
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Cada
uno de estos ataques, cada una de estas provocaciones estaba
hecha para que el imperio mandara sobre la democracia, para
que el pueblo se viera arrastrado a tener que someterse a
la utilización de la fuerza necesaria para expandirlo |
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En
1845, y al grito de Recordad El Álamo,
el ejército norteamericano declara la guerra a Méjico.
Hoy sabemos que la supuesta heroica gesta de El Álamo,
donde un puñado de norteamericanos habrían resistido
hasta el límite para ser finalmente degollados por los
mejicanos, nunca existió. Pero su invención fue
la excusa para arrebatarle a Méjico cerca de un 40% de
su territorio.
En
1898, la falsa acusación contra España de haber
provocado la voladura del acorazado El Maine fue el pretexto para
declararnos la guerra y anexionarse Cuba, Puerto Rico, Filipinas
y Guam, otra vez a costa del mundo hispano. Hoy existe
la certeza de que fueron ellos mismos quienes provocaron el hundimiento
causando la muerte de 300 de sus marinos. Una gigantesca campaña
de prensa bajo la consigna de Recordar el Maine permitió
movilizar a los sectores de la clase política y de la opinión
pública inicialmente contrarios a la guerra hacia su aprobación.
Usted envíeme las imágenes que yo le mandaré
la guerra había dicho unos meses antes el magnate
de los medios de comunicación Hearst a su corresponsal
en La Habana.
Todavía
existen serias dudas sobre el acontecimiento que provocó
la entrada en la I Guerra Mundial de
EEUU: el ataque de los submarinos alemanes contra un trasatlántico
norteamericano. De lo que no existe ninguna, porque así
lo confirma la correspondencia entre Churchill y Roosvelt, es
que la inteligencia norteamericana y el alto mando conocían
de antemano el ataque japonés sobre Pearl
Harbour. Dejaron que se consumara, sacrificando la vida
de 2.500 de sus soldados, a fin de tener el argumento que precisaban
para entrar en la II Guerra Mundial.
Cada
día que pasa siento un mayor temor del poder que ha alcanzado
el complejo militar industrial, la frase pronunciada
por el presidente Eisenhower es la
clave para comprender uno de los episodios no aclarados de la
reciente historia norteamericana; el asesinato
de Kennedy (JFK). Inicialmente presentado como una intervención
cubana, el magnicidio ha sido objeto de sospechas más que
fundadas que apuntan a la CIA y los sectores más duros
del Pentágono, su objetivo, eliminar el obstáculo
de un presidente demócrata reticente a las aventuras expansionistas
imperiales y sustituirlo por Jonhson, bajo cuyo mandato y con
la excusa de otro incidente inventado en el golfo
de Tonkin, se inició la escalada bélica en
Vietnam.
También
Iberoamérica conoce en sus entrañas la infinidad
de provocaciones y auto-agresiones organizados por la CIA para
justificar la intervención de los marines o de sus gorilas
golpistas formados en la Escuela de las Américas.
La
historia de la expansión del poder imperial norteamericano
está plagada de auto-ataques. En unos casos organizados
por ellos mismos, en otros induciéndolos, en otros consintiéndolos.
De cualquier forma, cada uno de estos ataques, cada una de estas
provocaciones, estaba hecha para que el Imperio mandara sobre
la Democracia, para arrastrarla y someterla a la utilización
de la fuerza necesaria para expandirlo.
En
la actualidad este problema se ha visto agudizado hasta el límite
con la elección de Bush: un
presidente colocado con fórceps y cuya elección
ha puesto en cuestión la democracia interna rebajándola
al nivel de una república bananera, como la propia prensa
norteamericana calificó lo sucedido en Florida. Tenía
que haber proyectos y propuestas muy poderosas para desprestigiar
de esta forma el sistema democrático norteamericano ante
el mundo entero y ante los ojos de su propio pueblo. Algunas de
estas propuestas ya las conocemos: escudo antimisiles, negativa
a firmar el protocolo de Kioto, ruptura de los tratados internacionales,
abandono de la conferencia contra el racismo... Otras están
todavía por ver. Bush es un presidente alumbrado mediante
un golpe contra el régimen democrático que ha propiciado
una sistemática voladura de todos los tratados internacionales
y lo hace a una velocidad inaudita.
Pero
los sectores más duros del complejo militar industrial
han de enfrentarse a dos problemas combinados para llevar adelante
sus proyectos Por un lado, cada uno de los movimientos de Bush
en sus escasos 9 meses de presidencia revela una determinación
implacable para desmontar el modelo de hegemonía consensuada
elaborado por Clinton. El proyecto anterior estaba avalado por
los sectores de la burguesía monopolista norteamericana
más dinámicos y competitivos en el plano económico,
aquellos que buscan crear una suerte de gobierno mundial consensuado
entre EEUU y sus rivales, un equilibrio estable en el que EEUU
como primera potencia ejercería el papel central de árbitro
político, una hegemonía indiscutible pero consensuada.
Por el contrario, Bush ha dejado claro que busca establecer una
distancia sideral con el resto de potencias, distancia en todos
los terrenos pero sobre todo en el militar, que asegure el disciplinado
acatamiento de los demás a una hegemonía impuesta
sin necesidad de consensos ni engorrosas negociaciones. Un proyecto
que no es posible llevar adelante por las buenas, sino hacerlo
sin piedad y a costa de lo que sea. Y para el que necesitan, imperiosamente,
romper con lo que saben que es una de sus mayores debilidades:
un pueblo que no está dispuesto a seguir al imperio en
sus aventuras militares.
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Necesitan,
imperiosamente, romper con lo que los propios estrategas yanquis
reconocen como una de sus mayores debilidades: un pueblo que
no está dispuesto a seguir al imperio en sus aventuras
militares |
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Y
este es el segundo problema al que se enfrentan. Como reconocen
los propios estrategas y analistas norteamericanos, el ejercicio
de un poder imperial sostenido es incompatible con el hedonismo
personal y el escapismo social dominantes en
la sociedad norteamericana. Como afirma el ex consejero de seguridad
nacional de Carter, Z. Brzezinski, entre el pueblo norteamericano
existe un fuerte rechazo contra todo uso selectivo de la
fuerza que suponga bajas, incluso a niveles mínimos.
Como consecuencia, es cada vez mayor la dificultad para
movilizar el necesario consenso político a favor de un
liderazgo sostenido, y a veces también costoso, de los
EEUU en el exterior. Movilizar ese consenso necesario para
anular la iniciativa del otro sector de la burguesía monopolista
yanqui y arrastrar al pueblo tras las necesidades militares del
Imperio, esto es lo que está en el origen de todos los
auto-ataques, en cualquiera de sus formas.
Cualquier
acontecimiento en los EEUU es necesario leerlo desde esta tradicional
lucha entre Imperio y Democracia, desde esta doble naturaleza
que divide la sociedad norteamericana, el seno mismo de su clase
dominante, sus instituciones y su pueblo.
Auto-ataques
provocados, ataques inducidos, provocaciones consentidas. Ocurrió
con El Álamo, ocurrió con el Maine, ocurrió
en Pearl Harbour, ocurrió en Tonkin... Quien ha padecido
ahora es el pueblo de Nueva York, pero no hay que olvidar quién
impone esta tradición histórica: al Imperio, cada
vez más, le estorba la Democracia.
Es
muy posible que la cadena de horrendos ataques haya sido obra
de los talibanes, pero esto no altera la sustancia del problema.
También en Pearl Harbour el ataque fue obra de los japoneses.
¿Es creíble pensar que los talibanes, creados, financiados,
armados y formados por la CIA para combatir la invasión
soviética de Afganistán, no estén infiltrados
de algún modo por ellos? ¿Nos quieren hacer creer
que el FBI o la CIA no sabían nada de esto?
No
podemos decir en qué consiste la trama, no disponemos de
las fuentes de información necesarias.
Pero
si ellos hicieron la guerra bajo la consigna de Recordar
el Maine, ahora Sí; ahora todos los pueblos del mundo
tenemos que recordar El Maine, recordar Pearl Harbour, recordar
el asesinato de Kennedy...
Porque
no tendremos los datos, pero sí la memoria.
Frente
amplio por la paz en el mundo y la neutralidad de España
El
ministro Piqué se mostraba sorprendido de que la respuesta
de la opinión pública española, que
conoce bien lo que significa el terrorismo, esté
siendo la más tibia de la UE. Pocos días
después las preocupaciones del gobierno se materializaban
en una encuesta: sólo el 36% de la población apoya
la participación española en una futura respuesta
militar.
La
concentración convocada por las fuerzas políticas
y sindicales bajo el lema por la Paz y contra el terrorismo
y que pretendía apoyar la previsible respuesta norteamericana
se saldó con el estrepitoso fracaso de menos de 2.000 asistentes.
Una
vez más se pone de manifiesto el divorcio existente entre
la voluntad popular y las decisiones de sus representantes políticos.
La
pertenencia real a la estructura militar de la OTAN (pese a las
condiciones del Referéndum), la implicación en conflictos
como el del Golfo o Yugoslavia o la presencia de bases militares
yanquis en nuestro territorio no han conseguido acabar con la
tradicional voluntad de neutralidad ni con el sentir mayoritario
de rechazo a las actuaciones imperiales norteamericanas que aflora
de inmediato en cuanto estalla una crisis.
Hacer
que este sentimiento se transforme en acción es una de
las tareas del momento.
El
cariz de los acontecimientos actuales hace de la exigencia por
la paz y la neutralidad un camino largo pero decisivo. Recorrerlo
exige la movilización de una mayoría cercana al
70% pero que carece de expresión política y de voz
en los medios de comunicación. Hay que conquistar la libertad
de que pueda expresarse y articularse.
versión libre de un chiste de Forges (El
País 14-9-01)
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