De Verdad 20/2001 - SUMARIO
EDITORIAL INTERNACIONAL
Solución impuesta
La previsible victoria no aplacará a los halcones, el sector duro que ha desencadenado esta ofensiva. Al contrario, será el comienzo de la siguiente etapa de expansión.
A nadie se le escapa que los bombardeos norteamericanos no han sido la determinación principal para la caída de los talibán. Un mes de ataques aéreos no había movido las trincheras ni un metro. Y repentinamente, lo que parecía un ejército fanático dispuesto a inmolarse para no retroceder un palmo de terreno, se desmorona en una huída en desbandada, mientras la Alianza del Norte pasa a ocupar un territorio tan extenso como España, sin casi disparar un tiro y en tan solo 72 horas. ¿Qué ha provocado este vuelco en el control de Afganistán?
El régimen talibán no tenía ningún apoyo de masas, no podía tenerlo. Con el resultado de la guerra el pueblo afgano se está sacudiendo buena parte de la feroz opresión a que estaba sometido. La policía religiosa ya no azota por mostrar el rostro o por escuchar música no autorizada. Esta es la primera clave del paseo militar: el enemigo era un régimen teocrático, apoyado en un reducido destacamento de hombres armados, unos 45.000 en una nación de 25 millones de habitantes, que para dominar el país cedía el control de regiones y ciudades a reyezuelos locales, que se pasan de un bando a otro con la misma facilidad que cualquier señor feudal en un reino medieval. Esta es la primera clave para explicar la velocidad que ha tomado el desenlace de la guerra.
La total dependencia del Estado talibán de su sostén originario en EEUU y Pakistán es la segunda clave. Es conocido que los talibán fueron criados y armados por EEUU a través de Pakistán. Washington trababa de evitar que la derrota soviética cediera Afganistán a un gobierno que no aceptaba tampoco el mandato norteamericano, como así sucedió. EEUU respaldó el golpe de Estado talibán de 1996 y después delegó el sostenimiento del régimen afgano en su aliado pakistaní. País que al retirar ahora su apoyo ha provocado el desmoronamiento del régimen talibán. El presidente de Pakistán, Musharraf, viajó a Washington en el momento en que el curso de la guerra parecía más estancado. Cuando partía de su país se manifestó pidiendo el cese de los bombardeos porque comenzaba el Ramadán, y exigiendo que la Alianza del Norte debía quedarse a las puertas de Kabul. Mientras estaba reunido con Bush, se ordenó el cierre en la capital pakistaní, Islamabad, de la única embajada talibán existente. Durante su vuelo de regreso a Pakistán se desató la ofensiva que cedió a la Alianza del Norte el control de Afganistán. Y cuando Musharraf aterrizó de vuelta en Pakistán sus peticiones ya estaban rebajadas a «un arreglo político lo más rápido posible». Pakistán ha renunciado incluso a pedir la presencia de los talibán en un próximo gobierno afgano de concentración.
Lo que parece haber conseguido a cambio es mantener la mitad de ese país como una franja de seguridad sobre la que aumentar su influencia en el futuro, mediante la presencia en el gobierno que se forme del grupo étnico Pasthun, mayoritario en el sur de Afganistán y que supone el 20% de la población pakistaní. EEUU ha conseguido más con el control político que ejerce sobre el estado pakistaní que con sus bombarderos, aunque la onda expansiva de las explosiones ha sido el principal argumento para convencer a su aliado. La Casa Blanca ha impuesto sus intereses a los de su peón.
El imperio estaba obligado a vencer; pero no solo eso: cómo, y sobre todo, cuándo, podía resultar decisivo. El tiempo corría contra EEUU. Si la superpotencia norteamericana no era capaz de derrotar rápida y fulminantemente a un ejército sin uniforme, en uno de los países más pobres de la Tierra, ¿podrían vencer en otro pueblo islámico?, ¿podrían derrotar a cualquier otra nación independiente? De haberse atascado en Afganistán, el modelo de Pax Americana podía haber mostrado una fisura por la que comenzara su resquebrajamiento. Washington está saliendo airoso.
La doctrina Powell está dando sus frutos. Frente a los movimientos iniciales de lanzarse solos y a cualquier precio a la conquista de sus objetivos tesis del «desaparecido de escena» vicepresidente Cheney, se ha ido imponiendo la línea de permitir sumar fuerzas a la coalición. Esto está permitiendo que EEUU gane al batalla militar pero en especial salga reforzado en el frente de erigirse como incuestionable gendarme mundial. La previsible victoria no va a aplacar a los halcones, el sector duro que ha desencadenado esta ofensiva. Al contrario, será el comienzo de la siguiente etapa de expansión.