De Verdad 01/2002 - SUMARIO
INTERNACIONAL
Enero 2002
Venezuela:
Cerco
a la independencia
Una grieta explosiva
Efectivamente, tal y como declara el secretario general de la patronal, cabeza de las movilizaciones antichávez, la situación venezolana es explosiva.
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Para EEUU no es admisible que ningún país dependiente salga de la órbita de sus designios |
La dinamita la proporciona la enorme grieta social existente entre las potencialidades y la realidad del país, el abismo entre los que todo lo tienen y los que, literalmente, no poseen nada. El 10% más rico acumula el triple de lo que se debe repartir el 40% más pobre, y los intereses de la deuda externa absorben el 60% del PNB nacional.
La diabólica combinación entre la rapiña de los grandes capitales foráneos y una oligarquía corrupta y parasitaria, que ha dilapidado y evadido la riada de divisas procedentes del petróleo, ha incrustado un cáncer en el corazón de Venezuela. En el segundo productor mundial de petróleo, en un país que alberga un patrimonio billonario, los índices de pobreza se han duplicado en los últimos veinte años.
Durante décadas, un bipartidismo hipercorrupto, que ha legado un presidente evadido de la justicia, supuso el mejor instrumento para encerrar bajo cuatro candados el botín. Entonces, Venezuela era una democracia modélica. Hoy, cuando el gobierno bolivariano emprende las primeras transformaciones económicas, algunas voces denuncian que las libertades están en peligro.
¿Es
la democracia o el peso de sus bolsillos lo que les preocupa?
Una
huelga de ricos
«La huelga es el gesto democrático más fácil... sobre todo cuando quien la hace es el patrón». Con esta sorna caribeña definía el paro nacional uno de los partidarios de Chávez. En la pancarta que sostenía se podía leer un explícito «No al paro de los ricos».
¿Quién ha parado en la huelga que los medios de comunicación nos presentan como un ejemplo de movilización popular? En primer lugar los grandes patronos: Fedecámaras, equivalenta a la CEOE española, y Fedeagro, organización de los principales terratenientes venezolanos. Los motivos expuestos para salir de sus despachos no dejan lugar a dudas.
Tras unos breves minutos hablando del carácter autoritario de Chávez, los discursos de los dirigentes patronales derivan siempre hacia los mismos lugares comunes: «contra la política de izquierdas del gobierno», «es un atropello contra la propiedad privada», «pretende cubanizar Venezuela», incluso alguno de ellos llegó a expresar que «Chávez quiere desarrollar la lucha de clases». Una retórica que todos identificamos sin excesiva dificultad con la derecha más rancia.
La patronal siente atacados sus intereses y cierra sus fábricas, evitando con este gesto de poder que los trabajadores acudan a sus puestos... y esto se denomina huelga popular. Las fábricas que no son propiedad de los asociados de Fedecámaras registraron una actividad habitual. Pero incluso los pequeños comerciantes, lejos de los intereses de los grandes empresarios, abrían sus tiendas declarando que «somos trabajadores bolivarianos».
Ahora bien, ¿por qué un sindicato como la Confederación Venezolana de Trabajadores se ha unido de forma entusiasta al paro patronal? El hueso duro de esta organización sindical lo constituyen los trabajadores del petróleo, el estamento más privilegiado del mundo laboral. Hace unos pocos meses el gobierno les concedió un aumento salarial del 55%, pero parece que no es suficiente. La composición social de estos inesperados huelguistas, representativos de las élites que recogen los privilegios del antiguo orden bipartidista, es suficientemente significativo.
Mientras los patronos se manifestaban para defender sus propiedades, Chávez participaba en un mitin junto a los campesinos sin tierras. Un gobierno que ha recabado el apoyo popular mayoritario elección tras elección, una patronal que arremete contra «la política de izquierdas» de este gobierno, rumores amenazantes de sables... un cuadro clásico de una situación de involución reaccionaria.
Pero los medios de comunicación se encargan de presentarnos la realidad vuelta del revés, dando lugar a un episodio único en la historia social: los ricos se convierten en sujetos revolucionarios cuando defienden sus privilegios, y los humildes son reaccionarios apegados a un poder totalitario cuando pretenden darle la vuelta al pastel.
La
ley de tierras:
La
furia de los terratenientes
Esta es la democracia que defienden los terratenientes
Se ha publicitado que el gobierno de Chávez va a expropiar un territorio equivalente a la extensión de Bélgica. Pero todas las cifras son relativas. Si sabemos que el 1% de la población venezolana posee el 60% de la tierra cultivable, mientras las tres cuartas partes deben conformarse con un exiguo 5%, lo que antes aparecía situado en la barbaridad se traslada al terreno de la justicia.
Si sabemos que el territorio expropiado supone apenas un 10% de los inmensos latifundios que corroen el país podemos afirmar que se trata de una medida razonable. Pero podemos investigar más. El gobierno ha impuesto un nuevo registro de propiedades. Todas las tierras deberán pasar por ventanilla y certificar su propiedad coon un documento legal.
Los grandes terratenientes han montado en cólera. El motivo es sencillo: una buena parte de sus latifundios se han ido expandiendo de forma ilegal, acaparando mediante la fuerza y la aquiescencia de los gobiernos de turno territorios que pertenecían al Estado o a las comunidades campesinas o indígenas. La siguiente medida gubernamental certifica que las tierras sin explotar son las primeras candidatas a la expropiación.
Hasta 100.000 hectareas de suelo cultivable yacen sin niguna utilidad en el fondo de inmensos latifundios. Pero esa no es la principal sangría: la ganadería extensiva irracional provoca que suelos aptos para el cultivo estén ocupados a razón de una hectárea por cabeza de ganado. Mientras centenares de miles de hectareas se desperdician fruto de la acumulación latifundista, Venezuela debe importar el 70% de los artículos alimenticios (lo que supone un desembolso de 264.600 millones de pesetas al año), y la mitad de la población se encuentra en la pobreza extrema. Mientras un pequeño puñado se reparte más de la mitad de las tierras, la totalidad de los campesinos se ven abocados al destino de jornaleros.
La Ley de Tierras ha puesto sobre el tapete la realidad: el latifundismo no sólo supone una insoportable injusticia para millones de campesinos, es además una losa sobre el desarrollo del país. El simple hecho de exigir que la propiedad de las tierras vaya acompañada de un documento legal certifica hasta que punto, incluso dentro de la legalidad burguesa, la riqueza de los grandes terratenientes está asentada sobre un enorme robo. Fedeagro ha declarado que «defenderemos con la vida nuestras propiedades».
No es la vida de los grandes terratenientes la que está en peligro. La primera experiencia piloto de la ley de tierras, que ha adjudicado a campesinos sin tierras 40.000 hectáreas popiedad del Estado, ha dado como fruto el asesinato a manos del escuadrones de la muerte del principal líder popular de la región.
Ley
de hidrocarburos:
Defender
la riqueza nacional
La pregunta del millón en Venezuela es: ¿dónde están los 20 billones que han entrado durante la última década procedentes del petróleo? ¿Evadidos en paraisos fiscales en la cuentas de la oligarquía? ¿En los balances de las principales multinacionales del sector?
La ley de Hidrocarburos pretende un objetivo aparentemente sencillo, pero de imposible resolución en la historia de Venezuela: que la riada de divisas que proporciona el petróleo revierta en el desarrollo nacional y en la mejora de las condiciones de vida de la población.
La primera medida es que el Estado no va a amparar las inversiones que no sean rentables. Durante años, el petróleo ha sido el refugio de los sectores más parasitarios de la oligarquía, que invertían en un negocio rápido, seguro y rentable, tejiendo para ello una red de corrupción con el poder político. La demolición de la estructura dirigente de PDVSA, monopolio estatal, ha sido una de las tareas más costosas. Pero no es la oligarquía el sector más afectado. La nueva ley establece que las inversiones extranjeras deberan reinvertir en el país el 30% de los beneficios obtenidos. No se cierra la puerta al capital extranjero, sino que se establece otro tipo de relación: beneficio mutuo frente a saqueo indiscriminado.
La ley establece que en cualquier operación comercial, el Estado se reserva el 51% de la propiedad. El capital, tanto foráneo como nacional, puede hacer negocio, pero es el Estado quien se reserva la capacidad de decisión última sobre el rumbo del sector estratégico de la economía venezolana. Medidas encaminadas a que la riqueza del subsuelo venezolano deje de explotarse en beneficio de unos pocos y se convierta en un elemento de primer orden en el desarrollo nacional.
La
política exterior de Chávez:
Integración
frente a desintegración
¡Qué los países de América Latina y el Caribe se unan para acabar con la hegemonía de EEUU!
«¡Qué los países de América Latina y el Caribe se unan para acabar con la hegemonía de EEUU!» El llamamiento hecho por Chávez ante 27 jefes de Estado y de gobierno en la inauguración de la III Cumbre de la Asociación de Estados Caribeños explica a la perfección las razones por las que el mandatario venezolano se ha convertido, junto a Fidel Castro, en la «bestia negra» de Washington en Iberoamérica.
«Queremos un modelo que nos integre, no un modelo que nos desintegre» argumentó Chávez para exponer su oposición al ALCA (Area de Libre Comercio de las Américas) que propugna Bush. La política exterior venezolana en los últimos tres años ha estado dirigida a fortalecer la unidad de Iberoámerica,avanzando en la idea bolivariana de una gran Confederación de naciones iberoamericanas unidas.
Una integración de múltiples aspectos: política, para afrontar los retos y las relaciones internacionales que la región, como un todo, tiene ; económica, para explorar las infinitas posibilidades que el continente posee para ensanchar mercados, para articular áreas de comercio e inversión; cultural, por las raíces históricas, étnicas, lingŸísticas y de todo tipo que pueden dar a América un lugar más prominente y un peso específico en la escena internacional ; de defensa,estableciendo mecanismos de coordinación para proteger y defender los intereses colectivos.
Un ambicioso proyecto estratégico cuyo objetivo último es dotar a los países del sur de Río Grande de la fuerza necesaria para combatir con éxito la brutal intervención depredadora del vecino del norte. La voluntad de convertir a Venezuela en un «actor autónomo e independiente, capaz de promover sus intereses nacionales», provoca que la política exterior impulsada por Chávez vaya a contrapelo de las exigencias e intereses norteamericanos, conflicto agudizado hasta el límite tras la llegada de Bush a la Casa Blanca.
La «disposición a promover un mundo multipolar y solidario» basado particularmente en «la defensa de la soberanía nacional « se enfrenta radicalmente al nuevo proyecto de Washington de poner firmes a todo el planeta y obligarle, de grado o por fuerza, a seguir su estela sin rechistar. Hasta el punto de que la intervención de Chávez en su programa de televisión, mostrando fotos de cadáveres de niños afganos y criticando que su apoyo a la lucha contra el terrorismo «no es como una carta blanca. No tiene justificaciónÊdeÊningún tipo,ÊnoÊseÊpuede decir que fue un error. Porque eso ... ¿un error? ¿Y van a seguir cometiendo errores?», provocó la llamada a Washington del embajador nortemericano en Caracas.
La reactivación de la OPEP, el apoyo a Cuba o las visitas de Chávez a los países que EEUU califica de «delincuentes» (Irak, Libia, Irán...) son otras tantas manifestaciones del rumbo autónomo e independiente que ha tomado Venezuela. Y es la verdadera razón de fondo de que, desde hace unas semanas, empiecen a buscarse similitudes entre la situación venezolana con la de Chile en los meses anteriores al golpe del 11 de septiembre de 1973.
El hilo de la amenaza
Los riesgos para el hegemonismo norteamericano de que una revolución nacional y popular se consolide en el corazón de Iberoamérica
«No sabemos cómo controlar a Chávez sin romper la vajilla. Y él se las arregla para actuar como si llevara consigo a todas partes el armario de la vajilla». La frase, recogida por el corresponsal en Caracas del semanario The New Yorker de «una fuente anónima norteamericana» (eufemismo tras el que se ocultan los servicios de inteligencia), es toda una declaración de intenciones.
Otros siguen tras su estela. «Y la cuarta [opción] es un golpe militar que ponga fin a la pesadilla, pero acaso dé inicio a una nueva, como sucedió en el Chile de Pinochet tras el derrocamiento de Allende, episodio al que se parece cuanto estamos contemplando en Venezuela». ( ABC, 11-12-2001)
«En la Venezuela de hoy, Chávez puede sucumbir a un golpe de Estado (...) Es peligroso que un país se desestabilice de forma ademocrática, y, sin embargo, da toda la impresión de que Venezuela ha entrado en esta pendiente con la larga sombra de EEUU detrás». ( El País, 27-11-2001)
El punto de partida lo dió un informe, recientemente hecho público, de la agencia de información militar nortemericana Starford que afirma la existencia de «tensiones internas» en el ejército venezolano, por lo que, pronostica la agencia, es previsible que, «en un plazo no superior a un año», se produzca alguna intentona golpista. Las coincidencias con Chile no son, desde luego, fortuitas. Como ocurrió entonces con la huelga de los transportistas y de la mina de El Teniente, convertir a sectores empresariales y sindicales en agentes de la agitación y el descontento social es una forma efectiva de preparar el camino golpista.
¿Habrá que esperar al golpe de Estado para descubrir después que, como en Chile, los dirigentes de la pasada huelga han estado formados en el Instituto Americano para «el sindicalismo libre»? ¿O que sus organizaciones han sido financiadas con millones de dólares para organizar la campaña de protestas? Hoy sabemos que el principal periódico chileno, El Mercurio, publicó entre 1970 y 1973 más de 700 artículos escritos directamente por la CIA cuyo objetivo era exacerbar entre determinados sectores sociales un clima de opinión hostil a «la cubanización de Chile», a «la amenaza que significa Allende para la propiedad privada», al «autoritarismo y la falta de diálogo», a «su política contra las clases medias», ... Basta con asomarse a la prensa venezolana para leer hoy idénticos argumentos, tono y amenazas.
Pero no son ni los medios de comunicación, ni las clases medias ni la patronal, ni siquiera los sectores del ejército dispuestos a encabezar un golpe las principales amenazas a las que se enfrenta la revolución venezolana. Como ayer sabíamos y hoy hoy a quedado demostrado a ciencia cierta tras la desclasificación parcial de documentos de la CIA y el CSN, desde el día siguiente de la victoria electoral de Allende se creó en Washington un reducido equipo, encabezado por Kissinguer, con el único objetivo de organizar las tramas necesarias para derribarlo. Unas tramas que revelan tantas similitudes con lo que está ocurriendo hoy en Venezuela -pues en su arrogancia imperial no se molestan tan siquiera en guardar las apariencias- que sólo los ciegos, o los que no quieren ver, pueden dejar de advertir en ellas los hilos que conducen a Washington.
Si para EEUU no es admisible que ningún país dependiente se salga de la órbita de sus designios, en Iberoamérica, que ellos consideran su «patio trasero», cualquiera que se atreva a actuar de una forma autónoma e independiente se convierte, automáticamente, en un firme candidato a ser literalmente eliminado sin contemplaciones. Los riesgos para el hegemonismo norteamericano de que una revolución nacional y popular se consolide en el corazón de Iberoamérica, amenazando con extenderse por un continente entrecruzado por infinidad de raíces comunes capaces de traspasar cualquier frontera, es demasiado grande.
J. Arnau y A. Lozano