SUMARIO

N¼ 10 - julio 2002

CULTURA

Tony Kushner

Un teatro urgente

Homebody/Kabul

Entrevista a Tony Kushner

Carta a T. K.


Tony Kushner

Nació en Nueva York en julio de 1956, Tony Kushner es sin duda el autor teatral norteamericano más reconocido, tanto dentro como fuera de EEUU, recogiendo a partes iguales el calor del público y la aclamación de la crítica.

Su primera obra, A bright room called day (Una habitación clara llamada día) se sitúa en la Alemania de la República de Weimar, en vísperas de la toma del poder por parte de Hitler. Ha realizado diversas adaptaciones como LÕIllusíon Comique, de Corneille; Stella, de Goethe; The good person of Setzuan, de Brecht, y The Dybbuk, de Ansky. Kushner ha recibido además el reconocimiento del New York State Council y de la American Academy of Arts and Letters, entre muchos otros. Sus obras se han representado en numerosos teatros estadounidenses y del resto del mundo.

En noviembre del 97 se estrenó la versión íntegra de Angels in America en el Theatre de la Commune Pandora de Aubervilliers. Recibiendo el premio Pulitzer y varios premios Tonys, equivalentes a los oscars en el mundo del teatro, certifican el profundo impacto de la obra. ¡Eslavos! Reflexiones sobre los eternos problemas relacionados con la virtud y la felicidad (Nueva York, 1994), pieza corta en tres actos con un prólogo y un epílogo, se estrenó el 3 de octubre en el Théátre National de la Colline en coproducción con el Centro Dramático Nacional. El pasado mes de diciembre, poco después del 11-S, se estrenaba en Nueva York Homebody/Kabul.

Un teatro urgente

Todas sus obras han sido una permanente contracorriente, un filo cortante que ha penetrado, desde una radical perspectiva de izquierdas, en los momentos y preguntas decisivas

«Es difícil encontrar a un autor como Kushner, que habla como Shakerpeare o Williams lo hicieron en sus épocas, y que con una lógica implacable nos habla de nosotros mismos». Josep Maria Flotats, uno de los grandes nombres del teatro español, nos retrata así a este neoyorkino que devuelve al teatro una pulsión viva, actual, casi urgente.

Con «Homebody/Kabul», Kushner vuelve a levantar otro monumento de teatro total para abrir las preguntas más dolorosas, las contradicciones más lacerantes. Aquellas donde se encuentra la verdad. Casi un año después del once de septiembre, cuando empezamos a contemplar los horrores de la respuesta militar norteamericana, asistimos al estreno en España de una obra que se atreve a dirigirse a Washington y formular la acusación: ustedes financiaron, formaron y armaron a los talibanes; su horror también es el suyo. Cristalizada en la profética advertencia de uno de los protagonistas, pues Kushner acabó la obra meses antes del ataque contra el WTC: «Si quieren tanto a los talibanes, llévenselos a Nueva York. Aunque no se preocupen, ya están llegando a Nueva York».

La obra ha debido enfrentar en EEUU una furibunda campaña, encabezada por el conservador Washington Post, acusándola de propaganda talibán. Es curioso que quienes han gestado a los terroristas levanten el dedo contra quienes se atreven a contar la verdad.

La trayectoria de Kushner permite clarificar los perfiles que vuelven a erigirse en su última creación. Todas sus obras han sido una permanente contracorriente, un filo cortante que ha penetrado, desde una radical perspectiva de izquierdas, en los momentos y preguntas decisivas. Su primera obra, «Una habitación clara llamada día», ambientada en los momentos previos a la toma del poder por parte de Hitler, indagaba en las causas del ascenso del nazismo. Más tarde, «Ángeles en América», apedreaba el cristal del reaganismo, evidenciando hasta que punto el vendido «sueño americano» se había transformado en una pesadilla cruel y deforme. «Eslavos» ajustaba cuentas, tanto al delirio criminal en que se había transformado la URSS, como a las pretensiones de enterrar definitivamente, junto a las exequias de los nuevos zares, las aspiraciones revolucionarias de los pueblos por transformar el mundo. Hoy, Kushner nos presenta otro título imprescindible, otra valiente y penetrante incursión en los lugares donde el arte cumple, como enunciaba Kafka, su verdadera función, «destrozar una parte del mar helado que atenaza nuestras conciencias». Cuando buena parte del teatro da la espalda a la realidad, Kushner, como todos los grandes creadores, no puede vivir de otra cosa que la actualidad más urgente y dolorosa.

Homebody/Kabul

«Una vaca no tiene valor dramático». El drama que une a todas las vacas estrujadas que pueblan el planeta sería el mismo porque, como en Afganistán, «no hay mucho donde escoger»

De Homebody/Kabul se podría decir, porque lo es, que es un alegato contra las atrocidades de los talibanes. Y, de paso, contra Estados Unidos, la CIA, la URSS, Bin Laden, el tráfico de armas como forma de intervención, la disputa por el gas natural ...

Pero uno no puede dejar de preguntarse por qué algo que vemos todos los días, mientras comemos frente al televisor, es capaz de conmovernos tan íntimamente como lo hace la obra de Tony Kushner. Es posible que la respuesta esté en una frase que pronuncia Quango (uno de los personajes): «Alguien miró por un caleidoscopio a una vaca, pero enseguida se aburrió de mirar. Una vaca no tiene valor dramático». Y desde esta perspectiva (la de las vacas estrujadas, como decía Lorca), podemos encontrar, por debajo de la geopolítica, una historia de desencuentros. Pero también de búsquedas desesperadas, de renuncias ... Una sinfonía donde todos y cada uno de los personajes encuentra un espacio para hacernos oír su verdad. Una policromía que muestra las luces y las sombras de cada personaje. Y que ilustra, de una manera tan sutil que es prácticamente imperceptible, dos actitudes a la hora de enfrentarse a la propia tragedia, extensible a la del destino colectivo.

En la obra se dan dos viajes cruzados, dos «transplantes», si queremos llamarlo así. Uno es el que da título a la obra, el de Homebody, mujer londinense, destino Kabul. Otro es el de Mahala, mujer afgana, destino Londres. Estos dos viajes marcan el inicio y el desenlace de una representación «de ida y vuelta». La presentación de Homebody está hecha con esa ironía inglesa que mueve a la risa. Dice de sí misma que es una charlatana, que utiliza palabras que nadie entiende, que todo su mundo es su hogar, que toma antidepresivos, que «prueba los de su marido por ver cómo se siente él aunque él nunca prueba los suyos», que le parece que ya no quiere a su hija y en algún momento nos confiesa que la reacción de la gente al verla es la de: ¡evitadla! Cuando Homebody termina su monólogo desaparece de la escena durante el resto de la obra.

La presentación de Mahala es un grito estremecedor, un aullido de dolor ante el sufrimiento provocado por los talibanes. Ha visto morir a niños, ha visto cómo mujeres se tiraban por la ventana al ver morir a toda su familia. Dice que es su gente, pero que los odia; que es horrible partir, pero que ya no recordaba el alfabeto. De ella dicen que se ha vuelto loca. Homebody (ama de casa) elige un destino insólito: «En Kabul sólo hay miseria, ni siquiera hay turismo. ¿Quién querría venir a Kabul?» Homebody decide morir-vivir encerrándose, sin salir ni hablar hasta que no aprenda el Corán y el pashtu. Una elección valiente que, como la de las mujeres que mueren en Afganistán, «buscaba lo que el mundo quiere olvidar». Mahala (bibliotecaria) decide vivir-morir en Londres. Una elección comprensible para alguien que detesta la caverna. Un mundo que pone en la mesa de su comedor todos los libros de la Biblioteca Nacional mediante un ordenador. Un confort sostenible a base de prozac y donde nadie puede salvar a nadie del burka invisible que todos llevamos puesto.

Quizá la chispa que pueda encender la esperanza del encuentro, la pone Tony Kushner en boca de Milton, en un diálogo con Mahala, con una bella metáfora sobre el lenguaje informático: «Tú eres el software y, yo soy el hardware». La particularización de lo universal, la reducción de lo existente a parejas de contrarios que se complementan y se relacionan. Kabul podría ser Ramala, y Londres, Madrid. El drama que une a todas las vacas estrujadas que pueblan el planeta sería el mismo porque, como en Afganistán, «no hay mucho donde escoger».

Encarna B.


Entrevista a...

Tony Kushner

«Si no tienes una teoría con la cual empezar, ¿qué vas a poder hacer?»

Su obra afronta en toda su crudeza los horribles hechos acontecidos en nombre del comunismo, pero para señalar que aquél nunca debió ser el camino, y para formular las preguntas fundamentales que cualquier persona progresista debe plantearse si quiere alcanzar un futuro distinto al capitalismo

DV.- «Angeles en América» es una pieza política. Algo que los americanos y los críticos no suelen apreciar. ¿Cómo has superado esta resistencia?

T.K.- Lo que vi en la respuesta del público fue una gran necesidad de discusión de temas políticos. Así que me pregunto: ¿es que a los americanos no les gusta la política o es que mucho teatro político está mal hecho? Una de las cosas que aprendí de «Eslavos» es que es mucho más fácil decir que eres gay que decir que eres socialista. La gente tiene miedo al socialismo y se asustan de las obras que tratan del socialismo o de la economía. Además, «Angeles en América» es muy entretenida. Hay cosas formalmente nuevas, y la gente se ha animado con el tamaño y la envergadura. Es una buena obra, y esto es lo que ha hecho la diferencia. A la gente también le gusta «Forrest Gump». La gente no debería fiarse de los artistas, ni del arte. Lo divertido del arte es que te anima a que lo interpretes. La relación entre forma y contenido, y entre estética y política, es muy compleja. Una buena política produciría una buena estética, una política muy buena produciría una estética muy buena, y si realmente quiere contestar a las preguntas para llegar a la verdad, la estética más buena producirá la verdad, una política de progreso.

DV.- ¿Consideras tus obras como parte de un movimiento político?

T.K.- Claro. No podría escribir nada que no lo fuera. Me gustaría que mis obras fueran leídas por la gente más progresista del país, lo que debería hacer el arte es predicar a los conversos. Cuando más feliz estoy es cuando más gente comprometida me dice «tu obra fue importante para mí; me ha hecho reflexionar sobre algo, o me ha hecho entender que no soy el único que piensa de esta forma». Es como cuando vas a una manifestación, que muchas veces es la única forma para no perder la cabeza. Tienes que acordarte que hay mucha gente que está igual de entregada que tú. Cuando doy clases de escritura, siempre digo a mis estudiantes que hay que pensar que el público es más listo que tú. No puedes escribir si no piensas que el público está a tu lado, sino empiezas a insultarle o a hacerle sermones.

DV.- El personaje Prelapsarianov, el «bolchevique más viejo del mundo», hace el mismo discurso tanto en «Ángeles» como en «Eslavos»: «¿Qué tenemos que hacer con la teoría? ¿Basta con rechazar el pasado? Pero, ¿es sensato caminar como ciegos, sin la luz fría de la teoría que te indica el camino? Vosotros, que vivís en tiempos miserables, no podéis imaginar la grandiosidad de la perspectiva que nosotros teníamos». Tanto en «Perestroika» (segunda parte de «Angeles») como en «Eslavos», toda la historia nace de la cuestión: ¿Si no sabes dónde vas, te puedes mover? Y, ¿tienes posibilidad de elección, o tan sólo te lanzas e intentas seguir adelante?

T.K.- Aquel monólogo salió de una discusión que tuve con mi amigo Oskar Eustis sobre Gorbachov. Su idea, que es la base de lo que dice Prelapsarianov, es que si no tienes una teoría con la cual empezar, ¿qué vas a poder hacer? Gorbachov quería ser un socialista democrático, y lo consiguió a medias. Es uno de los grandes misterios... ¿Por qué «Eslavos» termina con la pregunta ¿Qué hacer? Yo quería que alguien contestara a la pregunta ¿qué pasaría si realmente hubiéramos llegado al fin de la historia? ¿Si ya no hubiera nada que hacer, y estuviéramos enganchados al capitalismo? Aunque no creo que pueda ser posible. Yo todavía creo en el origen dialéctico del universo. Hay un principio dinámico. Las cosas van siempre mejorando mecánicamente, pero siempre hay alguna forma de progreso o de decadencia. Y hay demasiada miseria en el mundo. Es algo que no puede durar.

DV.- ¿Qué crees que hay que hacer?

T.K.- Yo tengo 38 años. Uno de los ritos de paso dolorosos de la gente de izquierdas es entender que es una lucha que dura la vida entera. Desde Nixon en adelante estamos atravesando una contrareacción a los años 60, se trata de una tendencia muy amplia y extendida, y tardaremos décadas en darle la vuelta. La gente tiene que encontrar un tema que les apasione, que permita construir una causa común entre los varios grupos de interés.

DV.- ¿Cuál es tu secreto como dramaturgo?

T.K.- Tienes que pensar: ¿qué es lo que estoy alimentando? Y luego tomar tu decisión según la respuesta. Lamento haber puesto sólo un personaje negro en «Angeles» (la enfermera). Fue una tontería por mi parte. Tenía mucho miedo de escribir una obra en la que hay una pareja, uno tiene sida, el otro se marcha. Pensé que era transgresivo y asustador, y que me iba a convertir en el enemigo número uno de la comunidad gay. Pero también hay que ser atrevido e interesante, hay que osar escribir cosas que chocan. El choque es parte del arte. El arte educado no tiene ninguna gracia.


Carta a Tony Kushner

No hay padrecitos ni iconos que valgan. No hay nadie por encima de nosotros. No hay más dirigentes que nosotros mismos. Durante los meses posteriores a su estreno, en las sedes de Unificación Comunista de España realizamos diferentes actividades sobre la obra «Eslavos», incluyendo una lectura dramatizada con todos los actores. Nuestro interés radica en que esta obra concentra buena parte de las contradicciones y preguntas decisivas que todo revolucionario se plantea en la actualidad. A raíz de estos hechos, decidimos ponernos en contacto con Kushner, trasladarle nuestras sensaciones. Éstos son algunos extractos de la carta:

Tuvimos la ocasión de conocer su obra Eslavos el año pasado (...) Tuvimos entonces, y seguimos teniendo ahora, la certeza de haber encontrado un amigo muy cercano al otro lado del Atlántico. Un amigo que piensa de un modo muy parecido a nosotros y que se plantea los mismos problemas y las mismas preguntas. En los confusos tiempos que corren esto es, en primer lugar, motivo de una gran alegría.

Eslavos es para nosotros un importante texto de referencia. Porque permite a quien lo conoce acercarse de una forma viva y clara a los problemas que la historia del comunismo ha dejado sobre la mesa en nuestro siglo. Porque sintetiza en gran medida algunas cuestiones esenciales que ha dado cuerpo a nuestra trayectoria y a nuestro pensamiento a lo largo de 25 años; por ejemplo, nuestro rechazo incondicional al secuestro de la voluntad y la energía de un pueblo en nombre de nada ni de nadie, sea el Estado, el Partido, la bandera roja, el Socialismo... y que de forma extraordinaria queda reflejado en su obra con la oposición entre el corazón y la cabeza.

Porque su obra afronta en toda su crudeza y brutalidad los horribles hechos acontecidos en nombre del comunismo, pero para señalar que aquél nunca debió ser el camino ni que jamás debe volver a serlo, y para formular las preguntas fundamentales que cualquier persona, organización progresista o pueblo del mundo debe plantearse, si quiere alcanzar un futuro distinto al capitalismo. Su obra es una obra revolucionaria que deben conocer muchas personas que, como Bonfila Bonch-Bruevich, siguen siendo socialistas –muchas después de años de penalidades o de cárcel por mantener sus ideas– y quieren saber qué ha pasado.

Además, tiene una enorme significación que usted, un artista de nuestra época, un dramaturgo imprescindible del teatro contemporáneo, se pronuncie de esta manera contundente e inequívoca. En un momento en que la confusión es interesadamente azuzada para que todo aquello que ha tenido o tiene que ver con la transformación social, quede cubierto de descrédito o escepticismo, es importantísimo que el arte hunda sus pies en la vida y en las verdaderas encrucijadas de nuestro tiempo. Sin la vida, ni el arte ni la revolución pueden llegar muy lejos. Como en todos los momentos en que arte y cambio social han caminado juntos, en este convulsivo final de siglo, el arte y los artistas pueden ayudar a mucha gente a abandonar los prejuicios que les dicta su cabeza para liberar la energía que aguarda latente en su corazón.

Me gustaría señalarle diversos aspectos de la obra que coinciden plenamente con nuestra forma de entender las cosas. Se trata de la escena tercera del segundo acto, cuando Bonfila dice: «Padrecito. Hemos sufrido tanto y el Paraíso no ha llegado. ¿No debería regresar y explicarnos en qué nos hemos equivocado?» Pero no es el Gran Lenin quien aparece, sino la niña. La niña muda y cancerígena que después exclamará: «¿Y qué conclusión debemos sacar del naufragio?». No hay padrecitos ni iconos que valgan. No hay nadie por encima de nosotros que venga a resolvernos el problema. Ni debe haberlo. Esta es una gran enseñanza. No hay más dirigentes que nosotros mismos. Las respuestas están concentradas en las preguntas de esta niña plutónica, tierna y dolorosa: afrontar la realidad y la verdad con todas las consecuencias, extraer con nuestra cabeza las conclusiones del fracaso y, si «amamos al mundo, pasar a la acción».


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De Homebody/Kabul se podría decir, porque lo es, que es un alegato contra las atrocidades de los talibanes. Y, de paso, contra Estados Unidos, la CIA, la URSS, Bin Laden, el tráfico de armas como forma de intervención, la disputa por el gas natural...