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NACIONAL
Octubre 2001
El golpe contra el régimen:
El
Imperio se come a la democracia
El
estupor mundial ante el burdo fraude electoral que nos depararon
las últimas elecciones norteamericanas empieza a adquirir
contrastes nítidos: la voracidad del Imperio convierte
a la democracia en su primer bocado.
Impugnaciones,
recuentos múltiples que ofrecen resultados contradictorios,
la voluntad popular decidida en los juzgados, votos por correo
emitidos después de la fecha electoral, personas que votan
dos veces a Bush, el Pentágono amañando el voto
de los militares... es difícil encontrar en algún
país del Tercer Mundo una sucesión comparable de
humillaciones al acto más sacralizado de la democracia.
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La
magnitud de los proyectos de dominación exterior exigen
dinamitar todos los límites que impone la democracia |
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En
la historia norteamericana se pueden recontar un puñado
de verdaderos golpes de Estado contra presidentes que, en un momento
determinado se permitieron un grado de autonomía que los
convertía en un obstáculo para los planes del entramado
militar. Unas veces era una defenestración política
(Nixon, Carter), otras la defunción era real (Kennedy),
pero siempre adquiría el carácter de un movimiento
puntual.
Los
episodios registrados en Florida elevan el grado: el objetivo
no era únicamente impedir el ascenso de Gore, sino pulverizar
las bases del sistema democrático tal y como se habían
entendido hasta ese momento.
Una
exhibición tan pública de tantas miserias sólo
podía tener el objetivo de enterrar definitivamente la
credibilidad de la democracia.
¿Qué
gana el sector que aupó a Bush con desacreditar un sistema
político que había demostrado su eficacia?
Los
proyectos impulsados por Bush en la escena internacional, anclados
en la voracidad y aventurerismo creciente de los círculos
más oscuros de la burguesía norteamericana, son
la respuesta más clara. La voluntad manifiesta de convertir
el planeta en un polvorín, la decisión de golpear
contundentemente a todos los que considere como posibles o potenciales
adversarios... Un proyecto que precisa de manos libres,
de poderes absolutos para utilizar la fuerza dónde y cuando
se considere, sin necesidad de tener que salvar engorrosas negociaciones
políticas o límites legales.
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El
golpe propinado al propio régimen democrático
norteamericano anunciaba hasta dónde estaba dispuesto
a llegar el Imperio. La voluntad de Bush de dinamitar cualquier
signo de democracia y legalidad internacional son el peor
augurio de lo que puede hacer la actual línea instalada
en la Casa Blanca ante la delicada situación actual |
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Durante
toda su historia, el Imperio ha necesitado arrastrar a la democracia
hacia sus aventuras militares. La magnitud de los proyectos de
dominación exterior, y por tanto el calado de las acciones
que exige desarrollarlos, ha elevado el antagonismo: hoy la democracia
es un obstáculo para el Imperio, éste necesita imperiosamente
deglutirla para avanzar.
Para
impulsar la guerra de Kosovo, necesitaron organizar, durante varios
años, una campaña de acoso y derribo contra un presidente,
Clinton, que no estaba dispuesto a plegarse a los designios del
sector duro del Pentágono. Los que tienen el poder real
en EEUU han decidido que nunca más pueda reeditarse, que
nunca más deban supeditar sus proyectos a los vaivenes
de la lucha política.
Esto
exige castrar la democracia, taponar los conductos por donde pueda
expresarse la voluntad popular. Cuando ésta puede actuar
políticamente, aunque sea en la limitada manera que permitía
el sistema democrático estadounidense, siempre se sitúa
en contra de las alternativas que proponen el Pentágono
y el complejo militar industrial.
La
resolución de una juez republicana durante el recuento
de Florida es concluyente: el voto no es un derecho constitucional,
sino un privilegio.
Por
eso los más prestigiosos analistas han teorizado que, para
mantener la estabilidad del sistema, es necesario que más
del 50% del censo se abstenga. El objetivo es convertir en norma
las circunstancias que imperan en Dallas, la capital petrolera
de Tejas (el estado de Bush), dondela participación es
tan exigua que el alcalde sólo cuenta con el 5% del electorado.
Cuanto
más amplio sea el Imperio, más reducida debe ser
la democracia. Cuanto más ambiciosos sean los proyectos
del Imperio, más se deben reducir los problemáticos
límites que marca la democracia.
El
enorme golpe propinado al régimen democrático interno
norteamericano anunciaba el horizonte hasta donde el Imperio estaba
dispuesto a llegar. Los primeros meses de Bush no han hecho sino
confirmar los peores augurios.
El
absoluto desprecio con que el actual equipo de gobierno ha tratado
los pilares de la legalidad democrática internaciocal (rechazo
del Tribunal penal, suspensión de todos los tratados, ninguneo
de la ONU y todos los organismos representativos...) es
un pésimo augurio sobre lo que, en la situación
mundial más delicada desde la Segunda Guerra Mundial, puede
estar dispuesto a hacer la línea instalada en la Casa Blanca
con Bush.
Francesc
Ten
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