SUMARIO

Nž 7 - MAYO 2002

INTERNACIONAL

Amenaza ultraderechista en Europa:
El hilo conductor

La causa última de las convulsiones de este inicio de siglo radica en el reordenamiento provocado por el cataclismo soviético y el acelerón de EEUU

El ascenso de la ultraderecha en la, hasta ahora, confortable Europa, ha provocado múltiples valoraciones y análisis en los que se repiten dos factores casi obsesivamente: Uno, el fenómeno ultraderechista crece en proporción directa al hundimiento del proyecto socialdemócrata, mayoritario hasta hace poco en el viejo continente. Y dos, ambos factores (crecimiento ultraderechista, caída socialdemócrata) hay que entenderlos como respuesta a los nuevos fenómenos económicos y sociales inherentes a la mundialización o globalización. La crisis de la izquierda socialdemócrata vendría explicada por no haber sabido adaptarse a los nuevos retos mundiales, por el contrario, el éxito de la ultraderecha se debería a su habilidad para formular políticas populistas que conectan con las preocupaciones de los ciudadanos en este nuevo mundo globalizado: véase, seguridad y fenómeno migratorio. Lo que sin embargo resulta evidente es que este principio de siglo está pulverizando esquemas y tabúes que se creían superados y ha presentado tantas convulsiones políticas y sociales en cadena que en verdad resulta imprescindible la búsqueda de un hilo conductor que pueda explicar globalmente tantos desmanes en tan poco tiempo.

Algunas de las novedades que nos ha deparado este convulsivo inicio de siglo además del ya comentado ascenso ultra han sido: la aparición de unos EE UU que cada día manifiestan con mayor rotundidad su desprecio a la cooperación con sus antiguos socios y que aun sin contar con ellos designan a los países del eje del mal en su exclusiva cruzada anti-terrorista. La agudización del enfrentamiento entre árabes y palestinos. India y Pakistán, dos potencias nucleares, al borde de la guerra. La exacerbación de los movimientos xenófobos y nacionalistas en Europa. Curas católicos en las cárceles norteamericanas acusados de pasados abusos sexuales. Argentina a la deriva. La preparación de la segunda intentona en Venezuela. Fidel Castro con Carter en una magistral jugada del cubano para neutralizar el inminente acoso de Bush. Todos estos acontecimientos y muchos más que muy probablemente nos depararán los próximos meses ¿tienen algún punto en común? Y, en cualquier caso ¿pueden explicarse como consecuencia de la globalización?

No es la economía, es la política

Veámoslo en el tema que nos ocupa, la explicación del ascenso ultraderechista: Cierto es que la globalización suscita la resistencia del agricultor europeo o de los trabajadores más desfavorecidos, que son obligados a competir con la mano de obra del Tercer Mundo o, en su propio país, con el inmigrante dispuesto a cobrar salarios más bajos. Y cierto es también que la ultraderecha optando por el camino del populismo, el nacionalismo y el Stop a la inmigración ha sabido explotar este descontento. ¿Pero es el mercado globalizado el que ha obligado a desmantelar el sistema de ayudas estatales europeas agudizando con ello la competencia entre la mano de obra y aumentando su descontento?

Como tantas veces la verdad a medias esconde una gran mentira, ¿acaso el mercado mundial y la competencia en él han nacido con el siglo? Las enormes convulsiones políticas, sociales o militares que estamos viviendo no corresponden a un fenómeno económico, sino político. Todos los acontecimientos mundiales que están reordenando el planeta sólo pueden entenderse correctamente si nos remitimos a la ya lejana caída de la antigua URSS. En particular, la nueva política de Washington con sus antiguos aliados y el desmantelamiento de los Estados del Bienestar europeos no podrían explicarse al margen de este hecho porque sin él resultarían impensables.

Mientras existió la URSS fue necesario mantener una serie de poderes agrupados imprescindibles en el frente anti-soviético y que fueron claves para vencerla. Entre esos poderes destacaban los Estados europeos y por supuesto el Vaticano. La Iglesia era intocable, no podían prosperar denuncias, mucho menos como las que se suceden estos días en EE UU, que hicieran peligrar la alianza. Respecto a los Estados europeos se hacía imprescindible fortalecerlos frente a los posibles intentos del expansionismo soviéticos de socavarlos internamente.

La pieza clave: una socialdemocracia rotundamente pro-yanqui que enmascaraba su gestión aportando subvenciones a cambio de la renuncia a todos los principios ideológicos o políticos más elementales. Así y mientras los EE UU sufrían en sus presupuestos el peso de la carrera militar, las burguesías monopolistas europeas, libres de tal carga podían destinar grandes partidas presupuestarias a aumentar el dopaje entre sus clases trabajadoras construyendo los llamados «Estados del Bienestar».

El definitivo hundimiento de la URSS y la certeza de que el resurgir de Rusia, en cualquier caso, ya no provendrá de una reedición del «socialfascismo» ha sido el cambio sustancial que ha alterado el anterior equilibrio sobre el que se cimentó la sociedad europea de la «guerra fría».

Socios, pero rivales

Europa sigue siendo un socio, pero sobre todo, ha pasado a ocupar el papel de un posible competidor. Los EE UU ya no tienen por qué aceptar la existencia de una Europa subvencionada, ni mucho menos sus críticas, cuando la correlación de fuerzas militar en el mundo les permite emprender acciones sin consultar con nadie. Tampoco tienen por qué aguantar a poderes excesivamente autónomos como el Vaticano que visita a Castro, sirve de refugio a los palestinos en Belén, o se fotografía sonriente con Arafat.

La nueva administración norteamericana pretende sacar ventaja radical del triunfo sobre la ex URSS y de su superioridad militar, la relación de fuerzas mundiales se reordena de acuerdo con esto. Los Estados del Bienestar en este nuevo escenario mundial ya no resultan rentables, Europa ha de contribuir a los gastos militares y el capital europeo traslada la producción al Tercer Mundo buscando una mano de obra más barata o importa nuevos obreros inmigrantes. Son las nuevas circunstancias políticas las que hacen que amplios sectores de los trabajadores europeos se vean obligados a competir con el trabajador de Tailandia o con el inmigrante hispano o magrebí, en plano de igualdad y sin ayudas estatales.

El caldo de cultivo para la demagogia de la ultraderecha, que jamás apuntará contra el poder de los grandes capitales, está servido. El veneno introducido por décadas de dopaje y subvenciones que anularon la conciencia de clase entre los trabajadores europeos no puede más que agrandar su efecto. Pero nadie debe engañarse, el efecto de la globalización en el mercado de trabajo o el desmantelamiento de las ayudas sociales que proporcionaban los Estados del Bienestar no son las causas sino el efecto y por tanto tampoco la solución puede ser su reedición.

La causa última y que sin duda no ha agotado aún sus efectos hay que buscarla en el profundo reordenamiento de fuerzas mundiales provocado por el cataclismo soviético y la única alternativa puede provenir de elevar el nivel de conciencia y organización de las clases populares europeas acerca de cuáles son sus verdaderos enemigos y cómo combatirlos.

Amparo Peris