N¼ 4 - ABRIL 2002

 

CULTURA

74 entrega de los Oscar
Manda el blanco, ĮViva el negro!

En tiempos de guerra conviene limar asperezas a la vista de todo el mundo, eso es lo que parecen proponer los magnates de la academia del cine norteamericano en la concesión de los Oscar del 2002. La noche del glamour cinematográfico ha estado presidida por lo políticamente correcto: el triunfo del negro sobre el blanco difuminaba el dramático período que abrió el gobierno de Bush tras el once de septiembre.

Después de setenta años se ha hecho «justicia infinita» con la comunidad negra. «Se han matado dos pájaros de un tiro» en palabras de Denzel Washington, Oscar al mejor actor, al que se unieron Halle Berry y Sydney Poitier, mejor actriz y estatuilla honorífica por toda una carrera. En ningún momento el monopolio del cine por excelencia hubiera premiado «tanto talento oscuro» en tan poco tiempo, rompiendo el maleficio al otorgar por primera vez a una mujer negra el Oscar a la primera actriz.

Tanta bondad de marqueting es sospechosa, no porque no sean merecidos los premiados, sino por esa virtud con la que se ocultan los grandes desterrados de la noche, el cine independiente, incómodo, el de la América real, como es el caso del viejo Robert Altman en Gosford Park, David Lynch, Todd Field o la acriz Sissy Spacek con un papel magistral en la también ninguneada «En la habitación». En cambio, se ha premiado la pobreza creativa de una película cómo «Una mente maravillosa», correcta pero que está por debajo de la intensa vida de John Nask, en la que está basada. Algunas migajas a la grandeza también las ha habido. Forma parte de la corrección tópica. Entre el desierto se ha premiado el oasis de «En tierra de nadie», Oscar para un país recientemente arrasado por la limpieza étnica, Bosnia Herzegovina, un hueco para los derechos humanos que no saben ejercer ellos. El galardón a la cinta balcánica dejó en la sombra a la conmovedora «El hijo de la novia», que representaba a Argentina.

Todo en las dosis justas, sin traspasar las normas, como la maestra de ceremonias Whoopi Goldberg, menos ácida que en otras ocasiones. Primaba la tibieza gris de la contención hasta en las bromas. Incluso las sorpresas estaban coordenadas con los criterios seleccionados; la presencia de Woody Allen que siempre se ha mantenido al margen, fue para solidarizarse con la tragedia del once de septiembre, pidiendo ayuda para la ciudad de Nueva York. Fueron notables las ausencias de actores como Susan Sarandon, Tim Robbins o Sean Penn, protagonistas de los movimientos más contestatarios dentro de Hollywood.

Sólo Robert Redford, el segundo Oscar honorífico en reconocimiento a su carrera como actor y director, se salió del acartonado guión criticando los recortes de libertades emprendidos por el gobierno Bush. Estaría pensando inevitablemente en el encuadramiento que, también para el cine ha supuesto el once de septiembre. Apenas unos días después de los atentados, el gobierno se reunió con representantes de los grandes estudios para «unificar criterios».

Buena parte de los guiones pasan ahora, antes del rodaje, por manos de un representante del pentágono que «sugiere» determinados cambios. Hollywood no es sólo una industria rentable, constituye un instrumento de propaganda demasiado valioso para desecharlo. La reciente desaparición de Billy Wilder nos hace recordar un tiempo donde el cine norteamericano estaba, para los Bush y Chenney, «excesivamente desmadrado». El tono medio light es el que ha imperado en la última edición de los Oscars. Pese al homenaje de los grandes actores negros, la corriente que circula por debajo del gran globalizador de la industria cinematográfica es el dominio blanco, la globalización sobre las grandes joyas del pequeño gran cine. Hace tiempo que el gran Hollywood nos muestra sibilinamente la perversidad que se envuelve entre la magia y el glamour, sin dejar de decirnos que, ya que manda el blanco, Įviva el negro!.

Pastora Fernandez