SUMARIO

N¼ 10 - julio 2002

EDITORIAL

Debate sobre el estado de la nación:
Una marea en busca de su cauce

Organizar en un mismo impulso las muchas voluntades manifestadas el 20-J es un paso necesario para que esa fuerza se transforme en frutos políticos

¿Cuántos de los más de dos millones de personas que inundaron el pasado 20-J las manifestaciones se han reconocido siquiera tangencialmente en el desarrollo del debate parlamentario? ¿Cuántos miembros de esa izquierda social, extraordinariamente amplia pero semienterrada, se ven representados en alguno de los discursos escuchados en las Cortes?

Los mensajes que presentan, como rasgo principal, que «Zapatero exhibió su discurso más duro contra la política antisocial de Aznar», intentan esconder la contradicción principal. Los millones de trabajadores que convirtieron la huelga general en un inmenso éxito expresaron la voluntad de oponerse a los permanentes recortes de Aznar, pero desbordaron, al mismo tiempo, los estrechos márgenes en los que la izquierda oficial pretende encuadrar la combatividad popular. ¿Existe alguna semejanza, aunque sea remota, entre las aspiraciones del pueblo trabajador por cambiar el rumbo del país y la «alternativa» que representa Zapatero? ¿Se corresponde acaso la combatividad expresada por el pueblo trabajador con la apatía e inanidad de la izquierda parlamentaria?

El problema que realmente nos interesa no se encuentra en la elección entre Aznar o Zapatero, entre dos modelos de gestión sobre idénticos raíles. La concatenación entre la explosión popular del 20-J y la indiferencia provocada por la principal discusión parlamentaria ejemplifican el divorcio existente entre ambas. Y, sobre todo, nos plantean el problema fundamental: la casi invisibilidad política del pueblo trabajador. El 20-J demostró la enorme voluntad de lucha, la decisión de pelear por otro destino para el país.

El debate sobre el estado de la nación nos ha recordado la falta de articulación política para que esa mayoría social progresista cristalice en una alternativa capaz de incidir en el rumbo nacional. Enfrentar esta contradicción es cada vez más urgente. Es preciso romper con un muro, edificado celosamente desde la transición, destinado a que la voluntad popular, especialmente la del pueblo trabajador, quede ahogada, o como mucho «moldeada» por partidos cada vez más oligarquizados y alejados del sentir mayoritario.

Organizar en un mismo impulso las muchas voluntades manifestadas el 20-J es un paso necesario para que esa fuerza se transforme en frutos políticos. Levantar otra izquierda, en la que se pueda reconocer todo el amplio abanico social progresista, es imprescindible para conseguir este objetivo. Y requiere edificarla sobre bases antagónicas al cúmulo de traiciones y renuncias que hoy asfixian la izquierda oficial. Este es el camino que nos interesa, más allá de los que quieren reconducir la energía popular hacia caminos que se mantengan dentro de un orden.


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