De Verdad 03/2002 - SUMARIO

 


ESPAÑA - PAÍS VASCO

Marzo 2002

La sabiduría de Arzallus-Goebbels

«España ya tiene su Maquiavelo». Así caracterizaba un interlocutor del gobierno la actividad política de Arzallus. Es una parte de la realidad, pero quizá la más superficial. Los fundamentos morales, las formas y el proyecto de Arzallus está más cerca de la brutalidad germana de Goebbels que de la finezza italiana. «Repite una mentira muchas veces y se convertirá en una verdad». Arzallus repite insistentemente que los vascos son la raza europea primigenia, que en virtud de esta legitimidad les corresponde una patria que se llama Euskadi, convertida, a imagen y semejanza de Irlanda, en una colonia ocupada... y lo que son falsificaciones y delirios se transforman en lugares comunes del vocabulario político. Las aberraciones del nacionalismo étnico han gozado durante años de la permisividad que les concedía estar supuestamente emparentadas en un camino de liberación frente a la opresión que llegaba desde Madrid. Desentrañar su carácter tóxico, impedir que supuren más veneno, es una tarea imprescindible.

De Nüremberg a Lizarra

¿Existe alguna diferencia, en su esencia ideológica, entre las pesadillas nazis y los delirios étnicos de Arzallus?

Tras la forzada dimisión de Redondo, asistimos a una ofensiva cuyo objetivo es sustituir el frente antifascista generado durante las pasadas elecciones autonómicas por una más difusa «unidad democrática», en la que estaría incluido el PNV. ¿Puede haber algún punto de contacto con el proyecto que para Euskadi defiende Arzallus? El actual presidente del EBB mantiene un programa que sólo puede calificarse de nazifascista. No se trata de una exageración agitativa, sino una mera constatación objetiva. En 1920, el partido nazi se reune en Nuremberg para establecer los fundamentos políticos de la futura barbarie.

El primer punto del programa señalaba: «Exigimos la creación de una nueva Alemania... para ser ciudadano es necesario ser de sangre alemana«. Ocho décadas después, Arzallus afirma que «hay un concepto de vasco que atañe a las personas que viven aquí, que residen aquí y que, como están en el País Vasco, son vascos. Pero hay otra concepción del vasco». Arzallus sigue los pasos de Arana: «¿Y cómo? ¿Todas las familias de Euskadi no son vascas? No, hay muchas que viven en Euskadi pero no son vascas, porque no tienen en sus venas una gota de sangre vasca». El fundamento político de la «nueva Euskadi», como lo fue el de la «nueva Alemania», es la raza: «la cuestión del Rh negativo confirma que éste es un pueblo con raíces propias identificables desde la prehistoria, como sostienen célebres investigadores de genética... y por ello mismo, con derecho a decidir su propio destino».

El fundamento étnico permitió al partido nazi afirmar que «sólo los ciudadanos alemanes [los que poseen sangre alemana] podrán disfrutar de los derechos políticos». Hoy Arzallus sostiene que «permitiría el voto de todo tipo de inmigrantes en unos comicios municipales, pero en las autonómicas, que tienen la categoría de unas nacionales exigiría un determinado arraigo, y no sólo el hecho de estar y trabajar en Euskadi». Diferentes etnias no pueden tener los mismos derechos. Tal y como plantea Savater «el pensamiento étnico provoca la aparición de forasteros internos», gente que viviendo y trabajando en Euskadi «no es de aquí» no puede pronunciarse sobre el destino de Euskadi porque esa facultad pertenece a «los que son realmente vascos». Vivir y trabajar en Euskadi no es niguna garantía. «A finales del XIX y comienzos del XX hay una afluencia masiva de gente que viene a trabajar a las minas. Los traían de mala manera de Galicia o Castilla. Aquella afluencia de extraños originó la aparición de sentimientos en contra». ¿Cómo va a ser vasco un obrero maqueto? ¿Dónde quedaría entonces el dominio de los jefes del clan? Los «extraños», los que no son como «nosotros», son, curiosamente, los obreros, además de españoles, ateos y socialistas, los que van a poner en cuestión el dominio feliz y prehistórico de los jefes del caserío.

«El padre de Savater vino de fuera y luego se marchó. Y entre acta y acta, nació Savater. Le tocó nacer en San Sebastián. Por eso digo que habría que preguntarle a Savater si él se siente vasco, y hay que constatar que, si realmente se siente, es un vasco muy diferente». Diferente porque disiente de la identidad que impone el nacionalismo étnico. No basta con nacer en Euskadi: es necesario aceptar el dominio de los cabecillas del clan para poder adquirir la condición de vasco. La «nueva Alemania« hitleriana descansaba sobre la premisa de la superioridad de la raza aria. Arzallus renueva el mensaje: «una cosa está demostrada, cuando Madrid ejerce una facultad las cosas van peor que cuando pasan a nuestras manos. No es orgullo. Sencillamente somos más ordenados, más trabajadores, sabemos hacer las cosas mejor»; de la misma manera que Sabino Arana afirmaba que «el bizcaino es inteligente y hábil para toda clase de trabajos, el español, perezoso y vago. El bizcaino ha nacido para ser señor... el español no ha nacido más que para ser vasallo y siervo».

Para el partido nazi «los no alemanes sólo podrán residir en Alemania como huéspedes». Hoy, en Euskadi, Arzallus se permite proclamar que «Nicolás Redondo me dice que él se siente también español, y yo le digo que podría vivir aquí perfectamente sintiéndose también español, políticamente hablando. (...) ¿No viven acaso muchos portugueses en Luxemburgo». El programa hitleriano establecía que «el derecho a dirigir el Estado está reservado exclusivamente a los ciudadanos, y exigimos que la función pública sólo pueda estar ejercida por los ciudadanos».

Los peldaños superiores de la organización social deben ser ocupados por la etnia superior. ¿Cuantas veces hemos escuchado a Arzallus exigir que los obispos, los jueces, deben ser «auténticos euskaldunes», «que entiendan la realidad vasca», es decir que sepan que el caserío tiene unos dueños inamovibles? ¿Existe alguna diferencia sustancial, no en la capacidad de expansión sino en la esencia ideológica, entre las pesadillaz nazis y los delirios etnicistas de Arzallus?

El delirio étnico

«Hay un libro muy interesante que se titula ¿Sobrevivirá Francia? El autor responde que Alemania es una nación homogénea, porque étnicamente es una sola nación. Pero Francia no es una nación, Francia es el Estado nacido de la Revolución. En Francia hay alsacianos, bretones, corsos...».

La etnia es para Arzallus el fundamento de la nación, el elemento que sostiene cualquier edificio político. ¿Es posible sostener un pensamiento democrático sobre esta premisa? El subconsciente delata a Arzallus: Francia no es una nación porque surgió de la Revolución, del liberalismo que destruyó los pilares de la ley vieja. La identidad étnica como motor político dejó paso a la concepción de la nación como conjunto de ciudadanos. Los siervos y vasallos se transformaron en ciudadanos libres. En España fueron las Cortes de Cádiz, frente al absolutismo que tan denodadamente defendieron posteriormente los carlistas, quienes situaron a la Nación, al pueblo, como depositario de la soberanía. Pero Arzallus insiste todavía hoy.

No es la voluntad popular, susceptible de participación y cambio, la base del derecho, sino una realidad étnica petrificada desde la prehistoria, inmutable. Los hombres no pueden transformarla, deben someterse a la losa que impone una herencia que no han decidido. Tal y como plantea Fernando Savater, «la etnia quiere conservar eternamente infantilizados a los ciudadanos. Se opone a ese mundo abierto, desconcertante, mestizo, que es la participación.

Se pide a los ciudadanos que pertenezcan lo más posible, pero que participen lo menos posible. Es decir, que participen lo menos posible para disentir del grupo que ha creado lo que debe ser». Porque la etnia tiene, por definición, un dueño que decide qué es ser vasco y que exige adhesión inquebrantable. La igualdad liberal quiebra el equilibrio natural del caserío. Hay una etnia superior y otra inferior. Los derechos individuales, la base de la modernidad democrática, deben someterse a «los derechos nacionales«, establecidos por quienes tienen capacidad para establecer qué es Euskadi y quién es vasco.

No es la defensa de la identidad vasca el objetivo del nacionalismo étnico, sino el sometimiento individual a los intereses de los dueños del caserío.

Jon Arza