SUMARIO

Nž 10 - julio 2002

REPORTAJE HISTÓRICO

De Felipe V a Perejil:
«Doscientos años de maniobras francesas»

Francia ha considerado a España, desde hace doscientos años, como un área de influencia privilegiada

Es indudable que existe un arraigado sentimiento antifrancés latente en el inconsciente colectivo español. ¿Se trata de residuos anacrónicos de la «España negra» o es, por el contrario, una reacción lógica? Rastreando la historia, podemos encontrar a Francia detrás de dos invasiones, corroyendo, cuando no quebrando, la unidad nacional, maniobrando para atar en corto a una parte de las élites locales... ¿No es hoy un secreto a voces que París utiliza la existencia de un santuario etarra dentro de sus fronteras como instrumento de presión hacia Madrid? ¿No es comentario obligado en todos los círculos políticos que la mano gala empuja a Marruecos en su conflicto con España?

La sensibilidad popular reacciona, con los medios de que dispone, ante una realidad que persiste ya durante doscientos años: Francia ha considerado a España, unas veces como un virreinato y otras como un área privilegiada de influencia. Desde el mismo momento en que se consuma el declive español como gran potencia, París se afana por incorporarla a su esfera de dominio. Tal y como plantea el historiador galo Pierre Villar: ĮPolíticamente débil, España será tratada por el extranjero como zona de influencia. La intervención de 1823, las posiciones adoptadas respecto al carlismo, Įlos matrimonios españolesČ, las intrigas en torno a Espartero y Narváez son otros tantos episodios de una rivalidad anglo-francesa en torno a España». Impedir que España despegue como una potencia capaz de cuestionar el padrinazgo galo se ha convertido, en los dos últimos siglos, en una obsesión de la diplomacia parisina.

Virreinato de facto

Los intentos desestabilizadores con epicentro en París tienen un origen centenario. En 1640, Francia azuzó el levantamiento secesionista en Cataluña, que tiene su punto de partida en la negativa catalana a atender las aportaciones económicas a la guerra europea exigidas por Olivares. Luis XIII será nombrado Conde de Barcelona, y reconocido como la máxima autoridad. Pero será durante los reinados de los llamados Austrias menores, que evidencian la impotencia española para mantener su estatus de gran potencia, cuando se aceleren las maniobras galas. Francia se fija entonces como objetivo primordial incorporar bajo su égida al débil pero vastísimo imperio español. Carlos II, gravemente enfermo, muere sin descendencia. Durante su convalecencia, las presiones francesas consiguen que, un mes antes de la desaparición del rey, se designe sucesor al duque Felipe de Anjou, futuro Felipe V y nieto del monarca galo. Luis XIV ratifica los derechos sucesorios de un Felipe ya autoprocalamado rey de España.

La posibilidad de una absorción territorial plena cuestiona el Tratado de Partición, fiel del equilibrio geopolítico continental, y provoca la irrupción de Inglaterra apoyando al archiduque Carlos de Austria. La Guerra de Sucesión será la disputa entre las principales potencias, Francia e Inglaterra, por el dominio de España. Las principales batallas se librarán entre tropas, muchas de ellas extranjeras, al mando de generales galos y británicos; la dirección política y la resolución del conflicto seguirán el ritmo de la correlación de fuerzas entre París y Londres.

El 13 de julio de 1713 se firma el tratado de Utrecht, que consuma la partición española y su establecimiento como área de influencia imperial. Los territorios españoles en Europa pasan a Austria. Y la Península se trocea: Inglaterra mantiene satelizado a Portugal y obtiene la soberanía sobre Gibraltar y Menorca, mientras que Felipe V es reconocido rey de España y de las colonias americanas. Mediante los Pactos de Familia, que obligaron al ejército español a combatir junto al galo en las guerras de Sucesión polaca y austriaca, Francia se asegura la posición preponderante en la vida española.

La invasión napoleónica

La revolución burguesa no quiebra las apetencas francesas sobre España. En los albores del XIX, París y Londres se disputan el imperio ultramarino español bajo dos estrategias: mientras Inglaterra trabaja por la independencia de Hispanoamérica bajo su tutela, París emprenderá una frenética carrera por el control de la Península como llave de entrada al botín americano. La influencia gala en la política española provoca el sorprendente ascenso de Godoy, un simple guardia de corps, a las más altas esferas del Estado. Su política encadenará a España a la estrategia expansionista de París. Los tratados de San Ildefonso convierten España en una base militar gala: el ejército español participará junto a tropas napoleónicas en la invasión de Portugal, y varios miles de soldados son enviados a combatir en Dinamarca bajo pabellón de París. Incluso la hacienda española pagará un canon para financiar al ejército francés.

La traición de Godoy, que financiará su vejez con una sustanciosa pensión otorgada por Luis Felipe de Francia, abrirá las puertas a la invasión. Napoleón obligará a Carlos IV y Fernando VII a abdicar en Bayona, otorgando todos los derechos sobre España y las Indias a su hermano José, que es traido desde Nápoles para hacerse cargo de la corona española. Napoleón consigue la devolución de Luisiana, veta cualquier tipo de unión entre España y Portugal, e incluso la diplomacia francesa llegará a diseñar un proyecto para fragmentar España en tres reinos ocupados por monarcas impuestos desde París.

Los Cien Mil Hijos de San Luis

En 1820, el golpe dirigido por el general Riego da comienzo a tres años de gobierno liberal. Las transformaciones acometidas, y sobre todo el escoramiento hacia Inglaterra, encienden las alarmas en Francia, que puede ver disminuir de forma sensible su control sobre España, y la nobleza más reaccionaria, que contempla en peligro sus seculares privilegios.

En la Convención de Verona, la Santa Alianza (que unía a los Estados más retrógrados del continente en el objetivo de frenar el avance británico y el surgimientos de gobiernos liberales) decide acabar la experiencia liberal española. 72.000 soldados franceses penetran en la Península, conocidos como los Cien Mil Hijos de San Luis, contando con el apoyo del sector aristocrático más progalo. Bombardean la capital y permanecen, bajo la cobertura de una petición de Fernando VII, durante dos años en territorio español, nombrando directamente comisarios franceses al mando de los organismos más importantes. La hacienda española costeará la estancia de los invasores.

La desestabilización carlista

«¡Ojalá tuviera usted bastantes tropas y medios para ocupar la línea de los Pirineos y colocarse entre Francia y el país insurrecto!¡Eso sí produciría un buen efecto!». Así se expresaba Villiers, embajador inglés en España, en carta al jefe de las tropas «cristinas». Uno de los embajadores franceses en España certificaba este diagnóstico al afirmar que «los asuntos de Francia en España funcionan bien. Cuanto más suba el carlismo, más bajarán las minas de Almadén». La burguesa y liberal república francesa no tuvo ningún rubor en apoyar decididamente a los absolutistas y reaccionarios carlistas si eso provocaba una desestabilización que debilitara el Estado y facilitara aumentar su dominio sobre España. París les prestaba refuerzo militar y logístico y los jefes carlistas disponían de un santuario en suelo francés. Cuando el primer ministro español Tornero implora la actuación de tropas francesas ante Įla audacia de las facciones carlistasČ, París, que diez años antes había enviado los Cien Mil hijos de San Luis, responde con una lacónica negación.

España, que sólo cincuenta años antes abarcaba todo un continente, ve ahora cómo cada vez es más difícil mantener la estabilidad en la Península. Y Francia sacará buen fruto de sus intrigas. El mantenimiento del ejército del Norte creará una situación insostenible en las finanzas del Estado. La banca Rotschild ĮsolucionaráČ el problema concediendo un crédito, a cambio del arrendamiento de las minas de Almadén. El capital francés se va a convertir en propietario de la mayor parte de la Deuda pública. El tendido del ferrocarril (motor del impulso industrial) será adjudicado también al capital galo de los Périre.

Pero la infiltración no es sólo económica. Mientras Londres extenderá sus redes entre los liberales, París utilizará a los moderados para ejercer su influencia en las más altas esferas del Estado. La dicotomía entre las dos grandes figuras militares del siglo XIX, Espartero y Narváez –uno se exilia en Inglaterra y el otro en Francia–, ejemplifica la pugna entre las dos grandes potencias por el control político de España.

Joan Arnau


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¿De verdad cree alguien que no esté afectado por la deshonestidad o por un agudo ataque de cretinismo político que todo esto podría hacerse, por parte del Estado marroquí, en contra de la voluntad del gobierno francés?

Los intentos desestabilizadores con epicentro en París tienen un origen centenario.