Nž 4 - ABRIL 2002

 

ANÁLISIS

Cumbre europea en Barcelona:
Europa ha muerto... ¡viva Europa!

Hay en juego dos proyectos para Europa, y dos ejes que se disputan el poder para imponerlo

A rey muerto, rey puesto. Esta es, en esencia, la conclusión de la reciente cumbre europea. El resumen de la distancia entre la amenazadora frase de Schroeder hace tan sólo un año, «Aznar me las pagará todas una a una», y el programa presentado por la comisaria española Loyola de Palacio, «el éxito depende de romper la alianza entre Alemania y Francia».

Barcelona ha sido la primera ocasión donde el eje que une a Londres, Madrid y Roma ha dictado la agenda europea, mientras el antiguo motor centroeuropeo (Berlín y París) se ha limitado a defender sus posiciones. ¿Cuál es la contradicción que subyace entre estos dos ejes continentales? ¿Cómo se ha manifestado en Barcelona?

Las informaciones de la cumbre presentaban un eje neoliberal (integrado por Aznar, Blair y Berlusconi) imponiendo un drástico programa de liberalizaciones, frente a alemanes y franceses como defensores de un punto de vista más social. ¿Se ha convertido el conservador Chirac en un activista social? ¿Es Alemania, impulsora de los draconianos recortes de Maastricht, la trinchera frente al liberalismo? No es ideología lo que los separa, sino política, entendida en su sentido más estricto de lucha por el poder.

Los «euroentusiastas» critican a Aznar por imponer un frenazo a la construcción política europea. Al mismo tiempo, la presidencia española ha presentado como lema «Más Europa», y el paquete económico impulsado en Barcelona supone las bases del desarrollo continental. En rigor, ambos tienen razón. Porque la batalla no está entre construir o diluir, sino en qué Europa se crea y, sobre todo, cuál será su proyección mundial. Entre la cumbre de Niza, cenit del poderío germano, y la de Barcelona, explosión del eje Londres- Madrid-Roma, hay dos diferencias sustanciales.

En primer lugar, han desaparecido los debates sobre la necesidad de una reforma política que dote de cohesión al continente (Europa federal frente a Europa de los Estados), y que ocupaba hace un año la mayoría de las energías. La reforma económica ha pasado a primer plano, centrándose en la necesidad de eliminar las barreras que el modelo social europeo impone a la competitividad de las grandes empresas. La defensa franco germana de determinados puntos sociales no reside en convicciones progresistas sino en ralentizar el programa liberalizador para que no diluya el sistema de relaciones que los ha encumbrado como único centro europeo. Este es el hueso donde se encuentran los cuchillos.

Aznar, Blair y Berlusconi han impuesto como prioridad la liberalización económica, pero dinamitando la ingeniería política que ha hecho girar a todo el continente en torno a Berlín. La alianza de burguesías que constituye la Unión Europea reporta múltiples beneficios a cada una de ellas, y este es el vector que pretende impulsar el nuevo eje europeo. Pero, al mismo tiempo, asegurando que nunca más un solo país, Alemania, pueda constituirse en centro único al cual el resto debe someterse.

No es un problema económico, no se trata del avance neoliberalizador frente a los defensores de los restos del Estado del bienestar. Hay en juego dos proyectos para Europa, y dos ejes que se disputan el poder para imponerlo.

¿Dónd está la fuerza del neoliberalismo?

Aznar afirma que «el proceso de reformas económicas en Europa es irreversible». ¿Por qué? ¿Se basa en la superioridad económica de los procesos liberalizadores? Es cierto que las medidas adoptadas en Barcelona coinciden con los intereses de muchos grandes monopolios europeos, ¿pero es está la única razón?

¿Cómo ha podido España pasar, en apenas un año, de país acosado por el gigante germano a aspirar a convertirse en uno de los directores de orquesta?¿Por qué Inglaterra, tradicionalmente euoescéptica, aparece ahora impulsando de forma entusiasta un camino para Europa? Las privilegiadas relaciones de ambos, y de su socio Berlusconi, con EEUU nos dan la respuesta al interrogante.

Alemania construyó un sistema orbital que satelizaba al resto de países, pero el once de septiembre le ha enfrentado con la realidad de que sólo es una nebulosa de una galaxia con centro en Washington. Londres, Madrid y Roma han visto como su papel en Europa se acrecentaba presentando el aval norteamericano. A cambio, impulsan la construcción europea que interesa a la Casa Blanca, y que coincide con intereses propios: el paraguas protector les impide ser deglutidos o marginados por Berlín.

¿Cuál es ese modelo de Europa? Cuanto más desarrollo económico mejor, cuanta más apertura de mercados mejor (destrozar la tela proteccionista que impide a muchos monopolios estadounidenses competir en Europa). Lo que no puede avanzar es la unidad política, es decir no puede conformarse un centro de poder único capaz de convertir Europa en un competidor serio. EEUU no sólo puede aumentar su poder, hasta crear un abismo militar y político.

Ahora pretende cercenar el mismo proyecto de una Europa con posibilidades de ser un actor mundial autónomo. Esta es la fuerza irresistible del proyecto europeo de Aznar, Blair y Berlusconi

Liberalización... ¿para quién?

Para entender a los políticos es necesaria una traducción simultánea. Cuando hablan de liberalización no significa eliminar las barreras para que todos puedan competir... sino ampliar las facultades de los grandes monopolios para copar nuevos mercados.

Aznar pretende que Francia liquide el monopolio estatal eléctrico, la poderosa EdF, pero al mismo tiempo conserva la «acción de oro», que faculta al gobierno para vetar adquisiciones de capital en los monopolios españoles recientemente privatizados si no concuerdan con los intereses de sus propietarios, los grandes bancos españoles. Berlusconi critica el proteccionismo galo, pero vetó la adquisición por parte de la eléctrica francesa de una holgada mayoría en Montedisson, una de las joyas de la economía italiana. París, por su parte, ha invocado «la defensa del servicio público como interés general», para mantener la situación de privilegio del capital francés. Cuando los grandes políticos europeos discuten entre liberalismo y proteccionismo no se enfrentan dos concepciones económicas.

Es el reflejo de una enconada batalla monopolista por el control de los mercados. La agudización de la competencia obliga a los grandes gigantes a ocupar el trozo que el otro posee si no quieren que a ellos también les pase lo mismo. Y, cuando la batalla se encona, es necesario prescindir de gastos superfluos, por ejemplo los laborales. Por eso otra de las patas de Barcelona ha sido la «flexibilidad laboral», «la necesidad de ajustar los salarios a la productividad», «eliminar rigideces en el mercado laboral». Es decir, mano de obra más barata, más disponible para ajustarse a las necesidades de los propietarios del capital. Es curioso que los gobiernos pidan menos Estado cuando están en juego derechos de la gente, y sin embargo pongan en marcha toda la maquinaria estatal cuando se trata de defender los intereses de los grandes monopolios. Misterios de la globalización.

Joan Arnau