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N¼ 10 - julio 2002 |
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EDITORIAL INTERNACIONAL Ántrax «made in USA» El responsable de los ataques de ántrax es un americano de pura cepa, muy próximo al Departamento de Defensa, la CIA y el programa de biodefensa (New York Times) La automutilación parece estar causando furor en EEUU. Hace unas semanas, las revelaciones de documentos del gobierno estadounidense y denuncias de agentes del FBI, nos confirmaban que la CIA y el Pentágono consintieron, como mínimo, el atentado a las Torres Gemelas. Hoy, uno de los principales columnistas del New York Times escribía, refiriéndose al causante de los ataques con antrax en EEUU: «si el señor Z fuera árabe, ya estaría en la cárcel, pero es un americano de pura cepa muy próximo al Departamento de Defensa, la CIA y al programa de biodefensa». Otros influyentes sectores de la sociedad norteamericana, como la cadena de televisión ABC o la Federación de Científicos Americanos (respaldada por medio centenar de premios Nobel) comparten la misma opinión. Efectivamente, el ántrax hallado en tres cartas enviadas a Washington, Nueva York y Florida pertenece a la misma cepa, llamada Ames, desarrollada hace décadas en laboratorios de Iowa y conocida por su virulencia. La publicación científica New Scientist ha señalado que las cepas serían similares a las utilizadas por el ejército norteamericano en la década del Ô60 para fabricar armas de ántrax. Las esporas estaban además tratadas con «un aditivo muy sofisticado que maximiza su potencial de causar ántrax pulmonar», la más mortífera de sus manifestaciones, que sólo ha sido desarrollado por los laboratorios del complejo militar industrial americano. Quizá por esto Steven Block, profesor de guerra bacteriológica en la Universidad de Stanford, haya sugerido que las razones de los sucesivos obstáculos interpuestos por el FBI a la investigación sean que «el autor o bien tiene información sobre el Gobierno de EEUU o bien es el propio Gobierno» A pesar de todas las maniobras de ocultación, no han podido evitar que todas las pistas conduzcan hacia un nombre: Steven Hatfill, científico vinculado a la CIA y al Pentágono. Un ligero repaso a su trayectoria dibuja un perfil que en palabras del FBI, le convierten en «una persona interesante». Su currículo empieza en el Instituto Militar de Fort Bragg, en Carolina del Norte, entre 1975 y 1978. Y concluye en el Instituto de Investigación de Enfermedades Infecciosas del Ejército en Fort Detrick (Maryland), centro de los experimentos secretos de biodefensa, entre ellos los relacionados con el antrax y el ébola . Hay todavía más datos interesantes: Hatfin presumía de haber trabajado de agente doble en las entrañas del régimen racista de Rodhesia. Allí fue acusado de causar el mayor brote de ántrax de la historia entre 10.000 campesinos negros. Las lagunas en su biografía parecen corresponder a misiones secretas directamente asignadas por el Pentágono, localizadas precisamente en Asia Central. De vuelta a EEUU, dirigió un estudio centrado, casualidades de la vida, en la incidencia de un ataque de ántrax por correo. Conforme avanzan las investigaciones, la mano que esparce el ántrax, la que infunde el terror que fuerza a la sociedad norteamericana a aceptar los proyectos más militaristas, está cada vez más integrada en el cuerpo del complejo militar estadounidense. Corea El general Ishii y su temida unidad 731, culpables de genocidio biológico durante la contienda, no tuvieron castigo alguno. Gracias al Protocolo de rendición japonesa pasaron a trabajar para EEUU. Sus «conocimientos prácticos» fueron utilizados durante la guerra de Corea. En carta al investigador Stephen Endicott, John Burton, ministro de Asuntos Exteriores australiano, afirma que «estuvimos en China en 1952 para evaluar las afirmaciones sobre la guerra bacteriológica (...) A mi regreso, Alan Watt, mi sucesor al frente del ministerio de Asuntos Exteriores, me informó que habían pedido respuestas a Washington, y que le habían informado que los EEUU utilizaron armas biológicas en Corea, pero sólo a título experimental». Un experimento letal. El 27 de octubre de 1950, dos semanas después de la entrada de las tropas chinas en la guerra de Corea, el secretario de Defensa norteamericano, George Marshall, da luz verde al desarrollo de un ambicioso programa de guerra bacteriológica, dándole la consideración de prioridad estratégica, al mismo nivel del armamento nuclear. En uno de los documentos desclasificados por la CIA puede leerse como, a finales de 1950, el Comité para la guerra bacteriológica del Departamento de Defensa, felicita a la división de operaciones espaciales de Fort Detrick por «la originalidad, la gran imaginación y agresividad de que ha hecho gala en la invención de medios y mecanismos de diseminación secreta de sustancias de guerra bacteriológica». El programa, del cual todavía desconocemos su verdadera magnitud, investigaba entre otros, la propagación del cólera, la disentería, la fiebre tifoidea y el botudismo Vietnam Durante 10 años, entre 1961 y 1971, Estados Unidos roció 72 millones de litros de herbicidas sobre suelo vietnamita en lo que se llamó la operación ÇRanch HandÈ. En su mayor parte corresponden al químico defoliante conocido como «agente naranja» y al napalm incendiario, un compuesto de gasolina, benzol y poliestireno. Más de 2 millones de hectáreas fueron contaminadas con dioxina, una sustancia no degradable presente en ambos compuestos. El contacto con un solo gramo tiene consecuencias mortales. El país entero fue arrasado: la superficie contaminada equivale al 10% del territorio nacional, y la mitad de la superficie cultivable quedó reducida a cementerios tóxicos. Los efectos se han dejado sentir durante décadas. Según un estudio de la Cruz Roja dirigido por el profesor de la Universidad de Texas, Arnold Schrecter, el 95% de las personas investigadas en áreas de Vietnam del Sur presentan una cantidad de dioxina 800 veces superior a lo normal. La firma canadiense Hatfield Consultants Ltd, ha demostrado las consecuencias sobre la infancia. Después de 25 años, unos 300.000 niños nacidos después de la guerra, de padres que sirvieron como soldados o que vivían en las zonas fumigadas por el Çagente naranjaÈ, sufren de malformaciones congénitas, impedimentos físicos y mentales, falta de masa muscular en los miembros y cáncer, entre otras afecciones. Uno de cada cien niños vietnamitas muere a causa de la contaminación biológica provocada por EEUU. La guerra del Golfo La utilización de armamento biológico por parte de las tropas norteamericanas en territorio iraquí es ya un secreto a voces. El llamado «síndrome del Golfo» afecta a 80.000 soldados norteamericanos, y se manifiesta a través de temblores, espasmos musculares, fatigas, inmunodeficiencias, depresiones, y malformaciones entre sus descendientes. La universidad de Duke (Carolina del Norte, EEUU) estableció la relación entre este cuadro clínico y las drogas que se suministraron a los militares norteamericanos para, oficialmente, protegerlos de las armas bateriológicas. Según informó el Centro Nacional de Recursos de la Guerra del Golfo: «A muchos soldados los amenazaron con someterlos a consejo de guerra si no se dejaban vacunar, mientras que a otros los inyectaron a la fuerza. Por lo general no anotaron las vacunas en su historia médica. Algunos médicos y enfermeros informaron que les ordenaron no anotar las inmunizaciones y destruir información médica durante y después de la guerra». Varios soldados de la marina norteamericana afirman que sus historiales médicos demostrarían haber sido sometidos a agentes químicos o biológicos en el Golfo. Hay varias pruebas que reafirman esta convicción. Ex combatientes apostados en Arabia Saudita recuerdan que después del comienzo de los bombardeos en enero de 1991, los detectores de químicos en sus bases dieron la alarma constantemente. Ahora parece que eso fue una consecuencia de los residuos químicos de los bombardeos. Además, equipos de detección de venenos químicos de Checoslovaquia repetidamente le advirtieron a las fuerzas estadounidenses que habían detectado sustancias tóxicas, entre ellas el gas neurotóxico sarín y el GA/GB o gas mostaza 8.000 soldados estadounidenses han muerto a causa del llamado síndrome del Golfo. En Irak, los residuos contaminantes, que incluyen también la utilización de uranio empobrecido, alcanzan las 320 toneladas, que seguirán activos en tierra, agua y aire durante miles de años. Los casos de cáncer han aumentado un 55%, llegando a multiplicarse por cuatro en zonas especialmente castigadas por los bombardeos, como Basora. Francesc Ten |
Felicitamos a la división de operaciones especiales de Fort Detrick por la gran imaginación y agresividad de que ha hecho gala en la invención de medios y mecanismos de diseminación secreta de sustancias de guerra bacteriológica (Comité para la guerra bacteriológica del Dto. de Defensa) |