De Verdad 21/2001 - SUMARIO
NACIONAL
Diciembre 2001
El creciente peso de España en Europa: nuevas alianzas, viejos problemas
Olano en Marruecos
Tres acontecimientos, tan dispares y sorprendentes como aparentemente inconexos, han agitado en los dos últimos meses las habitualmente remansadas aguas de la política exterior española. Francia, dando un sensible paso atrás en la colaboración antiterrorista con España se niega a detener al dirigente de Gestoras pro-amnistía, Olano, que se pasea tranquilamente por las calles de Bayona pese a existir una orden de búsqueda y captura internacional dictada por el juez Garzón. Marruecos, en un pulso sin precedentes desde la Marcha Verde, no pierde ocasión de mostrarse levantisco con Madrid en cada oportunidad, por nimia que sea, que se le presenta. Por el contrario, el contencioso de Gibraltar, estancado a lo largo de tres siglos, empieza a moverse (y lo que es más increíble, por iniciativa británica) en un sentido favorable hacia las históricas reivindicaciones españolas.
Los cambios ocurridos en el mundo tras el 11-S están provocando el desplazamiento del centro de poder europeo del eje Berlín-París hacia el nuevo triángulo emergente formado por el eje Londres-Madrid-Roma.
El gobierno se oculta tras la prudencia diplomática, analistas y medios de comunicación andan desconcertados ante el brusco giro, mientras nadie acierta a explicar las razones últimas de estos sorprendentes movimientos.
Cambio de papeles
Aunque en apariencia inconexos, estos tres acontecimientos guardan, sin embargo, una estrecha relación entre sí. Y el punto que los anuda, y los explica, es la nueva situación creada en el mundo, y particularmente en Europa, tras la sacudida del 11 de septiembre.
Si la respuesta norteamericana a los ataques contra las torres gemelas -la prevalencia de criterios geoestratégicos y militares a la hora de definir la nueva jerarquía y las prioridades en el sistema de alianzas mundial- ha introducido cambios cualitativos en la colocación que pasan a ocupar las distintas potencias mundiales, estos cambios, para Europa, significan un verdadero cataclismo. Un terremoto de tal intensidad que está haciendo desplazar el centro de poder europeo hegemonizado en la última década por el eje Berlín-París hacia el nuevo triángulo emergente formado por el eje Londres-Madrid-Roma.
Un nuevo centro de poder, definido, alineado y aupado por las prioridades y exigencias del hegemonismo yanqui, que implica la aparición de un nuevo rumbo para el proyecto europeo -de la Europa de Carlomagno a la Europa atlantista del Renacimiento-, lo que a su vez exige también un nuevo reparto de papeles entre los actores. Y en él unos suben y otros bajan. Los que ayer eran actores principales -Alemania y Francia- hoy se ven sometidos a la «humillación» de ser invitados de Blair que les obliga a compartir mantel con los jefes de gobierno de España e Italia.
Quienes a su vez, cuando hasta hace sólo dos meses parecían irremisiblemente condenados a asistir impotentes al disgregamiento y trituración de sus países por el proyecto de la «Europa de los pueblos», ahora son tratados por Bush con el rango de líderes mundiales y colocados por Londres -elevada por la Casa Blanca al puesto de virrey de las provincias ricas del Imperio- como primeras figuras de la escena europea.
Aliados pero amigos
Alemania y Francia bajan; Inglaterra, España e Italia suben en el nuevo papel asignado a Europa tras el 11 de septiembre. Y es esa nueva posición la que, alterando la colocación y el alineamiento de los distintos países, explica las insólitas turbulencias a las que estamos asistiendo.
La apertura de las negociaciones sobre Gibraltar es el acontecimiento que, posiblemente, nos da una idea más exacta de la magnitud de los cambios ocurridos. Que después de 300 años de virulentos enfrentamientos y posiciones irreconciliables, de absoluto estancamiento y diálogo de sordos, en apenas unas semanas se haya producido un viraje tan radical; que en ese proceso sea Inglaterra la que haya tomado la iniciativa, mostrando por primera vez en tres siglos una cierta voluntad por darle una resolución al problema, son todos ellos síntomas evidentes, no de la publicitada amistad personal entre Aznar y Blair, sino del creciente peso que tiende a jugar España en su nuevo alineamiento.
También de la habilidad con que la clase dominante española y Aznar han jugado sus bazas apostando por levantar frente al proyecto alemán -que implicaba un peligro inminente de disgregación de España- nuevas alianzas que contrapesaran la creciente hegemonía de Berlín sobre Europa. Acercándose a un Londres siempre empeñado en debilitar el eje franco-alemán, buscando una relación privilegida con Wahington al margen de la UE, estableciendo una sólida alianza con Italia tras el triunfo de Berlusconi e impulsando el liderazgo político y económico de nuestro país en Iberoamérica, la política de Aznar ha propiciado que España ganara paulatinamente peso y posiciones en el concierto europeo y mundial.
La nueva situación creada tras el 11 de septiembre ha creado las condiciones idóneas en las que la apuesta de Aznar no sólo se revalida, sino que, como ha demostrado su reciente visita a Washington, adquiere una dimensión y profundidad impensables hasta hace bien poco. Y es en este contexto donde únicamente puede entenderse la nueva actitud inglesa hacia Gibraltar. De la misma forma que la devolución de Hong-Kong a China no fue sino el síntoma del reconocimiento del nuevo papel y peso que ha pasado a jugar el gigante asiático en el nuevo orden mundial, las conversaciones sobre Gibraltar son, salvando las distancias, el reconocimiento explícito de Londres hacia el nuevo papel de España como aliado principal en Europa y de su creciente peso en ella.
El nuevo reordenamiento de la cadena imperialista implica necesariamente una readecuación del sistema de alianzas y dependencias entre las distintas naciones. Lo que a su vez tiene un reflejo inmediato en las relaciones diplomáticas: no es posible sostener indefinidamente una alianza sólida con ningún país al que le niegas sistemáticamente la posibilidad de sentarse a negociar la resolución de un conflicto que te mantiene históricamente enfrentado con él.
Amigos pero enfrentados
Y viceversa. La actitud de Francia ante la nueva situación, y específicamente ante el nuevo papel que empieza a jugar nuestro país en Europa, queda perfectamente retratada en la impunidad de Olano y en el azuzamiento de Marruecos contra Madrid. Desde siempre, París ha jugado la baza del alineamiento con Alemania, enfrentándola con Inglaterra, como medio de sostener, de manera un tanto artificiosa, su posición prominente en Europa.
Una política cuya realización exige, al tiempo, que los otros dos grandes países de Europa occidenctal -España e Italia- permanezcan en una situación suficientemente débil como para no tener ninguna actuación autónoma en el seno de la UE o, al menos, como para impedirles salirse en lo fundamental de la órbita de acatamiento y sumisión a las directrices del eje franco-alemán.
Además, esta debilidad permite a Francia aspirar a convertirse en el núcleo de un grupo de Estados mediterráneos y norteafricanos que comparten intereses comunes y que encontrarían en París el líder «natural» para la defensa de esos intereses frente al rico norte europeo. Que España ose salirse de este corsé es, desde la óptica del Quai d«Orsay, imperdonable. Pero que además arrastre tras de sí a Roma, buscando crear un eje de contrapoder mediterráneo frente a París es algo que ha tenido que sacar de sus casillas a los depauperados herederos de la «grandeur» francesa.
Y la respuesta ha sido inmediata. Tras la conferencia de Menorca, en la que España manifestaba su voluntad, y su capacidad, de convertirse en un intermediario privilegiado de Washington en Oriente Medio, Marruecos se ha lanzado a una ofensiva sin precedentes, amenazando prácticamente con el congelamiento de las relaciones diplomáticas con España. Algo impensable para el reino alauita si no es que cuenta, por detrás, con la bendición francesa para hacerlo. Marruecos no puede tan siquiera plantearse ondear la bandera de la colisión frontal con España si no posee un «padrino» que lo respalde.
La no detención de Olano, por su parte, responde exactamente al mismo planteamiento. Ambos son un «recordatorio» a Aznar de cuáles son los dos principales puntos débiles de España y de los recursos que Francia dispone para agitarlos: de un lado la existencia de una línea nazifascista en Euskadi que busca la disgregación de España. Del otro la fragilidad de su flanco sur y la potencialidades de desestabilización que contiene (Ceuta y Melilla, pesca, inmigración, presión demográfica,...).
Pero tanto en uno como en otro caso la actitud adoptada por Francia no hace sino poner de manifiesto la posición de relativa debilidad en que se encuentra. De un lado porque utilizar abiertamente a ETA como factor de presión sobre España no parece que sea la medida más inteligente en la actual situación. Parafraseando al editorialista del periódico nacional más importante: «No están los tiempos para bromas». Y mucho menos en asuntos de terrorismo. Y por el otro, porque difícilmente nadie puede aspirar a convertir a Marruecos, cuya inconstancia es proverbial, como punta de lanza de ninguna ofensiva contra España.
En todo caso, los tres acontecimientos a los que nadie parece encontrar una explicación adecuada no son más que tres efectos colaterales de una misma causa: el 11 de septiembre y las significativas alteraciones que ha provocado en el orden mundial han acelerado y hecho cristalizar, dándole una dimensión de la que, previsiblemente, sólo hemos visto hasta ahora su principio, lo que ya venía fraguándose desde tiempo atrás. Una nueva colocación de nuestro país en el sistema de relaciones internacionales, un fortalecimiento de su peso específico y un nuevo papel a desempeñar en la intrincada red de alianzas y dependencias que lo componen. Cambios que, necesariamente, van a afectarnos de manera profunda en el futuro inmediato.
A. Lozano