De Verdad 20/2001 - SUMARIO
EDITORIAL NACIONAL
Noviembre 2001
Patriotas gibraltareños
Arzallus debe ser juzgado como responsable de crímenes contra la humanidad. Cada vez existen más evidencias. Arzallus había reclamado «un Poder Judicial propio en Euskalherría», advirtiendo que «los jueces que no saben euskera deberían dejar el sitio a los que entienden mejor el país». Días después, el juez José María Lidón caía asesinado en Guetxo a manos de ETA.
Arzallus exclamó que «nos quieren acorralar a golpe de medios de comunicación, que son peores que los aviones de entonces». Y podemos comprobar la lista de periodistas asesinados o agredidos. Arzallus declaró que «los inmigrantes son los culpables de que Euskadi no sea independiente». Y el mestizaje natural en la sociedad vasca fue tiroteado por el asesinato de concejales. Arzallus; siempre resuena la negra voz de Arzallus detrás de cada atentado. ¿Quién puede negar a estas alturas que es Arzallus quien apunta los objetivos?
Los muertos, moralmente, son suyos. El dedo de Arzallus señala los objetivos, y sus manos recogen las nueces. Es necesario el terror para instaurar la limpieza étnica No se puede aceptar ni un rincón de impunidad para quien almacena tantos muertos en el armario. Durante los últimos dos años, hemos asistido a gigantescos avances en la lucha contra la impunidad. Pinochet, Videla... han soportado un proceso judicial bajo la acusación de genocidio. Este es el primer paso para que nunca más vuelva a ocurrir.
Pero, sobre todo, la investigación sobre los dictadores locales siempre ha desembocado en la necesidad de apuntar hacia los centros imperiales que los sostienen y cobijan. Esta es la principal enseñanza. Varias querellas contra Kissinger están en curso en varios países. Nadie puede dudar ya, y así lo certifican los documentos desclasificados por la CIA, que la planificación del golpe contra Allende se realizó en Washington. La cruz gamada incubada en Euskadi durante años no puede ser una excepción. Arzallus es Pinochet... ¿pero quién es Kissinger? Setién vocifera que «no todos los terrorismos son iguales», y a través de sus palabras se trasluce la bicentenaria intervención del Vaticano en Euskadi, empeñado en mantener su influencia a través de la iglesia vasca, empecinado en conservar a toda costa un privilegiado vivero de cuadros.
Todavía resuenan las palabras de Arzallus en el Aberri Eguna: «queremos encontrar nuestro lugar en Europa». El jelkide del PNV sueña con que «la UE trate a Euskadi como a Croacia o Eslovenia». El sector más reaccionario de la burguesía vasca ha visto en la oleada de nacionalismo étnico con la que Berlín pretende desgajar y satelizar los actuales Estados europeos, una oportunidad para conquistar sus objetivos. No es nada nuevo. Sabino Arana ya había dejado escrito que «un coronel inglés propala la especie de una posible alianza de Inglaterra con Francia, cuyo resultado sería la desmembración de España (...) nos conviene aprovechar la ocasión, con esta alianza es muy probable nuestra libertad, sin ella imposible nuestra salvación».
Sin el apoyo de una gran potencia es imposible el avance de los proyectos del nacionalismo étnico: este ha sido el fuste de todas sus estrategias. Inglaterra, Alemania, EEUU... no existe una sola potencia que, en sus momentos de apogeo, no haya recibido la llamada de los Arzallus de turno. Son patriotas gibraltareños que, bajo su apariencia nacionalista, reservan para la Euskadi independiente el papel de colonia subordinada del imperio. Para desmadejar el ovillo del terrorismo es necesario mirar hacia Arzallus. Para cortar el hilo es preciso conocer a quien pertenece en Euskadi el papel de Kissinger.