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N¼ 7 - MAYO 2002 |
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INTERNACIONAL El
hundimiento de los partidos socialistas europeos: ¿Redistribuir la riqueza o tener el poder para decidir al servicio de qué intereses se gestiona? Jospin superado por Le Pen en Francia; la socialdemocracia holandesa desplazada por la Lista de Pym Fortuny; los partido socialistas portugués y español arrollados por la derecha de sus respectivos países. Incluso los países nórdicos, paraíso y referente de la socialdemocracia europea durante todo el siglo XX, ven caer uno tras otro a los gobiernos socialdemócratas reinantes a lo largo de las últimas 9 décadas. ¿Qué está ocurriendo? Todo el mundo coincide en señalar que no estamos ante uno más de los vaivenes que caracterizan la alternancia de la lucha política en los países desarrollados, donde es habitual que a períodos de gobierno de las fuerzas de izquierda le sigan períodos de gobierno de las fuerzas de la derecha, sino ante una crisis más profunda, estructural, de la socialdemocracia ante los nuevos retos que afrontan las sociedades de capitalismo avanzado. ¿Cuáles son las razones de fondo y el alcance de este espectacular retroceso de la socialdemocracia en toda Europa? No es posible entender las causas últimas de la descomposición de los partidos socialdemócratas europeos sin referirse al papel que ha ocupado la socialdemocracia en el viejo continente durante las cuatro décadas de la Guerra Fría que van desde el fin de la II» Guerra Mundial hasta la caída del Muro de Berlín. La pieza imprescindible En todos esos años, la socialdemocracia ocupó el papel de pieza imprescindible, decisiva, en el engranaje de los Estados del Bienestar, la alternativa que las burguesías monopolistas europeas levantan para dar estabilidad a su dominio frente a la amenaza del expansionismo soviético. Los Estados de Bienestar jugaron durante todo ese tiempo el papel de muro de contención que impedía que la propaganda soviética, realizada desde dentro por los partidos comunistas obedientes a Moscú, calara entre los sectores de las sociedades europeas más explotados y marginados. Se trataba de evitar la creación de una poderosa «quinta columna» en el interior que sumada a la formidable amenaza externa que representaba el poderío militar de la superpotencia soviética, obligara a la burguesías monopolistas europeas a plegarse incondicionalmente a la voracidad del socialimperialismo soviético. Un auténtico frente de todas las burguesías monopolistas occidentales, capitaneadas por Washington, se gesta durante aquellos años y el Estado del Bienestar se desarrolla como el modelo idóneo para mantener adormecido y dopado al movimiento obrero europeo, para hacerle renunciar a sus objetivos históricos a cambio de un sinfín de subvenciones y subsidios. Propiciando una mayor distribución de la riqueza, las clases dominantes europeas aseguraban, mediante la concesión de una ínfima parte de los beneficios obtenidos por el expolio y saqueo del Tercer Mundo, la inoculación del suficiente número de anticuerpos en la sociedad para impedir el desarrollo de ningún fermento revolucionario entre las masas que pudiera servir de «caldo de cultivo» para la infiltración de la subversión soviética. Es bajo este modelo de Estados del Bienestar que la socialdemocracia europea ha medrado hasta convertirse en su verdadera «reina madre». A rey muerto, rey puesto Sin embargo, lo que se presentaba como el irreversible camino de las sociedades europeas hacia un modelo más equitativo de distribución de la riqueza, comienza a desmoronarse en el mismo instante en que cae el Muro de Berlín. Liberadas de la amenaza soviética, las burguesías monopolistas empiezan a cuestionar los elevados costes que les supone el mantenimiento de los Estados del Bienestar. Si, una vez «muerto el comunismo», ya no es necesario prevenirse de él ¿por qué no trasladar sectores enteros de la producción al Tercer Mundo, donde los costes de producción son infinitamente menores, y por tanto infinitamente mayores los beneficios, aunque ello suponga dejar en el paro a una buena parte de la clase obrera europea? ¿Para qué malgastar una parte de los beneficios en mantener un caro sistema de subvenciones y subsidios? ¿Por qué utilizar una mano de obra costosa cuando se puede recurrir a una mano de obra inmigrante que no sólo es mucho más barata sino a la que, además, se la puede atemorizar fácilmente con la amenaza de la expulsión o el incremento de actitudes racistas para impedir que exija cualquier derecho social? Si las nuevas condiciones creadas en el mundo y en Europa tras la implosión del imperio soviético empezaron a dejar descolocada y sin proyecto a la socialdemocracia, el cambio de línea en el centro del imperio que supuso la victoria de Bush Ğradicalizada todavía mucho más tras el 11-S- no ha hecho sino acelerar su descomposición. Los Estados del Bienestar se desmoronan a marchas forzadas mientras las fuerzas políticas que fueron su sostén político e ideológico, sus más fieles gestores, asisten desconcertados e impotentes a su propio e imparable hundimiento. Sola, fané y descangayada La profunda crisis a la que se enfrenta la socialdemocracia europea no es, pues, sino la consecuencia natural del derrumbe de su modelo, que se ha quedado «huérfano», desprovisto del apoyo de las fuerzas que lo sostuvieron. Al abandono en que la han dejado las burguesías monopolistas europeas, que recurren a otros gestores y a otros modelos de Estado que les aseguran mayores cuotas de beneficios, se le suma ahora lo que empieza a revelarse como una auténtica huida en masa de su base social y electoral, que, como hemos visto estos días en Francia y en Holanda, les da la espalda y, en un giro sorprendente, pasa a dar su apoyo a fuerzas de corte xenófobo y racista. Algo que, bien mirado, no es tan sorprendente como parece a simple vista. Pues, en definitiva, el mensaje que Le Pen lanza cuando afirma sentirse «socialmente de izquierdas» no es otra cosa que la promesa del mantenimiento del Estado del Bienestar pero adecuado a las nuevas condiciones. Es decir, sólo para los franceses: «atemoricemos y excluyamos políticamente a la clase obrera inmigrante para poder someterla a una mayores condiciones de superexplotación que nos permitan mantener para vosotros, los trabajadores franceses, algunas de las ventajas del Estado del Bienestar». Abandonada por arriba por las burguesías monopolistas y por abajo por sus votantes, la socialdemocracia europea se enfrenta a un dilema agonístico. Por un lado, renunciar a la propia identidad, optando decididamente por la vía de Tony Blair de abandonar expresamente los objetivos que la han definido durante todo el siglo XX: el Estado del Bienestar, la redistribución de la riqueza, etc. Un camino que es, en definitiva el de su progresiva extinción, una apacible eutanasia programada. Por el otro, como demandan algunas voces, el de la recuperación de un discurso de izquierdas, más cercano a los problemas y demandas de las clases trabajadoras para evitar el creciente distanciamiento entre éstos y los partidos socialdemócratas. Dando por supuesto lo bienintencionado de esta alternativa, el problema que aparece inmediatamente es: ¿recuperar el discurso de izquierdas para proponer qué? Pues si de lo que se trata es de volver a retomar viejas políticas redistributivas basadas en un burocratizado e ineficaz modelo de gestión -que no sólo la correlación de fuerzas en el mundo hace inviables hoy sino que también demostraron su quebranto y sus limitaciones ayer- entonces el fracaso está asegurado. Querer volver hoy a los Estados del Bienestar es, de entrada, vivir en la irrealidad de un espejismo inalcanzable. Y quienes se empeñen en ello, deben saber que van de cabeza hacia el suicidio político. Pues si algo ha demostrado la experiencia del último medio siglo de Estados del Bienestar en Europa es que el primer problema para la transformación del orden social existente no es cómo se distribuye la riqueza, sino quién tiene el poder para decidir al servicio de qué intereses se gestiona esa riqueza. A. Lozano |
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