NĽ 4 - ABRIL 2002

 

MOVIMIENTO ANTIGLOBALIZACIÓN

¿Quién está en contra de la globalización

Queremos globalizarlo todo y por todos los sitios, queremos globalización sin frenos, ni límites.

Queremos un mundo globalizado hasta sus últimas consecuencias.

Queremos que se desarrolle la producción incesantemente, que no se detenga el progreso, por el contrario que se acelere para que la humanidad en su conjunto salgamos del «reino de la necesidad» y «la madre tierra, como decía Lorca, dé sus frutos para todos».

Queremos que los bienes, que usa y disfruta hoy una pequeña elite, estén al alcance de todas y cada una de las personas que residimos en el planeta.

Son ustedes señores, el pequeño puñado de propietarios de los monopolios y multinacionales los que se oponen a la globalización sin límites.

Son ustedes, actuando como un corsé opresor, quienes frenan la globalización. Ustedes no quieren la globalización cabal y completa para todos, porque su objetivo es el máximo beneficio individual, reservándose el derecho a disponer de la riqueza que generamos toda la sociedad, a costa de despojarnos de este beneficio al 80%, a los desheredados de la humanidad.

Y nos la arrebatan por la fuerza, de las armas o de vuestras leyes. Otorgándose el derecho a decidir sobre nuestras vidas. Contra ustedes se convocó la manifestación de Barcelona, coreando consignas contra la Europa del capital y la política de guerra de EEUU de un extremo a otro de Vía Layetana.

Contra ustedes se ha levantado este movimiento mundial, que no cesa de ganar apoyos de una convocatoria a otra. Y contra ustedes nos vamos a seguir concentrando para no dejaros tranquilos en cualquier rincón del planeta, allá donde os hayaís reunido.

¡Globalización sí y ya, y cuanta más mejor!

«En el tiempo que lleva de existencia como clase soberana, la burguesía ha creado energías productivas mucho más grandiosas y colosales que todas las pasadas generaciones juntas. Basta pensar en el sojuzgamiento de las fuerzas naturales por la mano del hombre, en la maquinaria, en la aplicación de la química a la industria y a la agricultura, en los ríos abiertos a la navegación, en los nuevos pueblos que brotan de la tierra como por ensalmo...¿Quién en los siglos pasados pudo sospechar siquiera que en el regazo de la sociedad fecundada por el trabajo yaciesen soterradas tantas y tales energías y elementos de producción?».

Así de admirados describían Marx y Engels las enormes posibilidades que para la humanidad suponía el colosal salto productivo del capitalismo. «El manifiesto comunista» apuesta por desarrollar al máximo la capacidad de transformación del trabajo humano. Se rebela contra que esa riqueza esté encarcelada por el poder de clase de la burguesía. Igualmente nosotros nos mostramos contentos al contemplar los beneficios de los avances de la tecnología y la producción. Producir más significa elevar el nivel de vida y bienestar general, que cada generación viva en mejores condiciones que sus predecesores.

Y queremos que esos avances se generalicen cuanto antes en cualquier parte del mundo, cualquier persona pueda cenar caviar y faisán asado: Que todo el mundo pueda tener acceso a un Jet privado como el «Air Force One» que tiene el presidente de los EEUU. Y lo queremos ya. Diferimos con Bush en que el 60% de la investigación científica se destine a uso militar y no en sanidad al servicio de la humanidad. Esta cuestión debe quedar medianamente clara en el movimiento antiglobalización. Hay que abrir un amplio debate sobre esto, en todas y cada una de las organizaciones que componen, participan y apoyan el movimiento antiglobalización.

Y de la misma manera que hemos de aclararnos contra quién luchamos, tenemos que definir con claridad por qué luchamos. El movimiento antiglobalización, de igual manera que no nos oponemos al desarrollo de la producción sino que la apoyamos decididamente, no nos oponemos al «consumismo».

No se trata de «consumir menos para consumir mejor», ni de «consumir menos para que consumamos todos». Hoy las mercancías no son escasas y cada vez lo son menos, el problema está en qué gestión se hace; ¿acaso nos se destruyen mercancías para mantener los precios y al mismo tiempo 2/3 partes de planeta son pobres? ¿La realidad no es que la inmensa mayoría del planeta consume muy poco y sólo una ínfima minoría derrocha? ¿Acaso no es justa la aspiración de vivir cada vez mejor?

La misma contradicción se encuentra en la consigna del «desarrollo ecológicamente sostenible», porque la producción esquilma, hasta agotar, los recursos naturales y destruye el equilibrio ecológico poniendo en peligro todo signo de vida sobre el planeta. Es cierto que hay un grave deterioro del sistema ecológico, es cierto que se ha provocado un agujero en la capa de ozono, es cierto que existe un efecto invernadero que trastoca los ciclos climáticos, ¿pero cuál es la causa de estos desastres? ¿el desarrollo de la producción o la gestión de ese desarrollo? ¿no será que en su afán de máximo beneficio en el menor tiempo posible, no se considere para nada el medio ambiente? ¿no está en la base de todo desastre ecológico la reducción de costes al máximo?

No es que desarrollar la producción sea bueno, es que oponerse a su desarrollo es reaccionario. Igual que la abundancia es la base de la libertad, la escasez provoca inevitablemente su restricción. Queremos desarrollar la producción al máximo, ampliando al mismo tiempo la tecnología y el conocimiento de las leyes que rigen la naturaleza para dominarlas. Ponerlas al servicio de todos los hombres creando riqueza de forma continuada y creciente para el uso y disfrute de la humanidad en su conjunto. Y para ello es necesario que la gestión de producción y de la riqueza generada esté en manos de los que la producimos y al servicio de los pueblos y no en manos y al servicio de una ínfima minoría.

Oponerse al desarrollo de la producción es intentar parar a rueda de la historia. Nuestro objetivo es ser dueños de nuestra historia y hacerla avanzar al servicio de toda la humanidad.

«El mundo no puede ser una mercancia»

Con esta consigna se rebelaron miles de personas en Seattle. El sometimiento de la capacidad productiva de la humanidad a un puñado cada vez más pequeño de grandes monopolios es una gangrena y un peligro.

El problema no son las gigantescas fuerzas de producción levantadas por el capitalismo, sino su apropiación por un reducidísimo núcleo que antepone el máximo beneficio a cualquier consideración. Cualquier cosa se convierte en sus manos en una mercancía, incluso las vidas humanas. Derechos vitales como la alimentación o la salud se convierten, bajo su dominio, en un peligro permanente. No existe nada sagrado, sus ojos sólo ven en la humanidad y en la naturaleza fuentes de rentabilidad inmediata. La brutal competencia monopolista obliga a cada gigante financiero a disminuir costes si no quieren ser arrasados por otro competidor.

Y lo hacen de todas las formas posibles. Distribuyendo filtros de diálisis defectuosos, como BAXTER o medicamentos adulterados, como BAYER. Envenenando la comida con dioxinas, priones, etc. Abaratando la mano de obra y recortando derechos sociales. Destrozando parques naturales como el de Alaska para extraer petróleo. Estamos en contra de la globalización de la dictadura monopolista. No queremos que el mundo, que la vida humana, se convierta en una mercancía.

El obstáculo al desarrollo de la producción no son las reivindicaciones que pretenden imponer límites al poder de los monopolios. La barrera son los monopolios mismos. ¿No bloquean los gigantes farmacéuticos la producción de medicamentos genéricos contra el sida? ¿No han vetado la vacuna contra la malaria que inventó el científico Colombiano Manuel Patarroyo? ¿No utilizan todo su poder para que sólo se desarrollen las ramas de la producción que les interesa? ¿No se dedican los mejores esfuerzos a perfeccionar sus armas de destrucción? Si se elimina el tapón monopolista, la capacidad productiva de la humanidad se podrá desarrollar libremente, dando un enorme salto.

¿Quién es el enemigo?

Estamos a favor del desarrollo productivo... estamos en contra del imperialismo. Cuando Bush habla de globalización, se refiere al proyecto de dominación mundial de la burguesía monopolista norteamericana. A esto es a lo que se oponen furibundamente el medio millón de personas que se concentraron en Barcelona, como antes lo hicieron en Génova o Seattle.

Nunca ha existido un gobierno mundial tan férreo como el que representa la actual hegemonía de EEUU. Mientras se difunde que la política ha sucumbido ante los intereses de gigantescas corporaciones económicas, Bush violaba las leyes del libre mercado instaurando, mediante una decisión política, aranceles para las importaciones de acero a EEUU.

Nos oponemos a que un puñado cada vez más pequeño de oligarquías financieras, nucleadas como burguesías monopolistas, impongan su dictadura sobre el conjunto de la humanidad. Nos oponemos a que, a través de un impresionante aparato estatal, expolien el planeta, imponiendo a sangre y fuego su dominio. Estamos en contra de la sangrante estadística encerrada en que las cuatro primeras multinacionales norteamericanas posean tanta riqueza como 120 países.

Nos parece indignante que el presupuesto militar norteamericano sea superior al PIB del Africa subsahariana. La dictadura terrorista mundial hacia la que nos aboca la voracidad de los peores halcones de Washington es el mejor ejemplo del negro carácter del imperialismo elevado a la máxima potencia. Las leyes del desarrollo económico no circulan libremente por todo el planeta. Tres cuartas partes del mundo no pueden acceder a ellas porque se lo impide la opresión política y militar del imperialismo. Sólo eliminando el imperialismo, solo acabando con el sojuzgamiento impuesto por EEUU, puede desarrollarse el potencial de desarrollo que alberga el conjunto de la humanidad. Ellos son el principal obstáculo del desarrollo humano, no sólo del político, cultural... también del económico.

No queremos que EEUU se comporte de forma civilizada, no pretendemos que aumente el control internacional sobre los imperios. Queremos acabar con ellos. Queremos que las relaciones internacionales no estén presididas por la fuerza, por la imposición, la única manera posible dentro del imperialismo. No nos conformamos con menos.

Otro mundo es posible

«En efecto, la abolición de las clases sociales presupone un grado histórico de desarrollo tal, que la existencia, no ya de esta o de aquella clase dominante concreta, sino de una clase dominante cualquiera que ella sea y, por tanto, de las mismas diferencias de clase, representa un anacronismo. Presupone, por consiguiente, un grado culminante en el desarrollo de la producción y de los productos, y, por tanto, del poder político, del monopolio de la cultura y de la dirección espiritual por una determinada clase de la sociedad, no sólo se hayan hecho superfluos, sino que además constituyan, económica, política e intelectualemente una barrera levantada ante el progreso. Pues bien, a ese punto ya se ha llegado».
Del socialismo utópico al socialismo científico. Federico Engels

Queremos el progreso. Por eso gritamos que otro mundo es posible. Por eso estamos convencidos que la humanidad va a avanzar hacia una sociedad mejor. ¿Por qué si cada vez se produce más son sin embargo mayores las diferencias sociales? ¿Es acaso admisible que 225 fortunas posean tanto como media humanidad? Estamos en contra de las leyes que rigen que uno de ellos valga tanto como diez millones de nosostros. ¿Por qué si para producir la riqueza es necesaria la participación de toda la sociedad cuando llega el momento de apropiársela solo se sientan a la mesa unos pocos? Estamos en contra del robo legalizado que supone el mando del capital sobre el trabajo.

Sí, queremos el progreso, pero el progreso completo, cabal, el que posibilita que «la tierra dé sus frutos para todos». No es que queramos un mundo más justo, es que queremos otro mundo. ¿O acaso se conformó la burguesía con mejorar el feudalismo? ¿Entonces por qué nosotros tenemos que tragar con su mundo como si éste fuera la culminación de la historia? Cuando los manifestantes de Barcelona o Seattle gritan que otro mundo es posible no hacen sino despertar el viajo fantasma que Marx hizo deambular por toda Europa. Expresan, con las referencias que la izquierda tiene hoy disponibles, la centenaria aspiración de que «el mundo cambie de base».

Los violentos surcan los cielos de Irak

El «Wall Street journal» dijo: «Tras el 11 de Septiembre el movimiento antiglobalización tiene sus días contados». Se refería a él como a un grupo de alborotadores violentos que en un situación radicalizada contra el terrorismo internacional estaba destinada a ser disuelto. No podía estar permitido ningún tipo de respuesta a la ofensiva norteamericana. Había que atar en corto un movimiento que en Seattle o Génova ya empezaba a mostrar su poder.

La contestación ha sido la mayor manifestación antiglobalización. Y la que más ha enfilado a EEUU como el blanco principal. Siguiendo las consignas de la metrópoli, Aznar se había apresurado a generalizar como «peligrosos violentos» a todos los manifestantes, estableciendo un desmesurado despliegue policial y criminalizando de antemano al movimiento. ¿Dónde están los violentos que no los veo? El talante reivindicativo y pacífico en el que se desarrollo la manifestación y la exquisita organización con la que se preparó dejó sin argumentos a quienes pretendían atacarla. La propia organización de la manifestación dispuso de un cordón humano que escoltaba a los manifestantes y que inmediatamente aislaba físicamente a los escasos elementos provocadores que aparecieron entregándolos a la policía. Los violentos habrá que buscarlos en otros sitio, tal vez a los compatriotas del «Wall Street Journal» que residen en la Casa Blanca, sedientos de guerra. Que tras arrasar Afganistán bombardeando a la población civil durante tres meses seguidos, no han tenido bastante y ahora quieren más. Preparando incesantemente el ataque a Irak sin causa alguna. No sean cínicos, queridos periodistas del Wall Street Journal. Todos sabemos quienes son los violentos.

R. D.