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N¼ 5 - MAYO 2002 |
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SOCIEDAD Asamblea Mundial sobre Envejecimiento ¡Quién hubiera creído que el viejo tuviera tanta sangre dentro! (Lady Macbeth) También hubo movimiento antiglobalización en la Asamblea Mundial del Envejecimiento. Mientras dentro Aznar presidía la inauguración, en la calle miles de jubilados se manifestaban para defender sus derechos. La globalización debe llegar a los viejos. Esta parece la consigna lanzada, destinada a eliminar «gastos no rentables». Frente a esto, los jubilados gritaron que «no somos una mercancía» que se convierte en una carga cuando deja de producir beneficios. Debajo de cada multiplicación hay una gota de sangre de pato Quien no produce beneficios no tiene derecho a vivir. Parece demasiado cruel. Pero esta es exactamente la política que los gobiernos de la globalización preparan para nuestros mayores. «El 17% de la población española son mayores de 65 años, que ocasionan el 50% del gasto sanitario del país (unos 12.000 millones de euros, 2 billones de pesetas) y ocupan el 70% del gasto farmacéutico». Destacando informaciones como éstas pretenden hacernos aparecer a los ancianos como una pesada carga para la sociedad. Sin embargo, la realidad es bien distinta. Los sindicatos médicos denuncian que los servicios de ayuda a domicilio sólo son del 1Õ2%, que otras opciones como los centros de día sólo disponen de 2 plazas por cada 1.000 personas, frente a las 5 que serían las apropiadas. El mismo Defensor del Pueblo ha recordado «las enormes carencias de estructuras de cuidados de larga duración», en un país que en 10 años tendrá más de dos millones de personas mayores de 80 años. El problema para quienes manejan el fondo de pensiones será el gasto que nos ocasionen, pero el problema real quien lo tienen son los mayores, cuando después de estar toda su vida contribuyendo a engrosar esos fondos se encuentran con que las pensiones no les llegan ni para las necesidades más básicas. Que no les garantizan una asistencia continuada cuando la necesitan. Que no tienen más remedio que depender de la familia, que por cierto tampoco reciben ayudas. O, en muchos de los casos, llegar a morir en la más absoluta soledad y sin que nadie se entere, como les ocurre, sólo en la ciudad de Madrid, a tres ancianos como media cada semana. Mientras, el Colegio Oficial de Farmacéuticos calcula que el gasto en el 2001 fue de 77.106 pesetas por pensionista y que en los últimos años el aumento anual es de un 3%, ocasión que aprovecha el director general de farmacia para hacer una sangrante división: «la reducción de una receta por pensionista al año podría suponer un ahorro de 49Õ51 millones de euros». Si lo piensa bien, quizá el ahorro pueda ser mayor, pues si esa receta es de las vitales, podría terminar ahorrándose por defunción del paciente el resto. De esas setenta y tantas mil pesetas por pensionista en gasto farmacéutico, ¿cuántas van a parar al lucro de las grandes multinacionales farmacéuticas? ¿No sería más lógico que, frente al ahorro en cuestiones vitales, se buscara el ahorro en el desarrollo de la medicina preventiva, que a su vez supone una mejora en la calidad de vida, algo que debería ir parejo? La veneración hacia los mayores ha sido siempre una medida de civilización. Ahora, las negras entrañas del capitalismo nos pretenden imponer lo contrario. Que dedicar atención a lo improductivo es una «debilidad» que no podemos permitirnos. Devolver lo robado ¿Cuántos beneficios generamos a lo largo de nuestra vida laboral? Sería una cifra que adquiriría dimensiones sorprendentemente desorbitadas. ¿Qué es la jubilación? Básicamente que te devuelvan una pequeña parte de lo que te han robado. Poner límites razonables a la edad laboral, y cobrar una pensión cuando ésta se acaba ha sido un adelanto social innegable con respecto a épocas pasadas. Sin embargo, a algunos les parece un gasto excesivo. No resulta rentable destinar una pequeña parte de las plusvalías a remunerar a los que ya no están inmersos en la producción, es decir que ya no generan beneficios. Quien quiera jubilación que se la pague de su salario. La plusvalía es intocable. Y encima se genera un negocio multimillonario con los fondos de pensiones privados. Pero todavía es poco. Quizá es posible exprimir un poco más la mano de obra. Por eso ahora se plantea «flexibilizar la edad laboral». El argumento es que si no trabajas, si no trabajas para ellos, te conviertes en un elemento inútil. Efectivamente, para ellos trabajar, generar plusvalía, es la única «utilidad aceptable». ¿Es que no existen miles de formas de desplegar la actividad y la creatividad? Que no nos lo vendan como una medida progresista porque no nos lo creemos. ¿Alargaría alguien «voluntariamente» su edad laboral si las jubilaciones fueran similares a los salarios. «Apoyo a los gobiernos justos» La representante de EEUU, Josefina G. Carbonell, recordó que el presidente Bush ha prometido ayuda «a los países con gobierno justo, que inviertan en sus ciudadanos y apliquen la libertad económica». ¿Apoyo a los gobiernos justos? Basta pensar las atrocidades de los países desarrollados en los que, como por ejemplo ocurre en Barcelona, la diferencia en la esperanza media de vida entre los barrios altos de la ciudad y los barrios populares es de 10 años. ¿O cuánta justicia hay en tener que enfrentarse a las necesidades y gastos que provoca el envejecimiento, sus enfermedades crónicas (no digamos ya los temidos parkinson, alhzeimer, esclerosis múltiple,...) con una pensión de 52.000 pesetas o de 300.000? Y sin embargo, los gastos y las necesidades, para unos y para otros, son similares: contratando a enfermeras y cuidadores o asistencia en centros especializados. El destino de nuestros mayores en diferentes condiciones económicas y familiares no es el mismo. Y desgraciadamente son mayoría los que no pueden enfrentarlo. Los que están condenados a la soledad y la escasez, cuando no directamente la miseria, con servicios, en muchas ocasiones prestadas por voluntarios, tan insuficientes que el que no entra en el tanto por cien privilegiado está condenado. Y si esto es así aquí, en un país desarrollado, ¿qué no ocurrirá en los países del Tercer Mundo, en los que, a pesar de mantener unos valores culturales donde los ancianos son para la familia un pozo de sabiduría y cariño al que cuidar y respetar y no un estorbo, las condiciones sociales de miseria sin límites son una condena de muerte segura para la mayoría de población mayor? ¿Qué tendrá que ver el gobierno que a uno le toca con la justicia de tener lo que uno necesita? ¿Es que entonces los ancianos talibanes no tienen derecho a la ayuda, ni los ancianos palestinos, los coreanos, los iraníes,...? Esto no son gotas, sino ríos de sangre derramados por intereses económicos y políticos sin piedad ni conciencia. Plantearse resolver de verdad las necesidades que genera el envejecimiento de la población es plantearse las medidas necesarias para que vayan al mismo paso la calidad de vida con su duración: poniendo los avances científicos al servicio de disfrutar de la vida; de crear las condiciones sociales y familiares para el reconocimiento, el respeto y el cariño; y las condiciones económicas para que realmente la jubilación no signifique el inicio de la cuenta atrás, sino el tiempo para poder hacer y disfrutar de todo (familia, naturaleza, viajes, lectura,...) lo que el trabajo no te ha permitido. Cualquier cosa que no esté planteado desde aquí debería estar condenado, como le ocurre a lady Macbeth, con el peso de la conciencia con manchas de sangre imborrables en el tiempo. V. Ortiz |