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Nž 10 - julio 2002 |
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EL RUIDO Y LA FURIA Bodas de sangre en Kabul Existen los que precisan transformar la vida en muerte para dominar En un poblado del sur de Afganistán, una semilla era sembrada entre los cascotes. En la tierra pedregosa y árida, una boda celebra, siguiendo un rito milenario y universal, el inicio del ciclo de la vida que, imperturbable a la realidad que se desploma a su alrededor, exige que no se detenga la rueda natural. Desde el cielo, máquinas venidas desde tierras llamadas a sí mismas civilizadas preparan con meticulosidad calvinista una descarga de cementerio. Una salva de disparos nupciales es lanzada al aire, como una llamada atronadora a la fertilidad, un reclamo de la tormenta que hace crecer y germinar los frutos. Unos centenares de metros más arriba, ese grito natural es incomprensible. Allí los disparos sólo significan el preludio de la muerte, sólo adquiere sentido la pólvora como instrumento de aniquilación. Los rostros de piel aceituna buscaban, al margen de talibanes y bombardeos, engendrar vidas ajenas como medio para justificar la propia. Los hombres bárbaros de ojos azules del Pentágono sólo han sido adoctrinados para saciar la sed de muerte, para segar las mieses que otros siembran y labran. Cincuenta muertos. Cincuenta árboles del pan talados. Cincuenta vidas entregadas en un solo y negro ritual al Dios de los hombres sin fe, a la deidad deforme que desde los santuarios putrefactos de Wall Street o el Pentágono exige diaria y cotidianamente su cuota de sacrificios humanos. Cayeron del cielo las espadas de fuego infinito y se cobraron, en democrática masacre, el precio de las vidas que estaban y las que se encontraban por venir. La explicación de la barbarie expresada por uno de los generales de barras y estrellas está criminalmente desnuda: «Con un poderío militar de tal envergadura, son inevitables los errores». Hay quien, en todos los rincones del mundo necesita crear vida para vivir. Y existen los que precisan transformar la vida en muerte para dominar. Los que arrancan a su paso las semillas de la tierra y la encierran en ataúdes para clavar su bandera sobre nuevas posesiones. Los que a la lógica de la fecundación enfrentan el estruendo mortuorio de las bombas inteligentes. Este es el fondo de las almas de los actuales emperadores globales. ¿Es posible imaginarlos de otra forma? ¿Es sensato esperar vida de los que sólo pueden otorgar muerte? Francesc Ten |
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