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EEUU:
Octubre 2001
Dos líneas, dos proyectos
en el centro del imperio:
Hegemonía
consensuada
o hegemonía impuesta
¿Cómo
gobernar el mundo? O, dicho de otra manera, ¿cómo
gestionar el imperio? ¿Desde qué línea, con
qué proyecto? En la respuesta a estas preguntas se ha dibujado
históricamente una división en el seno de la clase
dominante norteamericana. División agudizada tras convertirse
EEUU en la única superpotencia mundial. Fractura que los
8 años de gobierno Clinton no han hecho a su vez sino ahondar.
Es imposible entender nada de los que hoy ocurre en EEUU, y en
el mundo, sin partir de la lucha entre estas dos fracciones de
clase, entre las dos líneas, entre sus dos proyectos.
Dos fracciones de clase
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Su
objetivo era mantener un equilibrio estable en el que EEUU
ejercía el papel de árbitro político,
la nación imprescindible como la llamó
Clinton |
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Halcones
y palomas, demócratas y republicanos. Esta
parece ser la línea divisoria que separa la política
norteamericana. Sin embargo no es sino la expresión política
organizada de cada una de las fracciones en que está dividida
la burguesía monopolista yanqui. Y alentando hasta el paroxismo
esta división, la fracción más dura,
el llamado complejo militar-industrial; el núcleo duro
de la política imperial expansiva, el conglomerado de empresas
monopolistas de alta tecnología de doble uso, militar y
civil. Empresas como General Electric, una de cuyas divisiones
se encarga de la fabricación de armamento nuclear; Mac
Donell-Douglas, Northrop o Lucent Technologies, fabricantes de
aviones y misiles de última generación; IBM, suministradora
de los potentísimos equipos informáticos del Pentágono
o de la Agencia de Seguridad Nacional; General Dynamics, productora
de misiles, barcos y de los tanques Abrahams; Du Pont o Monsanto,
especializadas en la producción de armamento químico.
Y detrás de ellas los Rockefeller, la Morgan, los Guggenheim,
el Chase Manhattan... los emporios financieros que controlan estas
gigantescas supercorporaciones industriales, cada una de las cuales
cuenta sus ingresos anuales por billones de pesetas, nucleadas
en torno al presupuesto del Pentágono y con la agilidad
y el dinamismo necesario para reconvertir la alta tecnología
desarrollada para usos militares en la producción de bienes
de uso y consumo. En su discurso a la nación pronunciado
durante el traspaso de poderes presidenciales, Eisenhower declaró
dramáticamente: A la hora de despedirme del pueblo
norteamericano es mi obligación alertar del creciente temor
que siento ante el poder acumulado por el complejo militar-industrial.
Transcurridas 4 décadas, estas proféticas palabras
se quedan cortas.
En
ese tiempo hemos asistido al asesinato de un presidente, J. F.
Kennedy, y el de un candidato presidencial, su hermano Robert,
cuando las encuestas pronosticaban su imparable victoria. La defenestración
de otro, Nixon, justo en el momento en que decide salirse de Vietnam,
un gigantesco negocio para el complejo militar-industrial, e iniciar
la distensión con China. A los reiterados intentos de asesinato
civil de Clinton y al golpe contra el régimen democrático
protagonizado por Bush en Florida en las últimas elecciones.
Detrás de todos estas reconducciones es fácil adivinar
el poderoso brazo de esta fracción de clase. A cada una
de ellas, además, ha seguido un período de expansión
agresiva del imperio (Jhonson y Vietnam; Reagan y la guerra
de las galaxias; Bush y ¿...?).
Dos líneas opuestas
Es
en torno a estos intereses materiales de clase donde se fraguan
las dos líneas que pugnan por gestionar el imperio desde
distintos presupuestos.
De
un lado la línea de los demócratas, de los palomas,
cuyos máximos exponentes serían J. F. Kennedy y
Clinton. Una línea caracterizada por asegurar y extender
el dominio norteamericano sobre la base de su supremacía
económica, la superioridad del sistema político
democrático y el atractivo de su sistema de vida, el american
way of life. Es la línea de Roosvelt, de Kennedy,
de Carter, de Clinton: extender el capitalismo a todos los rincones
del planeta como medio de propiciar, además de ingentes
beneficios para sus multinacionales y grupos financieros que encabezan
la inversión de capital, una elevación general del
nivel de vida y de la riqueza de las naciones. Para ello, además,
es necesario el desarrollo de los derechos humanos, de los sistemas
democráticos, pues el capital tiene que poner en continuo
movimiento a toda la sociedad, precisa del esfuerzo conjunto de
todo el país y por ello su pleno desarrollo exige un sistema
de libertades.
La
línea de los halcones, por su parte, representa
el expansionismo a ultranza y, por lo tanto, su política
adopta una forma extremadamente agresiva y aventurera. Partidarios
de resolver mediante aventuras militares, mediante la ley del
ordeno y mando las necesidades de expansión
o control del imperio. Es la línea dura, de fuerza, de
asestar golpes contundentes a los enemigos y de contener por las
bravas las amenazas potenciales, hacerlo sin piedad y a cualquier
precio. Es la línea que inunda de sangrientas dictaduras
el continente iberoamericano durante todo el siglo bajo el argumento
de que lo que es bueno para la General Motors es bueno para
EEUU; la que arrasa Indochina y Corea a golpe de napalm
o promueve el asesinato de medio millón de comunistas en
Indonesia para frenar el empuje de los pueblos por su liberación,
la que financia y organiza grupos terroristos en Nicaragua, Angola,
Cuba o Mozambique; la que arma hasta los dientes al Estado de
Israel para tener un gendarme en una región vital para
su hegemonía, la que impone la ruptura unilateral de los
tratados internacionales. Es la línea de los Jhonson y
Mac Namara, de los Nixon y Reagan, de los Bush.
Y dos proyectos enfrentados
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Empieza
a dibujarse con nitidez el diseño de un gobierno mundial
en el que EEUU actuaría a la voz de ordeno y mando |
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Cada
una de estas fracciones de la burguesía monopolista, cada
una de sus dos líneas se enfrentan hoy en torno a dos proyectos
antagónicos: la política, seguida por Clinton, de
establecer una hegemonía consensuada frente al proyecto
de Bush de dictar una hegemonía impuesta.
A
lo largo de los 8 años de mandato de Clinton, la política
exterior norteamericana ha estado orientada hacia un fortalecimiento
de su hegemonía, pero siempre de forma negociada. Una política
basada en alcanzar acuerdos regionales y locales en los que, al
mismo tiempo que se mantenían con firmeza los intereses
de EEUU, se buscaba a su vez llegar a entendimientos con las potencias
locales o regionales, reconociendo en consecuencia parte de sus
intereses. Las contradicciones y fricciones con estas potencias
se aparcaban mediante la negociación y el consenso. Su
objetivo era mantener un equilibrio estable en el que EEUU ejercía
el papel de árbitro político, la nación
imprescindible como la llamó Clinton. Su proyecto
consistía en crear una comunidad global verdaderamente
cooperativa que asegurara, utilizando a la vez las técnicas
de la cooptación y el ejercicio de la influencia sobre
élites extranjeras dependientes, que no surgía
ningún aspirante al poder global capaz de desafiar a EEUU.
Por
contra, el proyecto de Bush apunta hacia un objetivo bien distinto.
Adquirir una distancia sideral en todos los terrenos frente a
los eventuales competidores que puedan representar una amenaza
a su hegemonía, sería la forma de contenerlos. Pero
ello no es posible sin recurrir a la fuerza, al enfrentamiento
permanente. La anunciada voluntad de no someterse a la legalidad
internacional, la reiterada violación de tratados internacionales
previamente firmados, la imposición a sus aliados, de grado
o por fuerza, del escudo antimisiles han dejado bien claro que
la época del consenso y la negociación ha pasado
a mejor vida. En su lugar empieza a dibujarse con nitidez el diseño
de un gobierno mundial en el que EEUU, a semejanza de lo que ocurría
con el frente antisoviético de las burguesías monopolistas
occidentales, actuaría a la voz de ordeno y mando. Y donde
el resto de países acaten y se sometan al dictado yanqui
ante el temor a un nuevo enemigo: la Internacional del terrorismo
que amenaza con destruir nuestra civilización
(y nuestras bolsas). Es en este nuevo orden y frente
a este nueva amenaza donde deben alinearse el resto de potencias
rivales, corriendo a refugiarse bajo el paraguas militar yanqui,
el único capaz de protegerlos frente a un enemigo especialmente
diabólico, como habrían demostrado los atentados
de las torres gemelas.
La
respuesta de Bush, como ya han anunciado, será contundente,
arrasadora y continuada en el tiempo. Es decir, acrecentar la
tensión, mantener en el tiempo la necesidad de que los
rivales se vean obligados a alinearse militarmente tras su poderío.
Un proyecto que, si bien momentáneamente puede conseguir
contener la emergencia de potencias rivales, constituye una permanente
amenaza para la paz y la seguridad mundiales.
A.
Beloki
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