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N¼ 5 - MAYO 2002 |
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CULTURA Gaudí y las máquinas para soñar «La arquitectura tiene que ser blanda, peluda, redonda, recargada, flexible y barroca, y provocar sueños y pesadillas... Gaudí eleva torres de carne viva y huesos vivos al cielo vivo». (Salvador Dalí) «La arquitectura tiene que ser blanda, peluda, redonda, recargada, flexible y barroca, y provocar sueños y pesadillas (...) Gaudí eleva torres de carne viva y huesos vivos al cielo vivo». Nadie ha definido con mayor sensibilidad y fascinación que Dalí el trabajo de uno de los arquitectos más universales que tiene Cataluña y España, Antoni Gaudí (1852-1926). La popularidad y el radical éxito turístico actual de sus obras (el 90% de los turistas vienen a verlo), convive sin embargo con el conocimiento casi epidérmico sobre su obra entre la población española. Quedó atrás el silenciamiento histórico que tras su muerte ha sufrido en Cataluña, sólo roto por figuras como Dalí o el arquitecto Oriol Bohigas en 1956. Ya para las corrientes del «noucentisme», singular conjunción del nacionalismo independentista y su cultura orgánica que se da en la Catalunya de principios de siglo XX, a Gaudí le salva, no su obra, sino sus rasgos más tradicionales, como su militancia religiosa y conservadora. Los rasgos que, en la misma línea, reivindica la Catalunya pujoliana en plena celebración de su 150 aniversario, para elevarle a los altares. Algo milagroso esconderá su obra que embruja a gentes de culturas y religiones diversas y ahuyenta a Ferrusola. Tiempo de Gaudí Gaudí fue testigo del nacimiento de la Cataluña moderna desde su mismo corazón. Proveniente de una familia de tradición artesanal de Reus (Tarragona), Gaudí llega a Barcelona en 1868 para ingresar en la escuela de arquitectura. La ciudad está rompiendo amarras con la que fuera una pequeña ciudad constreñida por un perímetro fortificado y encañonada desde dos ciudadelas levantadas tras la rendición de Barcelona ante los ejércitos de Felipe V, que marcó el final de las libertades políticas catalanas, en 1714. Una nueva oligarquía de comerciantes enriquecidos por la explotación de las colonias transforma en diez años una pequeña ciudad en la más populosa de España, con la mayor concentración industrial del sur de Europa y con un puerto de primer orden del que partían líneas comerciales que abarcaban no sólo el mediterráneo occidental y todo el litoral español sino los lejanos puertos de Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Tiempo éste de una extraordinaria ebullición urbanística que asentará el marco (el «eixample») de algunas de las obras más conocidas de Gaudí (Casa Milá y Casa Batlló). Y, dominando la ciudad, la iglesia de Santa María del Mar, un hermoso ejemplo del gótico catalán construida en 1320 por la iniciativa de la sociedad civil (artesanos, mercaderes, etc.). Un reflejo de la pujanza de la Cataluña y Barcelona medievales y a la vez, un acto de fe que Gaudí continuaría, engrandecería y prolongaría hasta la eternidad con su obra póstuma, la Sagrada Familia. Un nuevo orden global La espiritualidad y la libertad creativa de la obra gaudiniana sobrepasa los límites de sus raíces doctrinales y locales. Gaudí proviene de una Cataluña en que la religión católica estaba omnipresente en todas las manifestaciones culturales y formas de relación social, en las que la sociedad patriarcal, la familia, la tierra y la parroquia eran sus núcleos. Gaudí levanta con su obra un nuevo orden cósmico basándose en sus fuertes raíces locales pero también consigue acercar a través de su obra a gentes de sociedades, culturas y religiones ajenas al cristianismo. Como arquitecto se plantea comprender, continuar y mejorar la naturaleza, la creación divina. Las naves laterales de la Sagrada Familia son un ejemplo: las columnas, los tragaluces y las bóvedas fueron diseñadas por Gaudí con formas naturalistas pero utilizando solamente figuras geométricas, que nunca habían estado presentes en la arquitectura: paraboloides, hiperboloides, conoides y helicoides. El resultado es un espacio interior que el mismo Gaudí definía como un bosque de piedra, con columnas inclinadas, que se ramifican como las ramas de un árbol para sustentar las bóvedas y las cubiertas. A su vez le requerirá volver a soluciones técnicas anteriores y a experimentar nuevas constantemente. Desde sus primeros años como estudiante de arquitectura, sus construcciones eran tema de debate. Para algunos se trataba de un loco y para otros de un genio. Conocido por su mal genio, su patriotismo catalán y su devoción católica, Gaudí mezcló su gusto por la naturaleza con corrientes como el Art Nouveau y las construcciones árabes y orientales que llegan a sus ojos a través del auge que las publicaciones ilustradas tuvieron en la segunda mitad de siglo XIX, con la expansión colonial y la exploración del planeta. A través de ellas, el arquitecto pudo contemplar la armonía entre ornamentación y estructura que caracteriza la arquitectura islámica, se inspiró en sus estilizaciones, en sus vertientes monumentales y populares (como las estructuras geométricas de las aldeas de Egipto o Capadocia). Algunos hitos de lo que hoy se conoce como «estilo gaudiniano» como los arcos catenarios (que reproducen la curva invertida de una cadena sujeta por los dos extremos) derivan directamente de la arquitectura islámica del norte de áfrica. Nada que ver con los alaridos pujolistas de la necesidad de preservar la catalanidad cristiana ante el peligro de invasión de las mezquitas. Catalanismo prenacionalista La obra de Gaudí tiene en su historia una de las relaciones de mecenazgo más peculiares de la historia del arte que le ha ligado a un sector de la burguesía catalana: la simbiosis con Eusebi GŸell, heredero de una de las mayores fortunas catalanas. Amasada por su padre en Cuba, sentó las primeras bases de una industria pesada catalana. Su padre intentó sin éxito, a través de la política, hacerse, y con el a la burguesía catalana, un lugar en los círculos de poder oligárquicos en España. Su fracaso, reiterado por las siguientes generaciones, desembocaría tras el desastre del 98 en el nacimiento de un nacionalismo antiespañol en Cataluña. Eusebi GŸell y Gaudí compartían el mismo ideal basado en una Cataluña potente en el marco de una España plural. Compartían además una concepción patriarcal y paternalista de un capitalismo con profundas raíces cristianas y la aspiración a un renacimiento en todos los terrenos de la identidad catalana. El edificio de la sociedad cooperativa obrera mataroniense o la colonia GŸell delataban ese intento de construir la armonía entre patronos y obreros presidida por una iglesia benigna e integradora. La insurrección popular de la Semana Trágica (1909) se ensañó con los símbolos de la religión. Pese a su catolicismo conservador Gaudí comprendió que la burguesía y el clero habían enconado los sentimientos populares con su indiferencia hacia las condiciones de vida de los trabajadores. Por alguna razón, ninguna de sus obras fue atacada durante los sucesos. Gaudí para la eternidad A principios del s. XX el proyecto de Gaudí para un rascacielos en Nueva York, una montaña de piedra concebida para Manhattan, fue rechazado. El capitalismo monopolista levantaba ya sus máquinas para habitar de hormigón y acero muy por encima de las máquinas para soñar del eixample. Pero ninguno ha conseguido borrar de la silueta de la ciudad su acto de fe póstumo, la Sagrada Familia. Empezó como un templo de estilo gotizante y terminó como una colosal fantasía arquitectónica. Gaudí, absorbido totalmente por su obra, no cesaba de modificar su trabajo a medida que avanzaba. Cuando a Gaudí le preguntaban, con impaciencia, cuándo se terminaría el Templo, él respondía: ÇMi amo no tiene prisa...È. Gaudí promovió los principios de participación de la comunidad en la financiación de la obra, y lo hacía tan insistentemente que algunas familias burguesas dejaron de recibirle en sus salones para evitar el sablazo. Hoy, Gaudí sigue recaudando fondos. La recaudación por entradas cubre casi totalmente los 1.000 millones de presupuesto anual para obras. El año pasado acudieron a la Sagrada Familia 1.200.000 personas (la entrada cuesta 800 pesetas) y se prevé un aumento de un 10%. Estará terminada oficialmente dentro de 50 años pero si la bonanza económica persiste y, con ella, el incesante desfile de visitantes, el plazo puede acortarse. Obviamente es una obra hecha en Cataluña para la humanidad y la eternidad. Sin embargo, otros pretenden tan sólo hacerse un lugar en el nuevo planeta globalizado fabricándose una piel de identidad gaudiniana, con Gaudí despellejado en el fondo del armario. |
Cuando a Gaudí le preguntaban, con impaciencia, cuándo se terminaría la Sagada Familia, él respondía: ÇMi amo no tiene prisa...È.
Gaudí fue testigo del nacimiento de la Cataluña moderna desde su mismo corazón.
Desde sus primeros años como estudiante de arquitectura, sus construcciones eran tema de debate. Para algunos se trataba de un loco y para otros de un genio... |