SUMARIO

N¼ 6 - MAYO 2002

ANÁLISIS INTERNACIONAL

El cataclismo francés

«Francia es el país en el que las luchas históricas de clase se han llevado siempre a su término decisivo más que en ningún otro sitio y donde, por tanto, las formas políticas versátiles dentro de las que se han movido estas luchas de clase y en las que han encontrado su expresión, adquieren también los contornos más acusados» Así introducía Engels el texto de Marx sobre el «18 Brumario de Luis Bonaparte» de 1851 y el resultado de la primera vuelta de las Elecciones presidenciales francesas del 2002 parece indicar que las formas con que se revisten los acontecimientos políticos en el país galo siguen teniendo los contornos más acusados y nítidos. Todos los analistas coinciden en señalar que lo sucedido en Francia, lejos de ser un fenómeno aislado recorre toda Europa, pero ¿cuáles son los hechos? ¿Y cómo hay que interpretarlos?

Para la mayoría, el fenómeno alarmante es el ascenso del voto ultraderechista, y su explicación, el reflejo de la inseguridad ciudadana y el miedo que en la Europa rica genera el combinado inmigración, ascenso de la delincuencia y el temor a los cambios que impone la integración europea y la globalización.

Cierto que la amenaza ultra se cierne sobre Europa, y no sólo en Francia, pero ¿por qué? Porque la realidad que subyace al hecho de que los franceses se hayan visto obligados a salir hoy en defensa de la República frente al sorprendente ascenso ultraderechista es el fruto de un cataclismo de mucho mayor calado que el miedo al «otro».

Se trata de una triple crisis que, combinadamente, ha puesto en cuestión el modelo bipartidista (y con él el régimen democrático mismo). La construcción europea basada en la dominancia del eje Berlín-París (transformado cada vez más en el eje Berlín-Berlín) y la quiebra de las formaciones políticas oficiales de la izquierda (comunistas de antigua obediencia soviética y socialdemócratas)

Aunque son de sobra conocidos los resultados de la primera vuelta francesa no está de más traer a la memoria algunos de sus porcentajes más relevantes: Girac, el futuro presidente, no alcanzó el 20% de los votos, Le Pen le pisa los talones superando el 17%, que sumado al casi 2«5% que obtuvo la otra opción ultraderechista, reduce la distancia a décimas. La abstención ha superado el 40% en ciudades tradicionalmente socialistas como Lille, ello junto con la dispersión del voto de izquierdas ha dado como fruto el hundimiento de Jospin, cabeza del gobierno de la «izquierda plural» con comunistas y ecologistas. Por su parte el partido comunista parece definitivamente condenado a la desaparición cayendo del 8% al 3% y su cadáver se lo reparten opciones radicales de izquierdas (troskistas) que aglutinan un 10% del electorado.

Pero además, el lepenismo ha quedado en cabeza en bastiones tradicionales de voto comunista, todos afirman que ha ampliado su base social y que no se trata de un voto de marginales y excluidos del sistema. En resumen, el electorado francés, se ha abstenido más de lo acostumbrado en la votación más importante, superando el 28 %, ha inutilizado su voto dándolo a opciones marginales (troskistas o cazadores) y una buena parte de él ha decidido manifestar su protesta más radical sobre el estado de cosas apoyando al candidato ultra. ¿Qué fenómenos han provocado el seísmo?


La quiebra del bipartidismo

La concentración capitalista ha creado un modelo en el que para que «el sistema funcione» un 50% del pueblo ha de permanecer «políticamente invisible»

La protesta generalizada manifestada en forma de abstención, voto marginal o voto ultra, aunque tiene como primera víctima a la izquierda socialdemócrata, alcanza también a la derecha; las dos formaciones en las que hasta ahora se basaba la estabilidad del modelo bipartidista, modelo por otra parte común a la totalidad de regímenes europeos y creado a imagen y semejanza de los EEUU.

Las características principales de dicho modelo son:

1.- La monopolización de la vida política en dos grandes partidos de «derecha» e «izquierda» debido a que la legislación electoral prácticamente lo impone. A su vez los partidos están fuertemente controlados por una oligarquía interna.

2.- Un acercamiento cada vez mayor entre las dos opciones, originariamente con perfiles muy diferenciados y que en la actualidad abogan por el pragmatismo mercantil, consistente en realidad en la defensa cerrada de los intereses comunes de los distintos monopolios económicos y grupos financieros dominantes.

3.- La separación completa de la participación activa de los ciudadanos en la vida política, llevada hasta el extremo de que, para que el sistema funcione, un 40 o 50% de la ciudadanía debe abstenerse. Sólo el 50% o 60% «relativamente satisfecho» debe votar en las elecciones, el resto, el que coincide con los sectores más marginados económica y socialmente, debe ser excluido de la vida política en aras de la gobernabilidad del sistema.

En resumen, un sistema político monopolizado (también merced al control y manipulación de los medios de opinión) y en el que la alternancia de las dos únicas opciones «viables» garantice los intereses de la burguesía monopolista dominante, de tal forma que no sólo las opciones, sino incluso la participación de los sectores más desfavorecidos sea excluida del juego.

Justamente el hecho de que en Francia la participación, pese a todo, haya sido superior al 70% permite que emerja el descontento de una buena parte del electorado que amenaza con transformar la situación en ingobernable. Y el descontento de fondo no es más la manifestación de la desconfianza de la mayoría de los electores no sólo en unos programas que cada vez se asemejan más, sino en una clase política desprestigiada por su forma de actuar y protagonista, de forma intermitente, en escándalos de corrupción. Nunca tanto como hasta ahora, la democracia parlamentaria había estado tan antagónicamente separada de su origen etimológico; el «gobierno del pueblo».

El desarrollo de la concentración capitalista ha dado lugar a una situación en la que lo conveniente para que el sistema funcione es que al menos un 50% del pueblo no participe y permanezca «políticamente invisible».


La crisis del eje franco-alemán:
Trabas para la Unión Europea

El proyecto de la Europa alemana, va a sufrir inevitablemente las consecuencias de la descomposición política en Francia

Pero el descontento sobrepasa las fronteras francesas alcanzando a uno de los pilares en los que hasta ahora se basaba la Unión Europea. Si la locomotora alemana garantizaba la estabilidad y la prosperidad económica en el diseño de la Unión, Francia aportaba la tradición democrática, y el peso político y diplomático. Alemania no podía aspirar a superar la desconfianza sobre su pasado expansionista y nazi sin la cobertura democrática francesa.

Hoy cinco millones de votos en una de las democracias más antiguas del mundo han ido a parar al Frente Nacional, una opción neofascista que aboga por la expulsión del inmigrante, la restitución de la pena de muerte y sacar a Francia de la Europa del euro.

Le Pen se ha transformado en el líder de una de las dos opciones a la presidencia de la República y ello no sólo afecta a la política doméstica, sino que conlleva inevitables repercusiones que van a volver aún más complicado el proyecto de construcción europea que hasta ahora capitaneaban Alemania y Francia. ¿Quién va a querer ir de la mano de una Francia en descomposición nido de los huevos de la serpiente?

Si el 11 de Septiembre impuso a nivel mundial unas nuevas reglas del juego en las que el papel de Europa quedaba en entredicho debido a su ridícula estatura militar, las elecciones francesas añaden nuevas dificultades e incertidumbres en una Europa que jugaba a presentar sus señas de identidad con perfiles de política social.

La burguesía monopolista francesa ha jugado durante todo este tiempo a utilizar su maltrecha grandeur para exigir un papel de honor e igualdad en la construcción europea con la poderosa Alemania. Sin embargo, uno de los mensajes más nítidos de Le Pen ha sido el de sacar a Francia de la «Europa de Maastricht» y definir al euro como «moneda de ocupación».

El proyecto de una Europa alemana, que con el beneplácito de Francia venía afianzándose en los últimos años va a sufrir inevitablemente las consecuencias de la descomposición política en Francia.


La agonía de la izquierda oficial:
El «primer partido obrero»

Le Pen se ha dirigido a los votantes tradicionales del PCF y de la izquierda, ya seducidos desde hace años por su discurso

Pero quizá lo más sorprendente e inexplicable de Le Pen ha sido su ascenso en los bastiones tradicionales de voto comunista y socialista. Muchos analistas hablan ya abiertamente del Frente Nacional como «el primer partido obrero» del país, a causa del saqueo de votos realizado por la ultraderecha en zonas de tradicional predominio de izquierdas.

Le Pen se ha autodefinido como «socialmente a la izquierda, económicamente a la derecha y siempre con Francia en el centro de sus pensamientos». Se ha dirigido a los votantes tradicionales del PCF y de la izquierda, ya seducidos desde hace años por su discurso: «Vosotros, los mineros y los metalúrgicos, los obreros arruinados por el euromundialismo de Maastricht, vosotros agricultores con pensiones de miseria y condenados a la ruina, sois las primeras víctimas de la inseguridad», y ha conseguido ser el más votado en muchos bastiones obreros y en localidades con alcalde comunista o socialista.

Es cierto que su ascenso se ha beneficiado del «voto de protesta» con el que los integrantes de la llamada «izquierda plural» pretendían castigar en la primera vuelta a Jospin. Pero el hecho que parece incontestable es que Le Pen avanza entre los obreros, los jóvenes empleados y los desempleados, es decir, entre los sectores desfavorecidos que tradicionalmente le han dado el voto a la izquierda. ¿Cómo es posible tamaña transformación? ¿ A qué se debe el hecho de que antiguos feudos comunistas y socialistas caigan atrapados por el discurso fascista, racista y reaccionario de la ultraderecha?

El revisionismo, el más venenoso enemigo El hundimiento de la socialdemocracia y el descontento que ha provocado es fácil de comprender a primera vista. Tener una identidad para, acto seguido actuar en su contra, no puede cuanto mínimo más que desconcertar a sus electores, cosa más que conocida en España con los gobiernos de Felipe González. Si se defiende una política de privatizaciones y recortes sociales ¿dónde queda entonces la referencia de un electorado educado en pedir al sistema algunas migajas en forma de ayuda social? Pero el shock principal radica en el derrumbe ya irremediable del partido comunista francés.

El PCF, obrerista desaforado, no sufrió la reconversión eurocomunista que siguieron otros partidos europeos, mantuvo la obediencia soviética prácticamente intacta hasta el final y no se conoce autocrítica alguna de sus líderes acerca de su nefasto pasado de justificación del fascismo y el imperialismo soviéticos y, por paradójico que pueda resultar los principios socialfascistas en los que se basó la URSS tampoco guardan tan gran distancia de los que defiende Le Pen.

El obrerismo típico del revisionismo ha educado a la clase obrera en una mezcla de odio de clase, desconfianza en las masas y clases populares, y servilismo al aparato que perfectamente pueden ser orientados por un radical antisistema y oportunista como Le Pen.

Si el movimiento obrero en Francia estuviera dirigido por un partido comunista, no revisionista, habría llevado un trabajo de educación ideológica en principios como servir al pueblo, fomentar la unidad popular, elevar el nivel de conciencia y de organización de las masas populares de forma que resultaría impensable no ya el arrastre de sus electores hacia el neofascismo, sino incluso que éstos hubieran podido ganar influencia en los lugares sembrados por este tipo de trabajo de propaganda y organización.


¿Qué hacer?
Lecciones francesas

Los perros de presa de los proyectos más reaccionarios del gran capital están siendo aupados por los que más sufrirían su política y nuestra obligación es impedirlo.

La lección que la izquierda y el movimiento obrero han de extraer de la situación que hoy vive Francia puede ser decisiva. Se trata de llevar a cabo una doble labor.

Por un lado es necesario levantar un amplio frente democrático y popular que dote de alternativa electoral a los sectores descontentos con la larga lista de traiciones y engaños protagonizada desde la izquierda oficial. Existe mucha más izquierda al margen de los burocratizados partidos y sindicatos que dentro de ella.

Urge la tarea de organizar a esa otra izquierda que está desperdigada en multitud de pequeñas organizaciones políticas, sindicales y sociales. Una izquierda que cuenta con multitud de hombres y mujeres valiosos que trabajan desinteresadamente en diversos frentes y que puestos en común podrían devolver a la izquierda el papel que le corresponde despertando el interés y la participación de una mayoría social cada vez más desencantada. Organizar esa otra izquierda ha pasado a ser la principal tarea.

Y por otro lado, se hace cada vez más urgente dotar a las clases trabajadoras y al movimiento obrero de la organización política que les corresponde, un partido comunista, no revisionista, un partido de clase que luche por sus objetivos históricos: acabar con la opresión y explotación capitalistas recogiendo para ello la mejor tradición de lucha del movimiento obrero.

Un partido comunista de nuevo tipo que pueda recoger las ansias de cambiar el mundo de base que existen inevitablemente en unas sociedades cada vez más entregadas al poder arrasador de los monopolios. Las traiciones y los desengaños han llevado a los obreros, jóvenes trabajadores o desempleados a caer en la red de la propaganda antisistema de los fascistas, aquellos que siempre han actuado de perros guardianes de los proyectos más reaccionarios del gran capital están hoy siendo aupados por los que más sufrirían las consecuencias de su política, y nuestra obligación ha de ser impedirlo.


Selección de prensa

Daños colaterales

Miguel Herrero de Miñón
(Miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas).

Primero, los grandes partidos franceses, a la izquierda y a la derecha, han abandonado la mayor parte de sus signos de identidad. Que la izquierda, heredera del jacobinismo, se haga girondina y propugne la regionalización de todo el país, fomente la escuela privada y tan solo ponga objeciones temporales a la privatización de los servicios públicos, sin claras ventajas, dicho sea de paso para el común de los usuarios, no puede dejar de chocar a gran parte de su electorado. Y otro tanto ocurre con la derecha, heredera del gaullismo, que llegará al poder en su nombre para triturar las instituciones de la V» República, amortizar, previa quiebra, el legado poscolonial y lo que ello supone de presencia francesa en áfrica, y sacrificar, en aras europeas, algunas de las principales señas de la propia identidad, como la moneda, erosionar otras como la defensa, e insistir, más que nadie en avanzar rápida e irreversiblemente por la vía de la supranacionalidad. Todo ello no ha ocurrido por casualidad, sino porque unos y otros han optado, como ideal último, allende sus olvidados programas máximos o los principios ideológicos que les dieron origen, por un paradigma de supuesta modernidad que sustituye identidad por globalidad, servicio público por competencia mercantil e institución por estipulación. La opción tenida por inevitable por unos y otros Ðy en tenerla por tal consiste el pensamiento único de nuestro tiempo- puede no ser errónea, pero en todo caso es incompatible con ciertos valores de identidad y seguridad muy arraigados en la sociedad francesa y, por los vientos que corren en toda Europa. (...) Es muy difícil y arriesgado ganar elecciones con una identidad para afirmar, a continuación, la necesidad de acabar con ella. Lo hizo Wellington en 1832, al terminar apoyando a Grey, o González en 1982; pero ello requiere mayores habilidades que las puramente circenses.