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N¼ 4 - ABRIL 2002 |
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SELECCIÓN DE PRENSA Es una tragedia comprobar que algunos creen o pretenden creer que liquidar a Arafat es la clave para acabar con un terrorismo palestino que es síntoma, que no causa, de ésta. Es una mala broma ver al presidente de EE UU exigiendo a Arafat, cautivo en un zulo en Ramala, que sea más aplicado en contener los atentados suicidas. Es un drama que la UE, Rusia y China no asuman otro papel que el de plañideras, cuando no de meretrices silenciosas. Y da auténtico pánico comprobar en manos de quiénes estamos, entregados a decisiones de unos desasistidos. Nadie dude de que Sharon quería matar a Arafat. Si no lo hace es porque, incluso para Washington, esa 'solución' es grosera. También hay certeza de que, con los miles de muertos que se sumen en próximas semanas o meses, las partes habrán de sentarse para buscar una forma de vida que no sea matarse. Y de que el fin de la tragedia es imposible con una política, no ya colonial, sino de desprecio abismal al prójimo. La política de Sharon ha generado la espiral de tragedia y miedo entre los israelíes que amenaza a la propia democracia de Israel, al sano juicio de los pueblos y al sentimiento de piedad individual, íntimo, de todos los seres humanos afectados por la misma. Israel no puede ganar esta guerra, por no hablar de la paz, echando por la borda los principios que dan sentido a un Estado surgido del infinito horror del holocausto nazi. Pero además, puede perder el alma. Cuando se confirma que soldados israelíes marcan números en los brazos de sus prisioneros, que pintan cruces en las casas registradas o devastadas, que llaman por altavoces a los hombres entre 15 y 55 años para que se entreguen en la calle y que detienen a policías palestinos que después aparecen muertos de un tiro en la nuca, todos los israelíes debieran sentir un terrible escalofrío. Herman Tertsch Carta de un judío norteamericano a los europeos Este tipo de problemas morales no preocupa excesivamente a las élites que hacen la política exterior estadounidense. Un país que se proclamó abanderado de la libertad, reclutó como aliados a Franco, Pinochet y Salazar, a los generales brasileños, griegos, indonesios, coreanos, paquistaníes y turcos, al sha de Irán y, tras su destitución, al enemigo de la revolución iraní, a Sadam Husein. En semejantes compañías, Sharon es un personaje secundario. Israel fue un aliado militar muy estimado en la guerra fría, sus Fuerzas Armadas probaban los sistemas de armamento, y sus servicios secretos llevaban a cabo operaciones que la CIA no podía emprender. El que entonces era enemigo de la influencia soviética en Oriente Próximo ahora es un adversario de las variantes de panislamismo y arabismo. No hay partidarios más firmes de la alianza con Israel que los burócratas, ideólogos y funcionarios estadounidenses que consideran un deber de EE UU la hegemonía imperialista. La mayoría de ellos no son judíos, aunque algunos están influidos por el respeto calvinista hacia el pueblo del Antiguo Testamento. (Los estadounidenses más acérrimos defensores del Gran Israel son algunos de los integristas protestantes.) Incluso los magnates tejanos del petróleo, ahora instalados en la Casa Blanca, molestos por las impertinencias de la familia real saudí y por las quejas de los emires, consideran a Israel un aliado indispensable. El 11-S ha fortalecido la cooperación de la comunidad judía con los más partidarios del unilateralismo de la política exterior estadounidense. Los esfuerzos de Clinton por lograr la paz son un recuerdo incómodo para muchos defensores de Israel. (...) Lo primero que los europeos necesitan para ser eficaces en Oriente Medio es independizarse de Estados Unidos. Patten y Solana, de la Unión Europea; los ministros de Asuntos Exteriores británico, francés, alemán, español y sueco, y el primer ministro francés han criticado a Estados Unidos en las últimas semanas. (El canciller alemán, en una entrevista con The Washington Post, secundó con tanta ceremonia la política estadounidense que sonaba a ironía). La retórica se va haciendo cada vez más fuerte, pero nadie ha tenido el valor de proponer el cierre del espacio aéreo y del acceso a las bases europeas si Estados Unidos ataca a Irak. (...). Hay incontables iniciativas más que son plausibles, incluida la ampliación del papel de Naciones Unidas. La mera discusión acerca de una fuerza de paz internacional en Cisjordania tendría consecuencias positivas. Los europeos tienen recursos económicos y políticos que no han estado muy dispuestos a emplear. Norman Birnbaum |