De Verdad 03/2002 - SUMARIO
REPORTAJE CENTRAL
Marzo 2002
Especial
cumbre de Barcelona:
Globalización
y hegemonía norteamericana
Durante este año nuestro país va a ser escenario de diversas movilizaciones del movimiento «antiglobalización» en diferentes ciudades, protestando contra las reuniones de presidentes de Estado y de gobierno e instituciones europeas que albergará España como presidencia de la Unión Europea. La globalización se ha convertido en uno de los principales temas de debate entre la gente progresista de todo el mundo. Y en su contra se ha levantado un potente movimiento social, al grito de «no somos una mercancía», organizado principalmente entre amplios sectores de los países más desarrollados del primer y segundo mundo.
La causa de esta rebelión hay que buscarla en el rechazo a las cada vez mayores desigualdades que el desarrollo actual del capitalismo está generando, y que el Informe de Naciones Unidas sobre el Desarrollo Humano no hace más que corroborar con la crudeza de sus cifras: «Las 225 personas más ricas del mundo poseen tanto como los 2500 millones más pobres del planeta. Sólo tres de ellos poseen más riqueza que la suma del Producto Nacional Bruto de todos los países menos desarrollados y sus 600 millones de habitantes.».
A esto se le unen las agresiones sistemáticas que los monopolios provocan en nuestras propias vidas en asuntos tan vitales como la salud (enfermos asesinados por la utilización de fármacos defectuosos de multinacionales farmacéuticas) o la alimentación ( con los recientes casos de «vacas locas» o la intoxicación por dioxinas.) Todo el mundo está de acuerdo en que hay que combatir la globalización, cuyas consecuencias las pagamos la inmensa mayoría del pueblo, pero enfrentarse a ella implica saber en concreto ¿qué es?, ¿en que consiste? Y tener conciencia de contra qué estamos luchando.
¿Qué es la globalización?
Todos coiniciden en señalar que la globalización es un nuevo fenómeno económico, político y social que se extiende actualmente en todo el mundo y causa crecientes desigualdades sociales. Pero, si por globalización entendemos la concentración de capital y que éste se extienda mundialmente, sobrepasando las fronteras políticas establecidas entre los Estados; éste no es ningún fenómeno nuevo. Ya lo describía Marx hace más de 150 años, en «El Manifiesto Comunista» cuando decía: «La burguesía no puede existir si no es revolucionando incesantemente los medios de la producción, que tanto vale decir todo el sistema de la producción, y con él todo el régimen social... ... La necesidad de encontrar mercados espolea a la burguesía de una punta a otra del planeta. En todas partes anida, por todas partes construye, por doquier establece relaciones. La burguesía, al explotar el mercado mundial, da a la producción y consumo de todos los países un sello cosmopolita.».
La burguesía, sometida a la competencia, tiene que invertir capital en revolucionar la producción con el objeto de producir más, mejor y más barato que sus competidores; y en su búsqueda de nuevos mercados en los que realizar o vender su producción va rebasando las fronteras establecidas entre ciudades, regiones, países. El desarrollo de las fuerzas productivas y la internacionalización de la producción son dos leyes inexorables del capitalismo. No son buenas ni malas en sí mismas. Son dos leyes objetivas, independientes de la voluntad de los individuos. Como la ley de la gravedad. Debajo de la globalización se esconden dos fenómenos que es necesario distinguir y separar. Por un lado el desarrollo continuado de las fuerzas productivas hace que los progresos se precipiten unos sobre otros y que aumente el nivel de vida del conjunto de la humanidad.
Es reconocible a simple vista, que nosotros vivimos mejor que nuestros padres, y nuestros padres mejor que nuestros abuelos. Era impensable hace quince años el uso generalizado de Internet o de la telefonía móvil o pensar en el empleo de la genética para reconstruir órganos o tejidos dañados. Y no sólo se aprecia mejoría en los países más desarrollados. La extensión de la producción industrial al tercer mundo implica también la propagación del progreso material. Junto al traslado de las fábricas se crean redes de infraestructura, hospitales, colegios, que hacen que el nivel de vida de llas poblaciones mejoren. Como es lógico, a las multinacionales que se establecen en esos países no les interesa tener una mano de obra enferma o desnutrida, crean un sistema de enseñanza para formar a los trabajadores y potencian la creación de un mercado en el que colocar sus productos. El capitalismo por su propia naturaleza, necesita poner en movimiento, para revalorizar el capital a toda la sociedad, integrarla en el proceso de producción y circulación de las mercancías. Y al hacerlo crea, globalmente, el acceso a mejores condiciones de vida. Pero si esta concentración y expansión del capital, en sí misma considerada, no es mala y el desarrollo de las fuerzas productivas conduce a una mejora relativa de las condiciones materiales de la gente, ¿dónde radica el antagonismo de la globalización? ¿Cuál es el problema?
La «injusticia globalizadora» se halla en el abismo social cada vez mayor que separa a la sociedad, que genera colectivamente la riqueza, con el pequeño puñado de monopolios de unos pocos países que se la apropian en su mayor parte. De la inmensa riqueza generada por la sociedad, son unos pocos los que se reservan el derecho a decidir sobre ella, y lo hacen en función de sus intereses. Aumenta la riqueza, sí, pero mientras que un obrero pone un nuevo ladrillo en su casa, los dueños de los monopolios elevan su mansión en varios pisos, y el abismo que los separa se hace más profundo.
Globalización y democracia virtual
Para mantener esta relación injusta los regímenes democráticos han de ser transformados en «democracias virtuales», en las que determinadas libertades individuales (derecho al voto, libertad de culto, derecho a la propia imagen...) se encuentran desarrolladas, pero las libertades colectivas, jurídicamente reconocidas, las disfrutan exclusivamente los monopolios. Así sucede con la libertad de prensa, en el que la mayoría de los medios de comunicación se encuentran altamente concentrados en unos cuantos grupos editoriales vinculados a monopolios financieros que se dedican a transmitir la realidad que a ellos les interesa, intentando imponer que no existe más verdad que la que ellos reflejan. Los propios Estados están controlados por las burguesías monopolistas para llevar a delante sus proyectos y la idea de Estados democráticos y libres se aleja de la realidad. El hecho de que el embajador francés en EEUU fuera llamado a la Casa Blanca para que diera explicaciones por las declaraciones hechas por el gobierno galo oponiéndose a una posible intervención militar norteamericana en Irak, pone de manifiesto lo limitada que es la soberanía de una potencia económica y política como Francia. La denuncia del abismo social existente entre las burguesías monopolistas, que se apropian y disponen de la riqueza, y los pueblos del mundo, que la generan, debe ser el eje de combate del movimiento antiglobalización, pues es esta la verdadera esencia de este fenómeno.
¿Quién es el enemigo?
La «injusticia globalizadora» se halla en el abismo social cada vez mayor que separa a la sociedad, que genera colectivamente la riqueza, con el pequeño puñado de monopolistas de unos pocos países que se la apropian
Con frecuencia el movimiento antiglobalización sitúa blancos difusos, colocando como enemigos de los pueblos del mundo al sistema, las multinacionales o las instituciones supranacionales. En cualquier aspecto de la vida resulta inconcebible pensar que la causa de las cosas cotidianas que nos suceden sea algo tan abstracto como el sistema.
Pagamos la hipoteca de nuestra vivienda a un banco determinado. Somos contratados o despedidos por una empresa concreta, con nombre y apellidos. Y pagamos nuestros impuestos al ministerio de Hacienda de un determinado Estado. A nivel global sucede lo mismo. No ha sido el sistema quien ha bombardeado durante 3 meses Kabul en la última guerra de Afganistán, sino la aviación norteamericana. Colocar como sujeto de todo lo que sucede al «sistema» oculta al verdadero autor de los hechos.
Entre determinados colectivos antiglobalización está extendida la idea de que el fenómeno globalizador se corresponde con el imperio de las multinacionales y transnacionales. Un conglomerado del capital mundial situado por encima de los Estados y los países. La idea de que el capital no tiene origen de procedencia, vuelve a ser una errónea percepción de la realidad. De las 500 multinacionales más importantes del mundo, 244 son de capital norteamericano. En el mercado del automóvil, un 36% de la producción la concentran Ford y General Motors. Aunque realicen su producción en diversos países de Europa (Italia o España) o Asia (Corea o Taiwán), el beneficio de esta producción recae sobre los monopolios norteamericanos.
La extraordinaria concentración de capital de que dispone la burguesía monopolista norteamericana, le permite tener el Estado más poderoso del mundo y la mayor concentración militar que ha tenido ningún imperio en la historia. Casos recientes como el escándalo del monopolio norteamericano de energía Enron ha destapado las relaciones reales que existen entre el poder económico y el político. La crisis de Enron, por falta de liquidez para hacer frente a sus acreedores, ha sacado a la luz pública como la multinacional financió la campaña electoral de Bush, proporcionaba fondos al gobierno norteamericano y pagaba directamente a senadoes, congrsistas, jueces y fiscales. Con Enron se ve claramente cómo los Estados son gestores directos de los intereses monopolistas.
La globalización no es fruto del sistema ni de las multinacionales, sino el proyecto de dominación global de la burguesías monopolistas encabezado, dirigido y hegemonizado por la yanqui. Dispuesta a hacer valer, como única superpotencia existente, su dominio mundial. Para lo que dispone de la suficiente capacidad de intervenir, económica, política y militarmente allá donde considere que hay intereses suyos en juego. Las instituciones supranacionales de las que hablan los colectivos antiglobalización: Fondo Monetario Internacional (F.M.I.), Banco Mundial (B.M.) no son otra cosa que instrumentos suyos. Creados por ellos en la década de los 50, y en los que poseen los resortes de poder y decisión. Estados Unidos tiene casi la mitad de los votos de las juntas directivas del B.M. y el FM.I. y tres veces más que cada uno de los países miembros. Foros económicos como el G-8 o el Foro de Davos son utilizados por EEUU para aglutinar en torno a sus proyectos al resto de potencias imperialistas, como puso de manifiesto la última reunión del Foro de Davos en Nueva York, en el que buena parte de su agenda se destinó a tratar las próximas ofensivas bélicas de EEUU y la posibilidad de un ataque militar a Irak.
La creciente deuda externa que tiene asfixiada la economía de la inmensa mayoría de países del tercer mundo, sólo para pagar los intereses, es utilizada por EEUU a través del B.M. y del F.M.I. como un instrumento de control y dominio político y económico sobre esos países, agudizando las contradicciones hasta el límite o paliándolas según sus intereses. Así, por ejemplo, a mediados de los 90, el B.M. resolvió por medio de préstamos la crisis económica que padecía Méjico, con el objeto de sanear su economía para que no fuera un obstáculo tras la entrada en el TLC, un mercado común dirigido por EEUU y en el que se encuentran integrados Canadá y Méjico.
La bancarrota económica del país azteca hubiera supuesto un fuerte obstáculo al traslado de la producción de las multinacionales yanquis a este país, una intensa inestabilidad social y política que no interesaba a EEUU y les podría haber provocado una oleada masiva de inmigrantes. Por el contrario, este año con Argentina el B.M., denegando los créditos solicitados, ha dejado que la situación se pudra hasta el extremo. Argentina es miembro de Mercosur, mercado económico formado junto con Chile, Brasil Paraguay y Uriuguay, relativamente autónomo a EEUU y zona privilegiada de inversiones para el capital europeo. El desarrollo de la crisis argentina obedece a una ofensiva yanqui, no sólo sobre este país, sino sobre el Mercosur y la Unión Europea, demostrando que en toda América sólo manda EEUU, y que no está dispuesto a aceptar intrusos ni desobedientes en su patio trasero.
El nivel de concentración del poder político, económico y militar alcanzado por EEUU en las últimas décadas, agudiza su antagonismo con la libertad, la paz y la estabilidad de los pueblos. Todo el desarrollo de la globalización apunta en esa dirección. Coger firmemente el blanco antihegemonista, la denuncia de la política de EEUU en el mundo, y combatir sus proyectos es crucial para el movimiento antiglobalización. Tomar esa posición sin vacilaciones es la consecuencia coherente de la lucha que estos colectivos están llevando.
Juan del Moral