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Octubre 2001

La necesidad del chantaje interno

  La visión espontánea con la que desde el resto del mundo se observa a la población estadounidense suele adjudicarle un carácter exacerbadamente individualista, satisfecha con el sistema y marcadamente militarista. Nada más lejos de la realidad.

Los halcones necesitan el chantaje de una supuesta amenaza, para arrastrar en sus aventuras militares a una población que en términos habituales no lo aceptaría

  A pesar del enorme poder acumulado por el sector más duro de la burguesía norteamericana, su dominio exterior se asienta sobre una debilidad interna: tiene a la mayoría de la sociedad norteamericana en contra.

  El aislacionismo y el plegamiento en sí mismos son a menudo adjetivos utilizados para definir despectivamente la mentalidad nacional estadounidense, pero reflejan también otro aspecto, las reticencias de buena parte de la población a embarcarse en aventuras militares en el exterior, y a soportar la carga que requiere el mantenimiento de un imperio.

  Todas las encuestas reflejan que más del 80% considera que “el gobierno debería reducir las subvenciones públicas que destina al Pentágono”

  La necesidad de expansión imperial obliga a mantener una política extremadamente antisocial, que genera el rechazo general. El 82% de los norteamericanos considera que viven “en un país con una estructura económica injusta”, el 80% cree que “el gobierno administra para unos pocos, para los intereses particulares y no para el conjunto de la población”, casi el 70% considera que “la reducción de gastos militares debe destinarse a la protección de los sectores menos desfavorecidos”.

  No es que la enorme concentración de la riqueza cree una grieta social que margina econonómica, social y políticamente a más de la mitad de la población, es que los llamados halcones no son capaces de convencer y encuadrar ni a una buena parte de los satisfechos, de los que disfrutan de un nivel de vida elevado. Más de los dos tercios de la población está frontalmente en contra de los puntos claves de su proyecto.

  Esta es una de las principales contradicciones que enfrentan a nivel interno. A pesar de arrastrar el rechazo unánime, EEUU no es un imperio autocrático, se ven obligados a arrastrar a la población para emprender las aventuras militares.

  No es un problema formal, es una necesidad objetiva. Las mismas bases democráticas, la enorme magnitud de la producción y el dinamismo social hacen que, para alcanzar el grado de movilización que precisa una campaña bélica, se sume la participación de toda la población.

  El grado de desarrollo y prosperidad hace que los norteamericanos no estén dispuestos a aceptar de buen grado los inconvenientes que generara la militarización de la retaguardia.

  Todavía pesa en la conciencia americana el síndrome de Vietnam, la visión de miles de ataudes retornando como precio a pagar. La valoración expresada por altos mandos del Pentágono es clara: la magnitud del golpe recibido hace que, ahora sí, la población pueda aceptar las muertes que reclama la implantación de los planes actuales de expansión.

  Hay que crear una situación que empuje a todos a aparcar las valoraciones que indican las encuestas e incorporarse al engranaje militar.

  Hay que arrastrar bajo chantaje, colocar un peligro que golpee de forma real y tangible (Maine, Pearl Harbour, Tonkin...) y que, convenientemente amplificado y cocinado por los altavoces mediáticos, obligue a cada uno de los estadounidenses a “dar un paso al frente por América”.
Esta ha sido la forma con la que, históricamente, el Imperio ha enganchado a su carro a una población contraria a sus aventuras.

  Un informe del Departamento de Defensa teorizaba esta necesidad: “todo Imperio necesita crear amenazas que sean creíbles y amplificarlas convenientemente. Cuanto mayor sea el calado del proyecto, mayor tendrá que ser la intensidad del peligro y del golpe recibido”.

  Esta es la doctrina que se esconde detrás de “recordad El Maine, recordad Pearl Harbour, recordad Tonkin...

Francesc Ten

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