De Verdad 03/2002 - SUMARIO

 


REPORTAJE CENTRAL

Marzo 2002

De Seattle a porto Alegre

En Porto Alegre, por vez primera, algunos sectores señalan a EEUU como principal responsable del fenómeno de la globalización

En la ciudad nortamericana de Seattle, a orillas del Pacífico, cristalizó ante los ojos del mundo lo que hoy se conoce como Movimiento Antiglobalización. Sin embargo, muchos sitúan el embrión en las profundidades de la Selva Lacandona, en el Primer Encuentro por la Humanidad y Contra el Neoliberalismo celebrado en 1996 y organizado por el Ejército Zapatista.

En Seattle, el 30 de noviembre de 1999 se reunieron por primera vez de forma masiva una variadísima y heterogénea mezcla de colectivos, organizaciones, sindicatos y activistas de países de todo el mundo. Desde indígenas de Sudamérica hasta las principales organizaciones de pequeños campesinos de Europa y EEUU; desde jóvenes ecologistas hasta organizaciones de consumidores; desde veteranos sindicalistas yanquis hasta los estibadores del puerto de Seattle; desde Médicos Sin Fronteras hasta agrupaciones de base de multitud de Iglesias... Todos citados para protestar contra la cumbre de la OMC. Todos unidos en contra de un sistema que convierte al planeta entero en una mercancía y a los poderosos en dueños del futuro de la humanidad. El movimiento fué tan masivo que tomó por sorpresa a todos los organizadores de la cumbre, de tal manera que el boicot fué un éxito.

Las voces de los manifestantes en las calles de Seattle forzaron a cerrar la cumbre en falso, y en aquella ocasión, ni EEUU ni los países europeos lograron imponer sus criterios frente a los Países del Tercer Mundo. Eufóricos, los activistas antiglobalización acuñaron una consigna: «Donde ellos se reúnan, allí estaremos nosotros»

Porto Alegre, un encuentro diferente

Asistimos "al principio de una guerra global permanente encaminada a reforzar la soberanía del gobierno de los Estados Unidos y de sus aliados".

La ciudad de Porto Alegre (Brasil) fue el escenario por segunde vez del último Foro Social Mundial contra la Globalización entre los días 1 y 5 de Febrero. Fue el último pero no fue uno más. A diferencia de anteriores citas (Seattle, Washington, Praga, Niza, Gotteborg o Génova...) esta vez los movimientos sociales anti-globalización no celebraron una contra-cumbre en la misma ciudad en que se reunían los principales centros de poder mundial, con el doble propósito de intentar boicotear y servir como contrapeso de la cumbre oficial.

En esta ocasión la cita fue en una ciudad brasileña gobernada desde hace doce años por el Partido de los Trabajadores (PT), un auténtico laboratorio donde las clases populares disfrutan en buena medida de una democracia real y no formal, con cotas de poder y participación insospechadas, no sólo para Iberoamérica sino para los países más avanzados y «democráticos». El más significativo, el presupuesto participativo, es decir, la posibilidad de los habitantes de los distintos barrios de Porto Alegre de definir de manera democrática y concreta la asignación de los fondos municipales. Los ciudadanos deciden qué tipo de infraestructuras hay que crear o mejorar y seguir el rastro de cada cruzeiro. Los servicios sociales, sanitarios, educativos, medioambientales o de seguridad han experimentado así un desarrollo insólito.

Quizá posibilitado por este entorno , el Foro Social de Porto Alegre se ha distinguido de los anteriores por dos características. En primer lugar la participación, en cantidad y en calidad. A Porto Alegre acudieron el doble de asistentes (70.000 personas) que en anteriores ocasiones, y participó una gran variedad de organizaciones e individuos de las más diversas tendencias, incluso teniendo en cuenta la ya de por sí heterogénea composición del Movimiento Antiglobalización. Casi 50.000 activistas de organizaciones tan distintas como anarquistas, comunistas, ecologistas, ONG«s de derechos humanos, de cooperación y desarrollo, cristianos de izquierdas, representantes de partidos y sindicatos (aunque se vetó la participación de partidos como EH), de multitud de intelectuales de numerosos países, desde Saramago hasta el juez Garzón, etc...

Los mismos movimientos sociales participantes afirmaban que en esta diversidad está su fortaleza y la base de su unidad: «Nuestro movimiento de solidaridad es global, unido en una misma determinación contra la concentración de la riqueza, la extensión de la pobreza y las desigualdades».

En segundo lugar, y mucho más importante, fueron las conclusiones resultantes de la cumbre. Por primera vez, junto con la informe y confusa amalgama de blancos que las organizaciones antiglobalización suelen colocar en sus tesis y resoluciones (la globalización, el neoliberalismo, las trasnacionales...), en los documentos de Porto Alegre se señala un blanco por encima de cualquier otro: EEUU. Por vez primera, algunos sectores señalan a EEUU como el principal responsable del fenómeno de la Globalización. Así lo expresan explícitamente los movimientos sociales en uno de sus comunicados conjuntos. Por ejemplo, al hablar de la nueva situación mundial tras el 11 de Septiembre, afirman que: «los acontecimientos del 11 de septiembre introdujeron una ruptura dramática. Después de los ataques terroristas que condenamos sin reserva, así como condenamos todo ataque contra civiles en todas partes del mundo, el Gobierno de los Estados Unidos y sus aliados desencadenaron una respuesta militar masiva. En nombre «de la guerra contra el terrorismo», los derechos civiles y políticos se cuestionan en todo el mundo. La guerra contra Afganistán, en la cual se utilizan algunos métodos terroristas, se extiende a otros frentes. Se asiste por lo tanto al principio de una guerra global permanente encaminada a reforzar la soberanía del Gobierno de los Estados Unidos y de sus aliados. La oposición a la guerra es constitutiva de nuestro movimiento». O también cuando condenan la actitud de EEUU ante las leyes y los tratados internacionales: «el Gobierno de los Estados Unidos, en sus esfuerzos para proteger los intereses de las grandes empresas, se negó con arrogancia a respetar los acuerdos de Kioto sobre el recalentamiento del planeta, los Tratados antimisiles y antibalísticos, los convenios sobre la biodiversidad, la conferencia de la ONU contra el racismo y la intolerancia, los debates sobre las entregas de armas ligeras.

Todo esto prueba, una vez más, que el unilateralismo de los Estados Unidos mina las tentativas para encontrar soluciones multilaterales a los problemas globales» Estas conclusiones marcan un giro cualitativo respecto a otras reuniones del Movimiento Antiglobalización. Un giro provocado necesariamente por la nueva línea instalada en la Casa Blanca, dispuesta a imponer una dictadura mundial para garantizar su hegemonía. Esta línea política de «matón del oeste» coloca a EEUU de un modo escandalosamente evidente a los ojos de todos como el principal enemigo de todos los pueblos del mundo, como el principal explotador y opresor, como la principal fuente de guerra. Ni siquiera los movimientos sociales antiglobalización, tan dados a la «multilateralidad» a la hora de delimitar a quién se enfrentan, pueden rodear por más tiempo esta cuestión.

Porto Alegre (Brasil) Febrero de 2002

II Foro Social Mundial.
Afluencia masiva de organizaciones y participantes
Dos líneas para el Movimiento Antiglobalización

En el seno del movimiento antiglobalización existe una contradicción abierta entre dos líneas principales, entre dos tendencias irreconciliables7

Los distintos movimientos sociales que conforman el Movimiento Antiglobalización encuadran hoy a un sector cualitativamente importante de los sectores más adelantados y radicalizados del Primer y Segundo Mundo. Estos movimientos son, en su conjunto, poderosos creadores de climas de opinión y de conciencia antimonopolista y antiimperialista en los «países desarrollados».

Su organización, mediante un sistema de «descentralización coordinada», constituye una de sus fortalezas. Los centros de poder mundial se las tienen que ver con millares de organizaciones y colectivos distintos que actúan coordinándose por internet, y que han recuperado algunas de las mejores tradiciones de la izquierda, como la autofinaciación y el asamblearismo.

Sin embargo, en el seno del Movimiento Antiglobalización existe una contradicción abierta entre dos líneas principales, entre dos tendencias irreconciliables. De cuál se desarrolle, en detrimento de la otra depende el destino del Movimiento Antiglobalización.

Una línea tiende, zigzagueantemente, a ahondar en el contenido y en la orientación antimonopolista y antiimperialista que este movimiento tiene desde que nació, y a que consecuentemente se transforme cada vez más en un contenido y en una orientación antihegemonista. La otra línea lleva, en la práctica, a transformar el Movimiento Antiglobalización en un movimiento perfectamente asumible por los intereses de los principales centros de poder mundial bajo la batuta de EEUU. Esta línea se caracteriza por el oportunismo. Oportunismo de izquierdas y de derechas, aparentemente distintos, se dan la mano. Por un lado el oportunismo de izquierdas, el ultraizquierdismo, que plantea objetivos de resistencia, boicoteo y sabotaje frente a cualquier forma de capitalismo. Además de la evidente infiltración de la policía en este sector de los movimientos sociales, esta línea lleva claramente a aislar al Movimiento Antiglobalización de la gente. A presentar a los movimientos sociales como una pandilla de alborotadores rabiosos contra el sistema sin la menor capacidad de proponer alternativas a conquistar. Y también porque esta línea propone la «no participación y el no consumo en el sistema neoliberal», algo completamente alejado y ajeno a la vida de la gente que no sólo aspira, como es justo y le pertenece, a mejorar sus condiciones de vida y su capacidad de consumo, sino que participa de los aspectos democráticos del «sistema», y aprovecha los derechos y las libertades conquistadas durante décadas para luchar por sus intereses. Al aislar al Movimiento Antiglobalización de la gente, esta línea cumple el papel perfecto para justificar la criminalización de los movimientos sociales a la que aspira Washington. Por otro lado el oportunismo de derechas, el reformismo, que propone una «globalización más humanizada, legislaciones para las multinacionales que incluyan cláusulas de derechos humanos, etc...». Esta línea no cuestiona los organismos de poder de las burguesías monopolistas, sus Estados, sino que aspira a presionarlos para que acepten tales medidas. Pretenden curar la enfermedad tratando los síntomas, sin señalar, denunciar y combatir el germen patógeno. Quieren un hegemonismo cortés y educado, y un capitalismo reformado y regulado. Esta línea pretende convertir a muchos colectivos y ONGÕs en organismos de control y de encuadramiento de una buena parte de la gente más luchadora y consciente de los «países desarrollados». Ambas caras de la misma línea oportunista coinciden en plantear los adversarios a los que se enfrentan de manera notoriamente confusa. Enemigos como «globalización», «neoliberalismo», «militarismo», «injusticia global», no sólo contribuyen a errar el blanco, sino que ayudan a camuflarlo.

La unidad del Movimiento Antiglobalización tiene su fundamento en la diversidad y la descentralización. Pero al igual que no hay lucha sin unidad, no puede haber unidad sin lucha. Hoy es imprescindible un profundo debate de ideas acerca de quién es el enemigo principal, contra quién tiene que ir dirigido el filo principal de la lucha contra el sistema económico y político neo-liberal. Hoy, en el Movimiento Antiglobalización, al igual que entre todos los progresistas y revolucionarios, la línea de demarcación fundamental está en luchar o no contra los proyectos del enemigo principal de todos los pueblos del mundo.

Luchar consecuentemente contra la globalización, contra la explotación, las guerras, los abusos contra los derechos humanos, la destrucción del medio ambiente y el abismo entre los países ricos y pobres, ha de llevar necesariamente a señalar el principal sostén de todo el sistema capitalista en el mundo, muy por encima de cualquier otra potencia. Señalar, denunciar y combatir a EEUU como responsable máximo de la globalización es hoy la principal batalla dentro del Movimiento Antiglobalización.

La aldea global de Afganistán

Lo más parecido, en estos momentos, al gobierno mundial globalizador es la Casa Blanca

Todos los analistas políticos coinciden en que el 11 de Septiembre es un hecho crucial en la historia, a raíz del cual, hay que concebir de otra manera y desde otro punto de vista cuanto sucede en el mundo. Quizás sea el momento también de observar la globalización desde otro punto de vista.

Los defensores de la globalización anuncian que la humanidad camina velozmente a un mundo sin fronteras, en el que desaparecerán las viejas estructuras del «Estado-nación» y el mundo será dirigido por un gran gobierno mundial formado por instituciones supranacionales. Argumentan esta tesis en que el desarrollo de la tecnología, y en particular Internet, acorta las distancias entre las zonas más remotas del planeta, se puede establecer contacto en cuestión de segundos con una región lejana.

La información, gracias al desarrollo tecnológico, circula a gran velocidad por todo el planeta. El movimiento de capitales, productos y mercancías a nivel mundial, y los flujos migratorios, la circulación de ciudadanos, sobrepasa la división política del mundo en Estados. El mundo pasará a convertirse en una gran aldea global. En cierta manera tienen razón. Pero lo que no nos dicen estos teóricos es cómo se da este proceso en concreto y quién lo impulsa. Lo más parecido en estos momentos a un gobierno mundial globalizador es la Casa Blanca.

Su respuesta de combatir el terrorismo a nivel mundial mediante la fuerza militar, ha reordenado a todo el planeta. Han dotado de plena legitimidad a sus servicios secretos para que actúen con total impunidad en cualquier lugar del mundo. Y su política de dotar de una completa autonomía a los servicios de seguridad de los Estados respecto al control judicial y legislativo está siendo adecuado por todos los países occidentales siguiendo la batuta norteamericana. EEUU cuenta en estos momentos con un despliegue de armamento superior al de la suma del de las 15 potencias militares que le siguen. Argumento más que suficiente para que sus dictados sean rara vez cuestionadas por otros Estados. Por otro lado, la concepción de Estados libres y soberanos se ha visto debilitada en estos últimos meses. Europa entera se plegó ante declaración de guerra de EEUU, y fue Washington y no los Estados europeos, el que decidió quién intervenía en la guerra y cuando.

La guerra misma es el más claro ejemplo de movimiento «globalizador» de capitales, productos y personas. A raíz del 11 de Septiembre, EEUU ha desplegado más armamento por todo el mundo del que disponía en la época de la guerra fría: un auténtico flujo de capitales para el Pentágono. En su tenebrosa producción de mercancías, el complejo militar-industrial yanqui ha generado un intenso movimiento de productos elaborados: las bombas que ininterrumpidamente han estado cayendo sobre suelo afgano durante tres meses seguidos.

Y el movimiento de ciudadanos por ellos provocado es doble: por un lado, todos los soldados destinados a Afganistán; y de otro, los cientos de miles de refugiados afganos que abandonaron su país huyendo de las bombas. La rápida circulación de la información la hemos visto en las imágenes de la CNN que continua y persistentemente ofrecían las televisiones occidentales. La CNN, ejerciendo de televisión oficial del gobierno de los EEUU, nos ha proporcionado la mayoría de imágenes del 11 de Septiembre y la contienda bélica. Bush ha declarado en varias ocasiones que la guerra de Afganistán sólo es el principio y ya ha expresado su voluntad de emprender una ofensiva militar contra Irak. En esto es, en definitiva, en lo que concluye su globalización y la aldea global en la que quieren convertirnos.

Juan del Moral