De Verdad 21/2001 - SUMARIO

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REPORTAJE CENTRAL

Diciembre 2001

La nueva era

«A las 8.41 de la mañana del 11 de Septiembre, cuando el primer avión se estrelló contra las Torres Gemelas, se inició una nueva era en las relaciones de EEUU con el mundo.» Así habla Henry Kissinger, uno de los hombres más decisivos en la política exterior de los EEUU del último cuarto de siglo. Y efectivamente, estamos viviendo el inicio de una nueva era en la política del Imperio que está alterando el orden de todo el planeta.

El disparo del primer avión contra el World Trade Center fue la señal de salida para una fuerte iniciativa norteamericana que ha provocado ya el reordenamiento completo del sistema internacional. Países como Alemania y Francia, que ocupaban lugares destacados en los asuntos mundiales pasan a un papel secundario, mientras Inglaterra o Rusia, hasta ahora sumidos en una decadencia que parecía implacable, se colocan en un lugar preferente. Al tiempo, desde Washington abundan los gestos para integrar a China en lugar de aislarla.

En opinión de Kissinger, «la guerra contra el terrorismo consiste sobre todo en proteger la extraordinaria oportunidad que se nos brinda para rehacer el sistema internacional», y esta es la principal tarea exterior en la que está ocupada hoy la política de la superpotencia mundial. ¿Qué caracteriza este nuevo orden? ¿Qué nuevas jerarquías y criterios impone? y ¿Por qué los EEUU se han lanzado a esta complicada tarea?

Decadencia europea

Una de las principales cuestiones que ha puesto de manifiesto la guerra, es la fragilidad de la Unión Europea y su casi total dependencia militar respecto a los EEUU. El eje franco-alemán ha sido desplazado de los centros neurálgicos de decisión; mientras Girac y Schroeder luchan por aparecer en algún rincón de la escena, Blair se ha convertido en uno de los principales actores señalado desde el principio como «amigo incondicional» por Bush y colocado como su interlocutor para los asuntos europeos. Alguien dijo que un nuevo mapa de Europa se estaba trazando en Afganistán, sus consecuencias obligan a postergar para largo el proyecto soñado por Alemania y Francia de capitanear una superpotencia emergente en condiciones de competir con EEUU.

Resurgir de Asia

Mientras Europa queda convertida en una región periférica y controlada del Imperio, los asuntos principales pasan a desplazarse hacia Asia. Hace sólo unos meses, el actual vicesecretario de defensa norteamericano afirmó: «el centro estratégico militar de EEUU debe trasladarse desde Europa hacia Asia». Parte de los motivos de tan radical y premonitoria afirmación está en el acelerado ritmo de su crecimiento económico; según los expertos a menos que se produzca un trastorno generalizado en la región, dentro de un cuarto de siglo Asia superará tanto a América del Norte como a Europa en su PNB total.

Pero el emergente papel del continente asiático en la economía mundial no es el factor decisivo para el cambio de prioridades. Relegado el eje franco-alemán, Rusia, China y La India, han quedado colocadas como los principales jugadores activos en el continente euroasiático. Los motivos, a diferencia de Europa no son fundamentalmente económicos, sino que radican en su potencial militar (que incluye la fuerza nuclear) y la falta de capacidad de los EEUU para controlar sus asuntos internos (especialmente en el caso de China) La reciente cumbre de Shangai que difundió la emblemática foto de Bush, Putin y Jiang Zeming ataviados con elegantes casacas de seda china, presentó ante el planeta la nueva jerarquía de países verdaderamente importantes. El centro de gravedad de la geoestrategia mundial se ha desplazado hacia Asia.

El «peligro amarillo»

El creciente interés de los EEUU en aumentar su grado de influencia y presencia en una zona vital, en la que su dominio es escaso, es uno de los objetivos que guía la actuación norteamericana y la guerra contra Afganistán. Pero, la causa principal hay que buscarla más al Este; su origen está en la emergencia de China, un gigante incontrolado por los EEUU y que ha pasado a ser considerado por éstos como su principal oponente potencial.

La última década del siglo XX fue testigo de un desplazamiento tectónico en los asuntos mundiales; el colapso de la URSS dejó a los EEUU como la única superpotencia global. Pero la supremacía norteamericana se decide en una cuestión esencial: evitar el surgimiento de ningún aspirante al poder euroasiático capaz de dominar Eurasia y por tanto de desafiar a los EEUU.

China ha pasado a ser considerado el principal antagonista potencial para la hegemonía norteamericana en Eurasia y en consecuencia, para su supremacía mundial. De los tres jugadores activos: Rusia, la India y China, es esta última la que puede acarrear mayores peligros para la hegemonía norteamericana. La razón principal no radica en sus potencialidades económicas o militares, sino en resultar impenetrable. El régimen chino es hermético a las técnicas de infiltración que le ha permitido a los EEUU dotarse de élites dependientes en los cinco continentes, élites pro-yanquis que ocupan puestos clave de la administración política, de la estructura militar, de los medios de comunicación... La mayoría de los regímenes democráticos de corte occidental instalados por todo el planeta han sido promocionados de alguna manera por los EEUU.

Este no es el caso de China; precisarían derrocar el régimen actual para controlar, desviar o cooptar la voluntad del Estado chino; mientras éste se mantenga, los EEUU tendrán enfrente un rival potencial de primer orden. La causa última de esta «nueva era de las relaciones de EEUU con el mundo», dictada por las necesidades estratégicas del centro del Imperio para preservar su dominio, es mantener bajo control la inevitable ascensión de China . El movimiento del resto de las piezas y peones del tablero ha pasado a depender de esta contradicción principal.

Jugada maestra

Pero, la iniciativa norteamericana, al menos por el momento y contra lo que hacía presagiar la zafiedad de Bush y su equipo dirigente, se ha presentado capaz de las más altas filigranas políticas y diplomáticas; cuestión que por otra parte pone de manifiesto que nada de lo sucedido (incluyendo el ataque contra las Torres Gemelas) ha podido ser espontáneo ni improvisado.

Sólo con un complejo plan, largamente madurado, es posible tal despliegue de habilidad política y diplomática como para reordenar de una tacada tantos, tan complejos y tan decisivos asuntos. Desde que Collin Powell protagonizó el cambio del inicial «Justicia infinita» a «Libertad duradera», hemos visto unos EEUU capaces de formar y liderar una coalición mundial de la que nadie ha querido quedar excluido.

La capacidad de maniobra diplomática ha venido precedida de un diseño que incluye varias carambolas simultáneas. Por un lado, la formación de una «Santa Alianza» de todos los gestores del planeta contra el inevitable peligro de rebelión de los desheredados y que hoy, cegada la posibilidad de otro cauce, ha surgido bajo la bandera del integrismo islámico. Por otro, potenciar en Europa el ascenso de Blair que, combinado con Aznar y Berlusconi, trabaja frenéticamente por aislar y debilitar el eje franco-alemán. Por su parte, en Asia, han formado una suerte de triunvirato con Rusia y China (con la decidida voluntad de incluir a la India) implicándoles en las decisiones sobre la zona que ha pasado a ser clave en la geostrategia mundial.

Tres países vecinos de Afganistán, con conflictos pendientes entre sí que permiten ser utilizados para anularse, los tres enormemente interesados en jugar económicamente con los EEUU, y los tres obligatoriamente implicados en participar en la decisión de asuntos relacionados con el ascenso del integrismo islámico que les amenaza en sus entrañas. Una jugada magistral que ha dejado sin respuesta al resto de los actores que han de jugar sus piezas al acelerado ritmo que ha marcado la iniciativa norteamericana desde el 11 de Septiembre.

La nueva era que auguraba Kissinger no persigue otro objetivo que el de asegurar la estabilidad del dominio norteamericano para los próximos 50 años y, por el momento, los EEUU se han tomado ya un buen tramo de ventaja.

A tres meses del 11 de Septiembre:

Una panorámica sobre el Nuevo Orden Mundial

«La preponderancia sobre todo el continente euroasiático es la base central de la primacía global.» Este viejo axioma de los estrategas norteamericanos ha adquirido toda su dimensión tras la respuesta dada por la superpotencia yanqui al 11-S. Si hasta ahora el poder de EEUU se desplegaba directamente sobre tres de las periferias del continente euroasiático (Europa Occidental, Oriente Medio y Lejano Oriente), detrás de la operación «Libertad duradera» es difícil dejar de advertir cómo la estrategia norteamericana apunta hacia ese vasto espacio intermedio del que, hasta ahora, EEUU ha estado ausente.

El centro de la escena internacional se ha desplazado. Los criterios sobre los que hace sólo unos meses se ordenaban las potencias mundiales han variado. éstas tienden a resituarse de acuerdo con estos nuevos criterios cambiando su antigua colocación. Nuevas alianzas y jerarquías desplazan las anteriores y todos los países del planeta se ven obligados a tomar posición en este nuevo alineamiento de fuerzas a escala mundial. Pero, ¿cuáles son estos nuevos alineamientos? ¿Por qué este desplazamiento del centro del tablero mundial? ¿Quiénes suben y quiénes bajan en el nuevo orden diseñado por Washington?

LOS QUE SUBEN

EE.UU.

Dejando de lado la indudable zafiedad que hacían presagiar los inicios del mandato de Bush, la reacción norteamericana a los ataques del 11-S se está revelando como una precisa obra de orfebrería política. Sus objetivos son múltiples y su realización exige de una adecuada combinación de demostración de fuerza militar, habilidad para concertar alianzas a distintos niveles y una visión de largo alcance sobre las necesidades de sus intereses estratégicos. Su prioridad es neutralizar y contener a los potenciales enemigos, hacerlo rehuyendo el enfrentamiento directo y ordenar las fuerzas mundiales de acuerdo con esta perspectiva. Y quieren hacerlo, paradójicamente, encuadrando y encumbrando en el nuevo «núcleo duro» de potencias verdaderamente importantes a quienes consideran enemigos capaces, en perspectiva, de representar una amenaza real a la hegemonía mundial norteamericana. Lo cual exige, a su vez, pasar a colocar por encima de los criterios económico-políticos que hasta ahora ordenaba su sistema de alianzas los criterios geoestratégicos y militares. Tratar de controlar y contener a los potenciales rivales, particularmente a China, séntandolos en su misma mesa y elevando su jerarquía a cambio, eso sí, de que acepten el bastón de mando norteamericano en los asuntos globales decisivos.

CHINA

De la voladura de la embajada china en Belgrado y el incidente con el avión espía a la cumbre de la APECC, donde, por primera vez, se oficializó ante el planeta de una forma visual el nuevo triunvirato de países (EEUU, Rusia y China) que a partir de ahora cuentan verdaderamente en el mundo. Para EEUU, contener la emergencia del gigante asiático ha sido una de sus obsesiones, particularmente tras la implosión del imperio soviético. La capacidad de desestabilización de la hegemonía norteamericana que tiene China es de tal envergadura que, incluso en los tiempos de la Guerra Fría y en los momentos de máxima tensión entre EEUU y la URSS, los sectores duros del Pentágono siempre han defendido que China es el gran rival a contener, lo que llegó, incluso, a costarle la presidencia a Nixon por establecer relaciones diplomáticas con Pekín. A su enorme potencial demográfico, económico y militar, une una posición geoestratégica que le empuja a actuar activamente en una amplísima zona del continente euroasiático (desde el Lejano Oriente hasta los países del Asia central fronterizos con Oriente Medio y la Rusia europea). A lo que hay que sumarle el hecho de que, junto con Cuba, sea el país del mundo que con más éxito ha sabido mantener su Estado impermeable y hermético a los reiterados intentos de infiltración, intervención y control del hegemonismo yanqui. Tatar de integrarla en el nuevo orden mundial que diseña Washington obliga, necesariamente, a reconocer su papel de potencia regional de primer orden y a tener en cuenta sus aspiraciones e intereses globales.

RUSIA

Su gigantismo nuclear no le había evitado, hasta ahora, vivir en el más completo ostracismo político y en la más absoluta indigencia económica. Paralizada tras la desaparición de su imperio, Rusia ha vivido durante la última década «hibernada», paralizada ante la encrucijada que suponía definir su nuevo papel en el mundo: ¿Buscar un trato privilegiado con EEUU por su condición de superpotencia nuclear? Demasiado débil para ser un socio preferente de los nortemericanos. ¿Tratar de hallar un hueco en la próspera Europa? Todavía asusta en exceso a las timoratas potencias europeas. ¿Recuperar una parte de su antiguo imperio, expandiendo su dimensión asiática a costa de las jóvenes naciones del Caúcaso y Asia Central? No tiene nada que ofrecerles y, como demostró Chechenia, la política del garrote no sirve. ¿Formar una alianza antihegemonista con China e Irán? Ello habría significado subordinarse a la emergencia y el dinamismo chino. De este auténtico «agujero negro», capaz de consumirse a sí mismo, en que se había convertido Rusia ha venido a sacarle EEUU tras el 11-S. La visita de Putin a Bush, rancho tejano incluido, es la mejor ejemplificación de la nueva situación. Al elevar a Rusia de rango, sentándola en la mesa de las potencias principales, EEUU coloca un contrapeso de enormes proporciones a China. Al tiempo que da el «plácet» y empuja a Rusia a reclamar una mayor participación en los asuntos europeos, obstaculizando todavía más, si cabe, el proyecto europeo del eje Berlín-París.

INDIA

En perspectiva, India es la potencia que más posibilidades tiene de entrar a formar parte, en un futuro más o menos lejano, del club de potencias de rango mundial. Y ello no depende tanto de su propio desarrollo económico, político o militar como del desarrollo que tome el proyecto norteamericano. Si, por cualquier razón, la presencia de Rusia en el triunvirato de potencias mundiales no fuera suficiente para contener la emergencia de China, India pasaría a ser el candidato número uno a subir en el escalafón. Por un lado por ser el mayor y más poderoso rival de China en Asia, donde no sólo le disputa territorio sino influencia política. Del otro, porque su histórica relación privilegiada con Moscú en todos los terrenos (económico, diplomático, político, militar,...) permitiría la rápida cristalización de un eje Rusia-India, este sí verdaderamente amenazante para los intereses geoestratégicos vitales de China.

LOS QUE BAJAN

El 11-S ha sido el catalizador que ha hecho que cristalicen definitivamente las tendencias principales de desarrollo que, al menos desde la guerra de Kosovo, venían manifestándose, abierta o soterradamente, en Europa. En Kosovo, EEUU dejó bien claro la debilidad del proyecto europeo: ¿cómo puede nadie aspirar a sentarse en la mesa donde se juega el tablero mundial, sentado en una silla deforme, de la que sólo una de las patas (la económica) es consistente mientras las otras tres (militar, política y diplómatica) o son irrelevantes o no existen?

Desestabilizar a este jugador, para EEUU, fue poco menos que un juego de niños. Y sus efectos los estamos viviendo ahora. Por sorprendente que parezca a simple vista, los efectos políticos más demoledores del ataque a las Torres Gemelas los ha sufrido el gobierno alemán. Gerald Schröeder se vio obligado a presentar una moción de confianza en el parlamento que salvó por los pelos. Su socio de coalición, Los Verdes, tuvieron que celebrar un congreso extraordinario para salvar la situación. La diplomacia alemana ha desaparecido y el canciller ha sufrido la doble humillación de tener que desplazarse a Londres para recibir información de primera mano sobre los planes americanos y además hacerlo compartiendo mantel con dos jefes de gobierno -Aznar y Berlusconi- a los que no hace mucho había amenazado, directa o indirectamente, con triturar.

El proyecto alemán, asistido por Francia, de hegemonizar una Europa de los pueblos atomizada salta por los aires ante la evidencia de que el imperio ha decidido que sus provincias ricas son, tras Kosovo, lo suficientemente seguras como para desplazar a los antiguos jefes tributarios por otros que aseguran más la fidelidad a sus nuevos planes de expansión, sirven mejor a la nueva reestructuración mundial emprendida y se ajustan más a los criterios exigidos.

El papel decreciente de Francia y Alemania en este nuevo orden mundial tiene su reflejo inmediato en Europa. Berlín y París pierden peso entre las cancillerías europeas y, como vasos comunicantes que reflejan las relaciones de poder entre los distintos Estados europeos, otros se aprestan a ocupar el vacío que ellos dejan. Blair se dibuja como el delegado zonal encargado de tratar los asuntos del imperio con los súbditos europeos y Aznar y Berlusconi ven recompensado su alineamiento incondicional con

Washington y Londres y la tenaz resistencia ofrecida en los últimos años al avance germánico sobre Europa. En estas nuevas condiciones, el proyecto franco-alemán de trabajar por hacer de la Europa unida un polo hegemonista emergente capaz de competir en el futuro con EEUU queda aparcado, previsiblemente, por un largo período, al tiempo que Europa, por primera vez en este siglo, pasa a ser un región no central en la disputa por la supremacia mundial. Una descolocación de tal magnitud que necesariamente va a abrir la puerta a cambios impensables hasta hace sólo unos días en el conjunto de países y fuerzas del Viejo Continente. De momento ha sido Schroeder quien se ha llevado el primer golpe. Pero no será el único ni el último.

El nuevo escenario

El ataque norteamericano a Afganistán ha obligado a todo el mundo a poner sus ojos sobre una región del planeta, Asia Central, hasta ahora desconocida para muchos pero de una importancia estratégica de primer orden para los nuevos planes yanquis

. Son tal la cantidad de vectores que confluyen en dicha zona que, utilizados convenientemente, pueden permitirle a EEUU dar una nueva vuelta de tuerca a su hegemonía planetaria. En primer lugar, lo que se conoce como «los Balcanes euroasiáticos» se caracterizan hoy por ser una zona de vacío de poder. Dominados hasta la década de los 90 por la URSS, la implosión del imperio soviético permitió la aparición de nuevas naciones, muchas de las cuales ni siquiera habían tenido existencia histórica hasta entonces ya que sus fronteras, en gran parte, fueron trazadas con tiralíneas por los cartógrafos soviéticos en la década de los 30.

Aunque Rusia sigue manteniendo una notable influencia, incluso bases militares, dos potencias regionales como Turquía e Irán no han cesado en la última década de establecer acuerdos y alianzas, mientras China e India muestran un creciente interés por intervenir y participar directamente en una región cuyo desarrollo, por distintas razones, afecta sus intereses. Sin embargo, lo cierto es que la inmensa región de Asia Central (y, asociada con ella, la más pequeña pero estratégica región del Caúcaso) es hoy lo que podríamos llamar «un territorio virgen», abierto a la influencia y penetración económica, política y militar de las potencias mundiales y regionales.

Ocupar ese vacío, o una parte importante de él, e impedir que otros lo hagan es uno de los objetivos que persigue sólo la intervención norteamericana. Y no por razones económicas o de expansión de su influencia. Para los estrategas norteamericanos, no es posible sostener prolongadamente la hegemonía global si no se posee la preponderancia sobre todo el continente euroasiático. Hoy el poder de EEUU se despliega directamente sobre tres de sus periferias, pero tiene un déficit peligroso en la zona central.

Resolver ese déficit es uno de los objetivos. Los acuerdos de cooperación establecidos por la diplomacia norteamericana con las repúblicas de Asia Central como paso previo a la intervención en Afganistán, serán, tras ella, una base firme desde la que empezar a establecer y desplegar directamente su poder e influencia en la región. Una región a la que, ademas, hay que sumarle las enormes potencialidades que posee para convertirse en una de las grandes productoras de materias primas energéticas en el próximo futuro.

Fuerzas opuestas se neutralizan

Pero por encima de todo ello hay una razón que convierte la conveniencia de pasar a ocupar este vacío en una auténtica necesidad. En Asia Central, de un modo u otro, confluyen de un modo prioritario los intereses de las potencias a las que EEUU ha pasado a otorgar un rango preminente.

Para Rusia constituye su patio trasero, al modo en que Iberoámerica es considerada por EEUU: un lugar en el que hasta hace bien poco han ejercido su dominio exclusivo, una importante fuente de abastecimiento de materias primas baratas y una zona a la que resguardar de influencias ajenas porque constituye su retaguardia natural.

Para China, empeñada en un desarrollo económico al que no se le adivina el límite, conseguir el establecimiento de sólidas alianzas con estas repúblicas puede suponer la resolución de uno de sus tendones de Aquiles: la excesiva dependencia energética, que no hace sino crecer, de países y regiones en las que no tiene, ni por el momento puede aspirar a tener, ninguna influencia.

Para India, por su parte, intervenir en la región es la mejor manera de frenar la permanente amenaza de sus rivales, y vecinos, Estados islámicos. No en vano si la Alianza del Norte ha podido sobrevivir en los últimos años, ha sido gracias, más que a la insuficiente ayuda militar rusa, a la financiación india.

Poniendo un pie en esta zona, EEUU busca adquirir la capacidad de jugar la carta del avivamiento de las múltiples tensiones y líneas de fractura que recorren la región, azuzando a unas potencias contra otras, según la correlación de fuerzas de cada momento y de acuerdo a su conveniencia de mantenerlas vigilantes entre sí. Jugar con sus intereses contrapuestos hasta el grado de que ellas mismas se neutralicen lo suficiente como para verse obligadas a aceptar el papel de árbitro supremo de Washington.

Beatriz Muñoz