SUMARIO

Nž 10 - julio 2002

NACIONAL

La complementariedad del terror

Todas las acciones concretas de ETA parecen diseñadas para «complementar» la ofensiva política que los Arzallus, Eguibar e Ibarretxe emprendieron desde Lizarra

El auto de Garzón contra el entramado de ETA supone un golpe al nazifascismo en Euskadi del que todos los demócratas debemos alegrarnos.

El juez de la Audiencia Nacional ha evidenciado, a través de una escrupulosa investigación de los propios documentos de la banda terrorista, la pirámide fascista que, bajo el principio de «complementariedad», hace converger bajo la dirección de ETA todos los elementos del mundo abertzale (desde Batasuna a la kale borroka, desde Egin o Ardi Beltza hasta la desobediencia civil) en torno a un objetivo: sembrar el terror que doblegue la voluntad de los que no se someten al nacionalismo étnico y crear las condiciones de confrontación social que favorezcan la ruptura con España.

Cercenar la impunidad con la que planifican y coordinan su estrategia del terror es un éxito en la lucha por la libertad. Pero, a pesar de su importancia, ésta es todavía una victoria parcial. La estrategia de la complementariedad dentro del fascismo vasco abarca un espectro mucho más amplio que el de la izquierda abertzale. Las furibundas reacciones de algunos de los dirigentes nacionalistas más escorados hacia las tesis etnicistas (acusando a Garzón de «forzar el ordenamiento jurídico» o «envenenar políticamente Euskadi») nos proporcionan la pista a seguir.

La misma ETA nos desvela la esencia de la «complementariedad». En uno de sus documentos fija que el objetivo de la actual ofensiva es «generar, con respaldo de los ayuntamientos afines, una cultura política y social de ruptura con España, una escisión de hecho que asegure el triunfo de la consulta popular». Ibarretxe se encarga de proponer la ronda de consultas, y ETA «generará la cultura» necesaria para que «el pueblo vasco pueda ejercer [en la dirección adecuada] su soberanía». ¿No es esto complementariedad?

Todas las acciones concretas de ETA parecen diseñadas para «complementar» la ofensiva política que los Arzallus, Eguibar e Ibarretxe emprendieron desde Lizarra. El documento Piztu Euskal Herria (Encender Euskal Herria), elaborado por la dirección de ETA en 1999, justo antes de que la cúpula más aranista del PNV iniciara su ofensiva étnica, establece que «las labores de desobediencia tendrán que dar un salto en esta fase por parte de todas las fuerzas políticas, sindicales y sociales comprometidas». En él se establece que la desobediencia es «el instrumento más poderoso para alcanzar la soberanía-independencia y la unidad territorial, un área de lucha preferente para avanzar y dar contenido al proceso de autodeterminación».

A la luz de Lizarra y Udalbiltza, la asamblea de municipios vascos impulsada conjuntamente por PNV y EH, se impulsan campañas como la elaboración de un censo propio y el DNI vasco. La kale borroka se espolea como «estrategia complementaria». El propio pacto de Lizarra es considerado por la dirección etarra como «un avance considerable en el proceso de acumulación de fuerzas necesario para la construcción nacional». No es preciso hacer elucubraciones. El mismo Arzallus nos desvela también la necesidad de la «complementariedad», cuando en una de sus conversaciones secretas con ETA afirmó que «no conozco de ningún pueblo que haya alcanzado su liberación sin que unos arreen y otros discutan. Unos sacuden el árbol, pero sin romperlo, para que caigan las nueces, y otros las recogen para repartirlas. Antes, aunque sin un acuerdo explícito, había un cierto valor entendido de esta complementariedad. Desde hace unos años, tras la muerte de Txomin, estamos olvidando esto y nos lleva a situaciones peligrosas. Nosotros somos los de siempre. Sin revolución, marxismo, ni tiros, pero con los mismos objetivos de siempre».

¿Tendría algún peso político la voz de Arzallus sin el terror infundido por ETA? ¿Podría ETA gozar de la impunidad actual sin la cobertura política que le ha prestado la línea nazifascista del PNV? Para que el proyecto de ruptura enunciado por Ibarretxe avance, necesitan que el brazo ejecutor, ETA, doblegue la voluntad mayoritaria de los vascos.

Pero no sólo son complementarios. Hay alguien que lleva la voz cantante. Contrariamente a quienes afirman que el peligro radica en el secuestro por parte de ETA de las direcciones nacionalistas, la banda terrorista, en el boletín Zutabe nž 72, se queja de mantener «excesiva dependencia del PNV». ¿Cabe una confesión más explícita sobre quién lleva las riendas del proyecto nazifascista que sufre Euskadi? El éxito no será completo hasta que la justicia no recaiga sobre los que cargan con la máxima responsabilidad. El hecho de que no existan relaciones orgánicas entre ETA y la línea nazifascista instalada en la dirección del PNV introduce una dificultad. Pero es necesario encontrar los elementos jurídicos que permitan perseguir una responsabilidad que políticamente está ya demostrada.

Jon Arza


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