De Verdad 01/2002 - SUMARIO
NACIONAL
Enero 2002
La
presidencia española de la Unión Europea y la cumbre de Laeken:
Europa
en la encrucijada
Como afirman en su declaración conjunta los jefes de Estado y de gobierno de los quince, aprobada el 15 de diciembre en la ciudad belga de Laeken, Europa está en camino de sufrir «una auténtica mutación». El problema es que la mutación, tras la respuesta norteamericana al 11-S, apunta en una dirección completamente opuesta a la que muchos de ellos suponen y desean.
La primera manifestación de esta metamorfosis está en el hecho de que por vez primera desde el siglo XIX, el viejo continente cede el papel de centro del escenario internacional, que pasa a ocuparlo Asia, quedando relegada Europa a un papel de región periférica en la agenda internacional de los asuntos mundiales. La segunda transformación que afronta Europa consiste en pasar de ser un aliado preferente de EEUU en la gestión de los asuntos verdaderamente decisivos a ser considerada un socio importante, pero menor.
El puesto que dejan vacante Alemania y Francia en la mesa decisoria del hegemonismo lo ocupan ahora nuevos comensales: China y Rusia. El poder económico deja paso a la posición geoestratégica y al poder militar, terreno en el que las viejas potencias europeas tienen poco que decir. Pero el auténtico síntoma de la mutación, del cambio estructural interno reside en la cristalización y la emergencia de un nuevo centro de poder europeo, el eje Londres-París-Roma, que rompe la absoluta hegemonía ejercida en la última década por el eje franco-alemán y tiende a reequilibrar el poder regional, posibilitando así sustanciales variaciones en el rumbo del proyecto europeo.
Como consecuencia de todo ello, la UE se enfrenta a una triple encrucijada, sólo comparable en magnitud a la que se produjo con la caida del muro de Berlín y la reunificación alemana: reajustarse al papel que le toca jugar en el nuevo orden mundial levantado tras el 11-S, definir en qué quiere convertirse la inminente Europa ampliada a 25 miembros y hacerlo de acuerdo a la nueva correlación de fuerzas. Frente al proyecto franco-alemán, el único realmente existente hasta ahora, comienza a perfilarse otro de naturaleza y dirección opuestas enarbolado por Blair Aznar y Berlusconi.
La disputa entre ambos caminos, determinada a su vez por la nueva distribución del poder a escala mundial, marcará la resolución de estas encrucijadas. En este marco general, el 1 de enero de 2002 comienza el semestre de presidencia española de la UE.
Deriva europea
Frente a un gran poder centroeuropeo, una Europa articulada dinámicamente entre distintos centros de poder.
La declaración final de la cumbre de Laeken ha evidenciado hasta qée punto la triple encrucijada a la que se enfrenta la UE la tiene sumida en una auténtica deriva. No menos de 100 preguntas sin respuesta constituyen su contenido principal, poniendo con ello de relieve cómo el futuro de la UE, a día de hoy, es una autentica incógnita. Incógnita resultante, según los más perspicaces analistas, de la batalla entre la alianza de «integracionistas» y «federalistas», por un lado, y defensores del Estado-nación, por otro.
La realidad, sin embargo, es que lo que se están enfrentado son dos centros de poder europeos con dos proyectos distintos para Europa. De un lado, el proyecto franco-alemán al que podemos calificar como de «la Europa de Carlomagno». Es decir, una Europa atomizada en multitud de pequeños reinos, ducados, marcas,... articulados y girando en torno a un gran poder centroeuropeo. Una Europa federal pero a la que previamente se la haya sometido a una serie de operaciones quirúrgicas dirigidas a amputar importantes trozos de territorio, mercado y poder a los países periféricos, a aquellos que ni pueden ni deben aspirar a ocupar un rango prominente en la nueva corte de Aquisgrán.
La partición de Checoslovaquia, la inclusión de Eslovenia y Croacia, las tensiones separatistas del norte de Italia, la feroz ofensiva nazifascista en Euskadi, el resurgir de los nacionalismo étnicos en media Europa son partes indispensables de este proyecto. Federalizar Europa pero habiéndola despezado previamente. Integración pero sobre la base de haber triturado antes a los actuales Estados nacionales. La Europa de los pueblos, el viejo diseño de la burguesía monopolista alemana a lo largo de todo el siglo XX llevada a la práctica, pero esta vez sin necesidad de que las panzer divissionen se abran paso a cañonazos, aunque algunos países, como Yugoslavia o España, tengan que pagar un alto tributo en sangre.
Del otro, un nuevo proyecto que se define con más claridad cuanto más se afianza la alianza tripartita Londres, Madrid y Roma y adquiere más peso específico, tanto en la escena internacional como en el entramado de poder europeo. Un proyecto al que -por definirlo con una imagen que nos permita entender en sustancia su oposición a la de «la Europa de Carlomagno- podríamos llamar como el de «la Europa atlantista del Renacimiento». Esto es, frente a un gran poder centroeuropeo, una Europa articulada dinámicamente entre distintos centros de poder. Frente a una Unión girada sobre sí misma, una Europa volcada en una relación «especial» con la otra orilla del Atlántico.
Tanto con EEUU a través de la privilegiada relación británico-norteamericana y la orientación acusadamente proatlantista de Aznar y Berlusconi, como con Iberoamérica por medio de los estrechísimos lazos de nuestro país con la comunidad hispana de naciones. Una Europa agrupada más que integrada, con unos vínculos más laxos y, sobre todo, sin una única voz de mando, sin que los lazos de unidad signifiquen el control de un centro dotado un poder hegemónico para imponerse sobre los intereses nacionales de cada Estado miembro.
Es en el enfrentamiento entre estas dos concepciones y proyectos para Europa donde hay que buscar el origen inmediato de la desorientación que hoy parece prevalecer. Sin embargo, un factor externo presiona con fuerza colosal sobre este cúmulo de contradicciones. Mientras unos, el eje franco-alemán, han quedado descolocados ante el nuevo reordenamiento del sistema de relaciones internacional, sin tener una respuesta definida para readecuar su proyecto a la nueva posición subalterna que han pasado a ocupar, los otros, el eje Londres-Madrid-Roma, emergen conscientes de la mayor fuerza y peso que esta nueva situación les otorga. No es en absoluto casual que Blair haya pasado a jugar abiertamente la carta de la plena integración europea de su reticente país. Ni que Berlusconi le haya plantado cara a Chirac en la reciente cumbre de Laeken. Ni que The Wall Street Journal exprese en primera plana las esperanzas que tiene depositadas en la presidencia europea de Aznar el próximo semestre.
Alabanza de Madrid y menosprecio de Bruselas
«Después de varias presidencias anodinas (...), una de las mejores oportunidades que Europa ha tenido durante años de empezar a cumplir su potencial, tanto desde el punto de vista político como económico». Así valoraba The Wall Street Journal, el periódico por excelencia de la oligarquía financiera norteamericana, la próxima presidencia europea de Aznar.
Pero, ¿en qué consiste esta extraordinaria oportunidad? ¿Qué es lo que esperan de Aznar los grandes tiburones de las finanzas mundiales? El propio periódico nos lo aclara unas líneas más abajo. En primer lugar «un cambio de tono». Menos «inflexibilidad», menos «provincianismo» y menos «resistencia al cambio de Europa» que la demostrada por la presidencia belga.
Pero, como es lógico, The Wall Street Journal no dedica su primera plana a un simple cambio de tono. Es más, bastante más, lo que espera. En primer lugar «dinamismo económico». O, dicho en otras palabras, mayores oportunidades tanto para que sus capitales invertidos en el viejo continente rindan más y mejores beneficios, como para que nuevas barreras proteccionistas caigan en el mercado europeo y se abran a su voracidad. Por ello, seguramente, destaca de Aznar «su convicción de que la liberalización económica, de forma global y en Europa, es un elemento decisivo de la respuesta a los atentados del 11 de septiembre».
Pero, con ser esto importante, ni siquiera es lo decisivo. Lo realmente importante para The Wall Street Journal es que la presidencia española va a significar «un cuestionamiento del statu quo y estrechos vínculos internacionales con Latinoamérica y EEUU». Lo que, en otras palabras, quiere decir que Aznar debe y atreverse a utilizar la nueva correlación de fuerzas entre los dos centros de poder y los dos proyectos europeos en pugna, para darle a la UE una dirección decididamente atlantista, es decir, incondicionalmente rendida a Washington. No es sólo lo que se espera de «un presidente que responde», sino también el precio justo por haber sido encumbrado por Bush a la categoría de líder mundial.
A. Beloki