De Verdad 20/2001 - SUMARIO
INTERNACIONAL
Un cadáver a los postres
La cena de autos se celebró en la residencia oficial del primer ministro británico Tony Blair la noche del 4 de noviembre. Desde cinco días antes estaban invitados el presidente francés y su primer ministro (Chirac y Jospin), y el canciller alemán Schršeder. Hasta la misma ma–ana del 4 de noviembre, Berlusconi y Aznar no tenían cubierto en la mesa. Aún unas horas más tarde eran a–adidas sillas para el presiente belga -como país que preside este semestre la Unión Europea- y para Javier Solana, por su simbólico papel de portavoz de la inexistente política exterior europea.
A las siete de la tarde, ya con la cena a punto de servirse, el presidente holandés Wim Kok consiguió que le recalentaran un plato, para lo que tuvo que autoinvitarse. éste, reconociendo la nueva «autoridad» del premier británico afirmó: «he tenido que recordar a Tony Blair que nosotros también tenemos gente en Tampa» (ciudad norteamericana donde se reúne la cúpula militar de la alianza para el ataque a Afganistán).
Otros nueve Estados de la UE no fueron invitados. Y ni tan siquiera fue considerado el presidente de la Comisión, Romano Prodi. El sorprendente desarrollo de esa cena, el que hayan dejado de ser las cumbres Berlin-París las que a puerta cerrada decidan el rumbo de Europa, la marginación de buena parte de las naciones de la Unión, y el papel de Blair, expresan la alteración de la jerarquía mundial producida por la guerra en Afganistán. Berlín es cuestionado como autoridad absoluta: las relaciones bilaterales Espa–a-Italia, Aznar-Blair y Roma-Londres, han aprobado respectivamente en la última quincena la creación de un Banco regional del Mediterráneo; un plan conjunto para la economía de la UE, presentado ante decenas de presidentes de los mayores monopolios del continente; y su implicación directa en la guerra.
El centro del mundo se ha desplazado del Viejo Continente al centro de Asia; occidente abarca ya desde Portugal hasta Japón, y Europa es hoy una región periférica, una retaguardia bajo influencia de los Estados Unidos. Cualquier sue–o de política exterior común europea y diferenciada de la que marca Washington está bombardeado en sus cimientos. La Casa Blanca impone que cada nación negocie por separado sus ofertas de colaboración con EEUU, destacando así la disposición bélica de Chirac muy por encima de Schršeder. El soberbio «sólos nos bastamos» con el que EEUU se negó inicialmente a aceptar el ofrecimiento de ayuda del resto de coaligados europeos, sirvió para marcar la distancia de la nueva relación impuesta a sus socios.
Las declaraciones de Bush al cumplirse un mes de bombardeos: «Todos los socios de la coalición deben hacer algo más que expresar sus simpatías, los socios deben actuar» anuncian que Washington, una vez que ha dinamitado la jerarquía anterior a la guerra, está dispuesto a seguir rebajando a estas potencias arrastrándolas a la participación militar cuando sea necesario. Solo Reino Unido e Italia se ofrecen al sacrificio de sus tropas. El resto de los anunciados envíos de soldados europeos se reducen a cubrir la retaguardia, la vigilancia aérea, o el apoyo marítimo.
El pulso amenaza con alcanzar la virulencia con la que EEUU ya «resolvió» en otros momentos críticos las vacilaciones de sus aliados: la extensión del terrorismo en el viejo continente. En palabras de Bush «es importante que las naciones sepan que se les pasará factura por su inactividad». Londres, el más fiel y dependiente peón norteamericano y el más activo en su participación en las aventuras militares del Pentágono, ha sido ascendido a interlocutor de la provincia europea con el Imperio. El proyecto de una Europa emergente capaz de competir con EEUU es ya en los hechos un proyecto aplazado para varias décadas: un cadáver a los postres en la cena celebrada en el 10 de Downing Street.
Albert Sagrera