De Verdad 01/2002 - SUMARIO
INTERNACIONAL
Enero 2002
El
nuevo reordenamiento mundial tras el 11-S:
Emergencia
china y urgencias norteamericanas
Mantener bajo control la inevitable ascensión de China, desctivar el peligroso rompecabezas que representa su emergencia se ha convertido en la principal urgencia norteamericana, la máxima prioridad estratégica para Washington. China representa, para los estrategas norteamericanos, el principal aspirante a desafiar su supremacía global . Tratar de gestionar su imparable ascenso de manera que no resulte amenazador para su hegemonía ha pasado a convertirse en el eje de la política mundial. Por primera vez en la historia, Europa occidental deja de ser el escenario principal de la disputa por la hegemonía y el punto clave de las luchas en el mundo de hoy pasa a desplazarse a Asia.
Un dinamismo imparable
En 1960, Asia representaba un 4% del PNB mundial. Hoy alcanza ya el 25%. Para el 2020 se calcula que será el 40%, superando a la suma de Europa Occidental y América del Norte. Dentro de ella, China prácticamente habrá alcanzado, dentro de 30 años, el PIB de EEUU, será más de dos veces mayor que el de Japón, multiplicará por 5 el de Alemania y será 20 veces superior al de la India.
Este potencial de crecimiento económico inevitablemente tiende a reflejarse en los terrenos militar, político y diplomático. China se perfila como la gran potencia regional dominante de Asia, una región caracterizada por la ausencia de un equilibrio de poder regional y por una creciente vulnerabilidad e incertidumbre política.
Una extrema rigidez externa pero escasa flexibilidad interna hacen de ella una zona especialmente propicia a una reacción en cadena generada por un poderoso golpe discordante. Esta combinación de factores hacen de Asia, por más que la apariencia superficial sea otra, el verdadero «volcán político» del planeta. La ausencia de estructuras regionales dificulta la posibilidad de diluir, absorber o contener los conflictos.
Al mismo tiempo, es el lugar del mundo con una mayor concentración de nacionalismos de masas y una mayor potencialidad de explosiones sociales dado el enorme aumento de la riqueza acompañada de una creciente desigualdad social. Desde mediados de los 90 Asia es, además, el mayor comprador de armas del mundo por encima de Oriente Medio.
El activo dinamismo de la región asiática ha podido ser canalizado en los últimos 25 años de una forma pacífica, pero cualquier punto de inflamación podría alterar esto, provocando desplazamientos tectónicos que alteraran el frágil sistema de influencia política y presencia militar sobre la que descansa la preponderancia norteamericana en esta región. Encaminar el poder chino a un arreglo regional que impida un brusco y acelerado proceso de expansión de sus áreas de influencia es el cuidadoso cálculo estratégico de EEUU al incluir a China, tras el 11-S, en el núcleo de potencias verdaderamente importantes.
Pactos regionales y pactos globales
La apertura económica y política llevada a cabo por los dirigentes chinos en la última década ha provocado un inevitable desplazamiento del poder regional. A su rápido crecimiento económico suma un evidente peso demográfico y una potencia militar (cuadro 2) que la convierten, necesariamente, en el punto de referencia del resto de países de la zona.
En el sudeste asiático, a excepción de la histórica hostilidad que le enfrenta con Vietnam, son cada vez más los países que, de alguna manera, procuran que su política exterior no sea discordante de las posiciones de Pekín. Algo que, además de ser perfectamente explicable en términos de geopolítica y de sus propios intereses nacionales, se refuerza por el hecho de que las economías de muchos de estos países están en gran parte controladas por los chinos de la diáspora, que pese a su dispersión mantienen un fuerte sentimiento patriótico y arraigados vínculos con la China continental. Así, recientes informes calculan que el 100% de la economía de Singapur, el 90% de la de Indonesia, el 75% de la de Tailandia o el 60% de la de Filipinas están en sus manos.
La emergencia de China como potencia regional dominante de Asia es ya hoy un hecho incontrovertible. Las aceleradas tendencias hacia la reunificación coreana, el decaimiento del papel ruso en Asia y la conversión de Asia Central en motivo de disputa internacional no hacen sino reforzar este proceso. Y ello pese a que la política exterior china sigue guiándose por los mismos principios que declaró Teng Siao Ping ante la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1974: «Si algún día China cambiara de color, se convirtiera en una superpotencia y actuara también como un déspota, perpetrando por todas partes atropellos, agresiones y explotación, los pueblos del mundo tendrían derecho de pegar a China la etiqueta de socialimperialista, de denunciarla, combatirla y unirse con el pueblo chino para derribarla».
Pese a ello, o precisamente por ello, la amenaza para la hegemonía EEUU es inquietante y el dilema que se les presenta puede resumirse de la siguiente manera: ¿organizar una coalición hostil diseñada para contener el ascenso de China o tratarla como un jugador significativo a nivel global, empujándola hacia una cooperación internacional en aquellos asuntos en que ambos países puedan tener intereses compartidos?
La opción escogida por la línea Powell ha sido la formación del triunvirato Washington-Moscú-Pekín. Una decisión que ha establecido una nueva jerarquía y otorgado nuevos rangos a las potencias mundiales: se saca a Rusia de su «hibernación» devolviéndole parte del papel perdido tras la implosión de su imperio; se abren las puertas para que India, otro gigante potencial, entre en el triunvirato. Y, sobre todo, se busca cooptar a China, encuadrándola en el núcleo central de potencias mundiales tratando de desviar su ascenso por vías menos peligrosas y amenazantes para el poder global norteamericano.
El proyecto de Washington es de largo alcance y profundo calado, se dirige hacia la creación de una estructura de poder compartido, tanto regional como hasta cierto punto global, que impida que el ascenso de una potencia como China, hasta hoy incontrolada e incontrolable por ellos, reviente los estrechos cauce y los frágiles equilibrios en que se asienta su hegemonía mundial.
Indicadores
económicos (PIB en millones de dólares).
(La previsión del PIB está realizada de acuerdo con
la tasa de crecimiento de los últimos 10 años)
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2000
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2010
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2030
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India
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421.300
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716.210
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2.069.846
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Alemania
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2.122.700
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3.396.310
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8.694.579
|
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Japón
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4.089.900
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6.543.984
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16.752.598
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China
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928.900
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3.251.150
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39.826.587
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EEUU
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7.921.300
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13.862.275
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42.453.216
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Intervención y hermetismo
Pero la razón principal que ha obligado a EEUU a dar este giro brusco a la situación mundial no está tanto en el potencial de China como en el carácter hermético e impenetrable de su Estado frente a los reiterados intentos de intervención e infiltración norteamericanas.
A diferencia de otras potencias (Alemania, Japón, Francia...), China resulta incontrolable para el hegemonismo porque no tienen ninguna capacidad de influir en sus decisiones, de intervenir en la orientación de su política, de instalar élites dependientes en los aparatos de Estado claves. La incapacida de intervenir desde dentro obliga al hegemonismo a actuar desde fuera: reclamando derechos humanos y apertura del régimen chino, azuzando a los reaccionarios independentistas semifeudales del Tibet, a los fundamentalistas del Xinjiang,... Armas todas que, sin duda, va a seguir utilizando.
Pero que de conjunto resultan demasiado débiles y a todas luces insuficientes para contener a un gigante que avanza a velocidad de crucero. Es demasiado lo que hay en juego, mantener su hegemonía por largas décadas, como para utilizar tan pocas cartas.
A. Lozano