![]() |
![]() |
|
|
Nž 10 - julio 2002 |
|
ANÁLISIS De Ajuria Enea a Perejil, pasando por París Uno de los anclajes imprescindibles que permiten la grandeur de Francia en Europa está en el mantenimiento de un status quo por el que España está condenada a ser el vecino atrasado, débil y dominado Posiblemente desde la tarde-noche del 23-F no habíamos vivido acontecimientos tan graves para la vida nacional como las 24 horas transcurridas entre la ocupación marroquí del islote de Perejil y la aprobación por el Parlamento vasco de la propuesta fraccionalista del gobierno de Ibarretxe. Si aquella noche lo que estuvo en juego fue el régimen democrático y la libertad de todos los españoles, ahora lo que se ha puesto en cuestión es, desde el norte, la misma unidad de España y desde el sur, turbulencias que apuntan a Ceuta y Melilla y, con ella, a la integridad territorial. Y de la misma forma que entonces era imposible no advertir la larga mano de Washington y su interés por integrarnos en la OTAN a cualquier precio detrás del foco desestabilizador que propició el intento de golpe, hoy es difícil pasar por alto el desmedido interés de Francia por impedir a toda costa que nuestro país abandone su histórica condición de «zona de influencia» francesa, si no exclusiva sí preponderante. Pese a lo aparentemente distantes e inconexos que parecen uno y otro acontecimiento, ambos, sin embargo, levantan una misma bandera que, no por casualidad, coincide con uno de los objetivos estratégicos históricos de Francia: debilitar, desde distintos frentes y a diferente escala, a España y al Estado español. En un caso Marruecos manifestando en los hechos la debilidad y la capacidad potencial de conflicto que entraña el flanco sur. Del otro Ibarretxe promoviendo ya abiertamente la ruptura del marco de unidad jurídico-política entre Euskadi y el resto de España. ¿Se trata de una simple coincidencia? Ruptura de equilibrios No es posible explicarse el hondo calado, la intensa virulencia y la estrecha conexión que guardan entre sí ambos acontecimientos sin atender, en primer lugar, a quién y contra qué apuntan. La línea impulsada por Aznar responde al proyecto de un sector de la oligarquía financiera española por dar un salto en la cadena imperialista, por dotarse de la capacidad necesaria en capital y en fuerza para tener un nuevo y mayor peso específico en la escena internacional. El objetivo en torno al cual se ha articulado este sector de la clase dominante es alcanzar un rango superior en la jerarquía ordenada por el sistema de relaciones de las principales potencias mundiales. Todos los pasos dados por Aznar tomando como base la concentración de los recursos y una mayor eficiencia y racionalización de la economía están dirigidos a obtener el impulso político necesario para abandonar el papel de furgón de cola de los países desarrollados, de eslabón débil en el entramado de alianzas y dependencias del capital financiero mundial que históricamente ha ocupado nuestro país. Para conseguir este objetivo, Aznar, muy especialmente tras el 11-S, ha buscado en el alineamiento con Washington el apoyo para distanciarse del eje franco-alemán, cuestionando su proyecto de la «Europa de Carlomagno»: la fragmentación de los viejos Estados nacionales para someterlos a un gran poder centroeuropeo. Al tiempo que trabajaba activamente por crear un nuevo triángulo de poder europeo formado por el eje Londres-Madrid-Roma, rompía amarras a marchas forzadas con el eje franco-alemán, lo cual a su vez trae aparejado romper la histórica capacidad de intervención e intromisión francesa en la vida política española. Para Francia, la posibilidad de la pérdida de su influencia sobre España no es principalmente un asunto externo, ni siquiera bilateral: afecta de lleno a su posición en Europa, abocándola a un súbito desequilibrio en las relaciones de poder en Europa tan brutal, que su misma jerarquía de potencia de máximo rango continental se vería seriamente conmocionada. El virreinato del Sur Y esto es lo que París no está dispuesto a consentir. La permanencia de España en su esfera de influencia es demasiado importante para su posición en el tablero europeo y mundial como para perder en unos pocos años lo que lleva siglos siendo así. Podríamos hablar del tiempo en que nos convirtieron de hecho en un virreinato suyo, como en la Guerra de Sucesión, tras la que quedó establecido que Inglaterra y Francia se repartieran el destino de la Península, quedando Portugal y Gibraltar para los británicos y el resto para los galos. Como consecuencia de lo cual sufrimos la invasión napoleónica, o la de los Cien mil hijos de San Luis. O de su actuación a lo largo de todo el siglo XIX apoyando descaradamente al pretendiente carlista a fin de azuzar y promover los conflictos internos españoles, llegando al desvergonzado extremo de que uno de sus embajadores en Madrid encabezara su informe al gobierno de París afirmando: «Los asuntos de España marchan bien para nuestros intereses. Cuanto más sube el carlismo, más baja el precio de las minas de Almadén». O de los análisis de los grandes estrategas francesas del siglo XIX, desvelados por Jon Juaristi, que definían a Euskadi como «un gran navío franco anclado en las costas españolas». Y para quienes piensen que estas son cosas del pasado, bastará con recordarles que, a día de hoy, el país vasco-francés sigue siendo aun cuando sea en forma no tan abierta como hace unos pocos años el «gran santuario» de ETA: el refugio que buscan y encuentran sus pistoleros cada vez que tienen que huir de España; el lugar desde donde la dirección de ETA según insiste la policía española elabora y dicta sus siniestros planes; el mercado donde se negocia, se recauda y se blanquea el dinero extorsionado a empresarios y profesionales; la plaza pública en la que dirigentes de Jarrai o de Gestoras perseguidos por la justicia española jalean abierta e indistintamente la kale borroka, la desobediencia civil o el tiro en la nuca. ¿De verdad cree alguien que no esté afectado por la deshonestidad o por un agudo ataque de cretinismo político que todo esto podría hacerse en contra de la voluntad del gobierno francés? ¿Y qué decir de las relaciones con Marruecos? Aparte de los múltiples intereses franceses a los que ha sumado una buena tajada al conseguir la explotación de la mitad del petróleo del Sáhara; de que la clase dirigente política, económica e intelectual del reino alauíta está mayoritariamente formada en las más elitistas universidades francesas o de que Mohamed VI declare que Chirac es el jefe de Estado que «más confianza y amistad me inspira»; ¿es pensable que Rabat se atreviera de motu propio a sostener un enconado conflicto con España sin tener el apoyo de otra potencia? Se ha recordado estos días cómo Hassan II supo aprovechar un momento de incertidumbre en la vida política española la agonía de Franco para lanzar la Marcha Verde y anexionarse el Sáhara. Pero lo que nadie ha dicho es que si pudo hacerlo fue porque contó con el visto bueno, la aprobación y el respaldo de Washington, que en plena guerra fría no podía permitir el fortalecimiento de una Argelia alineada con el bloque soviético. Si hoy su hijo vuelve a desafiar a España es, indudablemente, porque cuenta con un padrinazgo que le permite guardarse las espaldas en un conflicto que, por su cuenta y riesgo, jamás hubiese iniciado sabiendo que tendría todas las de perder. Ha sido necesaria una fuerte recomposición política interna de Francia, en la que tras el terremoto Le Pen la burguesía monopolista ha conseguido catalizar a la mayoría del país y unificarlo en torno a la figura de Chirac, para que sus efectos empiecen a notarse en nuestra política interna. Una vez puestas en orden sus filas, la clase dominante francesa ha emprendido una de las tareas que la cohabitación había dejado pendientes: moverle la tierra bajo los pies a quien se ha atrevido a cuestionar lo incuestionable; que uno de los anclajes imprescindibles que permiten la grandeur de Francia en Europa está en el mantenimiento de un statu quo por el que España está condenada a ser el vecino atrasado, débil y dominado, sometido permanentemente a su injerencia, intervención y desestabilización. El proyecto del sector de la oligarquía representado políticamente por Aznar no puede avanzar sin librarse de ese anclaje. Los órdagos de Ibarretxe y Mohamed VI son una más que seria advertencia de hasta dónde pueden llegar las tensiones si la política española no cambia de rumbo. Desbordada la decadente burguesía monopolista gala por el insólito dinamismo desplegado por la oligarquía española en la última década; alteradas las relaciones bilaterales por el tutelaje ejercido por Bush sobre «mi amigo Aznar»; sacudida la correlación de fuerzas europea por el fortalecimiento del eje Londres-Madrid-Roma y las crecientes fisuras en el eje franco-alemán, mantener a España como «zona de influencia» propia es para Francia cada vez más necesario y al tiempo más difícil. Y es la razón de que los conflictos provocados por su intervención, en el norte y en el sur, adquieran un antagonismo cada vez mayor. Llegando, como ha ocurrido estos días, a amenazar con cuestionar abiertamente la unidad del país y su integridad territorial. A. Lozano |
¿De verdad cree alguien que no esté afectado por la deshonestidad o por un agudo ataque de cretinismo político que todo esto podría hacerse, por parte del Estado marroquí, en contra de la voluntad del gobierno francés? |