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N¼ 6 - MAYO 2002 |
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EDITORIAL Alarma en Europa La situación exige cada vez con más urgencia una respuesta que ni puede ni debe salir de los que nos han conducido a ella La irrupción de Le Pen en la primera vuelta de las elecciones francesas ha provocado la alarma de millones de europeos que asisten con temor al empuje de los fascistas en sus respectivos países. Lejos de representar un caso aislado, el ascenso de las variadas y diferentes formaciones de ideología nazi, fascista o racista, supone la amenaza principal que se cierne sobre las sociedades europeas. Aunque en Espa–a no parezca haber llegado su momento, debemos colocarnos en alerta ante los gélidos y amenazantes vientos que soplan desde los Pirineos. Minimizar su efecto podría generar da–os irreparables en el futuro inmediato. Dos son los interrogantes principales que se abren sobre este negro horizonte: ¿Por qué? y ¿qué hacer para impedirlo? No es éste el lugar para adentrarse en el análisis necesario de un fenómeno en el que intervienen distintos factores combinados, aunque sí para enumerar al menos dos de los más importantes. Por un lado, las sociedades europeas se han ido viendo obligadas a importar cada vez mayores cantidades de mano de obra extranjera, nuevos proletarios a los que interesaba, desde el poder, mantener lo más excluidos y aislados de la vida política y social; así se han ido conformando unas sociedades en las que el «color de clase» de los proletarios facilitaba sus condiciones de explotación. El poder económico y político en las sociedades europeas utilizó así el peligroso juego de anidar los huevos de la serpiente. Por otro lado, la destrucción progresiva de la izquierda y la traición de sus cúpulas a la defensa de las condiciones de vida y trabajo de las clases populares, las ha dejado huérfanas en un sistema político en el que no pueden ver reflejados ni tan siquiera algunos perfiles de sus intereses más elementales. La responsabilidad de la clase gobernante europea de derechas y de izquierdas es gigantesca y gravísima; pero la tarea más urgente no está en reclamar responsabilidades, sino en dar una respuesta que ni puede ni debe salir de los que han provocado el ascenso de la bestia. ¿Qué hacer? Existe mucha más izquierda que la que pueden so–ar con aglutinar los viejos aparatos burocratizados y ajenos a la calle que dicen representarla; otra izquierda que trabaja desinteresadamente y por principios en acciones concretas de solidaridad y defensa de los intereses populares. Esta realidad en nuestro país se hace notar persistentemente en los cientos de miles de personas que acuden a manifestaciones antiglobalización como la de Barcelona, en la simpatía que aglutinan las campa–as contra la deuda externaÊyÊen apoyo al Tercer Mundo,ÊenÊla solidaridadÊque despiertan acciones como las de los trabajadores de Sintel o Fontaneda, en el apoyo que recibieron los trabajadores inmigrantes por sus papeles o simplemente en las encuestas de opinión que reflejan la identidad con los pueblos agredidos, sea en Palestina, Afganistán o Argentina. ésa es la base de la nueva izquierda que debe organizarse y aglutinarse para ser el motor de un movimiento ciudadano y democrático en defensa de las libertades. Llevar un sistemático trabajo para elevar su conciencia y organización es la tarea más importante y decisiva del presente. Ha llegado la hora de la gente, ahora es el momento en el que sólo las personas demócratas y progresistas podemos detener la bárbara oleada que se cierne sobre Europa avanzando en la conciencia y organización populares. ésta es la única garantía para la defensa de las libertades. |
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