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N¼ 5 - MAYO 2002 |
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SELECCIÓN DE PRENSA Powell y los europeos La visible depresión de Powell, su propio pesimismo sobre las posibilidades de tener éxito, dan una respuesta evidente. Este viaje es un ritual adoptado por un Gobierno estadounidense decidido a imponer su voluntad al mundo. El bochorno momentáneo provocado por uno de sus satélites indispensables, Israel, es ya demasiado grande para seguir ignorándolo; hay que fingir que se hace un esfuerzo para imponer cierta disciplina. A diferencia de muchos de sus colegas en el Gobierno de Bush, Powell entiende que el mundo más allá de nuestras fronteras es complejo y que la mayoría de sus habitantes no considera su obligación fundamental seguir las instrucciones de Washington. ésa es la razón de que la Casa Blanca haga una infrautilización sistemática del Departamento de Estado, de su experiencia institucional y de sus informaciones. No hay duda de que Powell es sincero al exigir que acaben las matanzas, pero eso no elimina la contradicción del papel que se le ha asignado: representa la antítesis pública de la cruel brutalidad y la hipocresía farisaica que exhibe su colega del Departamento de Defensa. Si su misión no tiene éxito, pocos republicanos Ðque sospechan que, en el fondo, tal vez es demócrataÐ lamentarán su fracaso. Tampoco parece probable que lo sienta el lobby israelí, que apoya la conducta más intransigente de Israel para obligar al presidente a elegir entre ellos y los árabes. (...) No es que el presidente, tradicional maestro de la ambigŸedad y el engaño en la política nacional, esté actuando con incoherencia. Es verdad que es heredero de una tradición imperial en la que los criados (especialmente los árabes) deben obedecer. Conoce a los príncipes árabes, que, en el pasado, se han inclinado ante los deseos de los estadounidenses y su dinero. Seguro que le habrá sorprendido especialmente la revuelta en Bahrein. Pero harán falta episodios mucho más graves para convencer a Bush de que es preciso tomar en serio a los árabes pro-palestinos. La orden del presidente a Sharon para que retire sus tropas ha subido de volumen, pero su forma de denigrar a Arafat (y su identificación de la resistencia palestina con el ÔterrorÕ) nos da la auténtica medida de su ecuanimidad: cero. Es absurdo exigir que israelíes y palestinos acuerden un alto el fuego mientras se permite, e incluso se fomenta, que Israel destruya a la Autoridad Palestina y se sugiere que los palestinos renieguen de sus dirigentes y que los demás árabes renieguen de los palestinos. Sharon ha dispuesto de mucho tiempo para provocar el caos en los territorios ocupados. Las condenas que hace el presidente del ÔterrorÕ son la prueba de que, aún a varias generaciones de distancia de la Nueva Inglaterra puritana, sigue conservando parte de su hipocresía. Hay un inconveniente. No hace falta ser un imperialista americano (el eufemismo, unilateralista, no mejora las cosas) para ser conscientes de la debilidad europea. A falta de instituciones, un acquis communitaire que impresionaría a los interlocutores de la UE sería la demostración de que Europa es capaz de hacer algo más que emitir comunicados. Si la UE no hubiera hablado tímidamente de sanciones graves contra Israel, sino que hubiera comenzado a aplicarlas en la práctica, la atmósfera habría cambiado enormemente, sobre todo sobre el terreno. Las sanciones económicas contra Israel son una amenaza para EE UU. Norman Birnbaum. |