De Verdad 01/2002 - SUMARIO

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INTERNACIONAL

Enero 2002

Argentina:
Descomposición política y estallido social

Las imágenes de la desesperación de los trabajadores argentinos asaltando supermercados han dado la vuelta el mundo. En apenas 24 horas un auténtico estallido social y político ha unido a todo el país, a todas las clases populares, contra la política del hambre dictada por Washington a través del Fondo Monetario Internacional y aplicada implacablemente por sus gobernantes.

Apenas 6 días después de que todo el país quedara paralizado por la séptima huelga general en dos años, el anuncio del Gobierno De la Rua de que su única alternativa era seguir profundizando en el ajuste exigido por el FMI, desató la ira popular. Como un terremoto de alta intesidad, con su epicentro en Buenos Aires, una auténtica insurrección popular contra «el gobierno del hambre» sacudió al país.

Pero la aceleración de la crisis económica y social ha hecho, a su vez, estallar la crisis política latente que venía gestándose meses atrás. Abandonado por Washington y el FMI, acosado por el oportunismo de la oposición justicialista y aborrecido por el país, De la Rua abandonaba la presidencia de la República la noche del pasado 20 de diciembre. Argentina, uno de los países del mundo más rico en recursos naturales, camina hoy hacia el precipicio.

Saqueada hasta el tuétano por multinacionales, oligarcas y terratenientes, dirigida por una clase política corrupta, vendepatrias e incapaz y con unas clases populares condenadas a unas condiciones de pobreza, hambre y miseria como nunca antes conocieron, el país hermano se desangra con el telón de fondo de la feroz disputa entre el gran capital norteamericano y el europeo por hacerse con la mayor parte del botín. La insurrección nacional, el «argentinazo» del pasado 19-D ha dicho basta ya a esta situación.

26 muertos, cientos de heridos y miles de detenidos. El gobierno y la clase dominante argentina, el FMI y el imperialismo no tienen otra respuesta a la miseria y el hambre a los que han condenado a la mitad de la población. Sólo represión y muerte.

Hambre y represión

La represión es brutal y desproporcionada. 6 personas son asesinadas en el desalojo de la plaza, 20 más en el resto del país

Como impulsados por un mismo resorte hasta ahora oculto, miles de argentinos de las llamadas «villas miseria» del Gran Buenos Aires, se lanzaban el pasado miércoles 19 de diciembre a asaltar supermercados y tiendas, a detener camiones de transporte de las grandes cadenas alimenticias y repartir su contenido. Las noticias, transmitidas por televisión y radio a todo el país, fue la chispa que prendió como la pólvora entre el 45% de la población que vive bajo el umbral de la pobreza: Mendoza, Córdoba, Rosario, Santa Fe, Salta, Tucumán,... en todo el país se repetían las mismas escenas.

Los gobiernos federales, desbordados, eran incapaces de responder a la situación. Esa misma noche, el gobierno De la Rua decretaba el Estado de sitio. Pero nada era capaz de contener la ira popular. Caida ya la noche -y confirmando que lo ocurrido tiene un carácter de verdadera insurreción nacional: «Otra vez se ha sublevado el suelo de la patria»- los barrios de las clases medias bonaerenses toman el relevo con una cacerolada estrenduosa.

Es la señal para que miles, decenas de miles de argentinos comiencen a marchar hacia la Casa Rosada, en abierto desafío al gobierno («De la Rua, boludo, el Estado de sitio te lo metés en el culo»), exigiendo la salida inmediata de De la Rua y Cavallo. Los acontecimientos se precipitan. Buenos Aires es una olla a presión mientras en los suburbios y las ciudades del interior los trabajadores toman las calles. La emblemática Plaza de Mayo es ocupada por miles de manifestantes; hasta las 11«30 del día siguiente los guardias de infantería y la policía federal a caballo no se atreven a intervenir. Cuando lo hacen, la represión es brutal y desproporcionada. 6 personas son asesinadas en el desalojo de la plaza. 20 más, según datos de las agencias de información argentinas, en el resto del país. Los heridos suman más de 500.

Los detenidos se cuentan por miles. Frente a la protesta contra el hambre se responde con la muerte. Mientras el sindicato peronista disidente de Hugo Moyano y la Central de Trabajadores Argentinos convocan una huelga general, apoyada por los sectores más combativos del movimiento obrero, contra «la profundización de la represión y el ajuste, como también ante la muerte y el estado de sitio», la corrupta clase política argentina busca deseperadamente una alternativa para impedir que las luchas populares vayan más allá en sus objetivos. Las 48 horas que han conmocionado Argentina, más allá de la espontánea expresión de hastío popular, certifican su acelerada descomposición política. Es difícil prever hacia donde se encamina la situación.

Los de arriba ya no pueden seguir gobernando como hasta ahora, y los de abajo no quieren seguir gobernados así. Pero, como afirmaba Hebe Bonafini, líder del movimiento de las Madres de la Plaza de Mayo: «todavía no hay una organización política que interprete esta bronca y las necesidades del pueblo. La gente ya no resiste más. Son todos ladrones, asesinos. Pero todavía falta, falta para que se produzca un verdadero cambio».

Maraña de intereses

La situación de descomposición política, quiebra económica y estallido social tiene como telón de fondo, y como una de sus principales causas, la feroz disputa desatada entre el hegemonismo norteamericano y el capital monopolista europeo por hacerse con el control político y con la parte principal del saqueo de sus enormes riquezas. Desde finales de los 90, norteamericanos y europeos han alineado tras de sí a los dos bloques principales de la clase dominante argentina.

Lo que políticamente se manifestaba en cómo cada una de las dos grandes fuerzas del régimen, los justicialistas con Menem y los radicales con Alfonsín, tendían a fortalecer las alianzas políticas con EEUU y con la UE respectivamente. Paralelamente se producía una lucha a muerte por hacerse con la parte del león del sistema financiero argentino. Mientras los europeos, encabezados por la gran banca española, tomaban posiciones en el interior, los grandes capitales norteamericanos lo hacían desde el exterior, presionando para imponer la dolarización de la economía y controlando, a través del FMI, la deuda externa y los continuos planes de ajuste.

De la Rua, representante de los los sectores proeuropeos, trató de congraciarse con Washington nombrando a Cavallo, el hombre del FMI con los gobiernos de Menem y artífice de la primera etapa de la dolarización, como ministro de economía con plenos poderes. Pero las crecientes exigencias del City Bank, la JP Morgan y el HSBC, que manejan una parte importante de la deuda externa argentina, pusieron de manifiesto que el gran capital norteamericano no se conformaba con compartir el poder, precipitando el final de la crisis. La negativa del FMI a conceder un último crédito para el próximo vencimiento de la deuda, ridículo en comparación con los que ya había concendido anteriormente, provocó que aflorara el cuarteamiento del país en dos grandes bloques, dividido cada uno de ellos por múltiples fisuras.

Si por un lado la clase dominante se debate en su alineamiento con los distintos bloques imperialistas, las clases populares, abandonadas a unas condiciones de precariedad inauditas ni siquiera en los tiempos de la hiperinflación, carecen del cauce político y organizativo capaz de convertir su lucha en una alternativa que cambie el rumbo del país. Por su parte, las clases medias, asfixiadas también por la rapiña financiera que ha barrido la economía productiva del país, intentan, con la mediación de la Iglesia, sacar adelante un plan que rompiendo con las exigencias del FMI favorezca el resurgimiento de los sectores productivos.

Las condiciones objetivas trabajan, y de forma cada vez más acelerada, hacia la confluencia de los distintos sectores populares en un programa nacional y democrático. Pero hace falta todavía la organización y la fuerza necesarias para imponer un gobierno de unidad popular.

A. Calero