De Verdad 20/2001 - SUMARIO

 


REPORTAJE CENTRAL

Ahora más que nunca, por un Sáhara libre e independiente

Noviembre 2001

Imperios, miserias y traiciones

Que nadie se engañe: detrás de Rabat está Washington

Detrás de la ofensiva marroquí sobre el Sahara se esconde la seguridad de contar con el respaldo de la primera potencia mundial. Este era el año fijado para la celebración del referéndum de autodeterminación, bajo mandato de la ONU y en cumplimiento de un acuerdo aceptado por todas las partes. Pero hace tan solo unos meses, la propia ONU anunciaba la sustitución de los compromisos adquiridos con el pueblo saharaui por una autonomía que, en los hechos, supone el reconocimiento de la soberanía marroquí y un cerrojo a la anhelada independencia.

El muñidor de la traición había sido James Baker, ex secretario de Estado durante la presidencia de Bush padre y uno de los representantes históricos del sector más duro de la política norteamericana.

¿Por qué este cambio? El once de septiembre ha supuesto un reordenamiento de las prioridades mundiales y un evidente cambio en el proyecto norteamericano. Las consecuencias de la intervención en Afganistán se dejan sentir con especial virulencia en todo el mundo árabe. Entregar el Sahara es un medio para fortalecer Marruecos, el principal bastión norteamericano en el Norte de Africa.

El país alauita, que ya participó militarmente en la Guerra del Golfo, simultanea su privilegiada relación con Washington con una población que, en un porcentaje superior al 90%, se manifiesta contra la guerra.

Hasta hace un año, apadrinar la resolución del conflicto saharaui era contemplado en los círculos dominantes estadounidenses como una interesante llave para incrementar el encuadramiento sobre la parte cualitativa del continente africano. Hoy, los intereses imperiales aconsejan pasar, con naturalidad y sin explicaciones, a la alternativa antagónica. Esta es la doctrina de los imperios: utilizar a los pueblos, a sus ansias y deseos, como moneda de cambio.

La mezquindad de la "grandeur"

Uno de los más directos consejeros del rey de Marruecos afirma que "Francia es nuestro principal abogado en Europa". El presidente de la República árabe Saharaui Democrática le contesta que "París ha adoptado la posición más pérfida". Es habitual que los moribundos se aferren a sus últimos segundos de existencia.

La ilusión gala de mantener un cierto nivel de influencia en su antiguo imperio está dejando desnudas las vergźenzas de la ya fallecida "grandeur". París ha ejercido toda la presión posible para que el referéndum no se llevara a la práctica, instando a la Unión Europea a adoptar como postura comunitaria el plan que reduce el Sahara a una provincia autónoma de Marruecos.

Ante la diplomacia gala los sufrimientos y la dignidad de un pueblo no revisten importancia si se los compara con la posibilidad de reverdecer viejas e imposibles glorias ganando influencia en Rabat. La concesión de un permiso a ELF Total Fina para efectuar prospecciones petrolíferas en el territorio saharaui explica el sonido que se alberga en el corazón de la rancia y burguesa Francia.

Abandono miserable

Bajo la legalidad internacional, España sigue conservando la soberanía del Sahara. El acuerdo de Madrid sólo cedió la administración del territorio. El gobierno español tiene la responsabilidad de defender los derechos de la nación saharaui. España fue durante décadas la potencia colonial presente. La riqueza de los bancos pesqueros y las minas de fosfatos acabó en los bolsillos de la oligarquía española. Las circunstancias del abandono español, cediendo en los hechos el poder a Rabat sin condiciones, tiene buena parte de culpa en los sufrimientos del pueblo saharaui durante las últimas décadas.

El gobierno español tiene una deuda pendiente con el Sahara, y la obligación de saldarla con creces. El Tribunal Supremo ha otorgado la nacionalidad española a varios saharauis portadores del DNI español de 1975, estableciendo doctrina al respecto. El gobierno tiene el deber de garantizar que todos los que son considerados ciudadanos españoles disfruten de las libertades que reconoce la Constitución.

Primero González y ahora Aznar, los sucesivos gobiernos españoles llevan demasiado tiempo dando la espalda a sus obligaciones, demasiado tiempo jugando a colocar en una balanza los derechos del pueblo saharaui y las relaciones con Marruecos, demasiado tiempo supeditando su posición en el Sahara a la conveniencia de los diferentes diseños que sobre la región se trazan en Washington. La justicia no admite cálculos. Es indigno que el gobierno no emplee todos los instrumentos posibles en defender a un pueblo que mantiene con orgullo la herencia hispana.