SUMARIO

Nž 10 - julio 2002

CULTURA

«La poesía no es neutral. Ningún hombre puede ser neutral»

Homenaje a Gabriel Celaya

U n intrincado manto de silencio ha pretendido hurtarnos los poderosos versos de Celaya. Tan imposibles de domeñar, de deglutir entre las fauces del arte globalizado, que, a pesar de tratarse de uno de los más grandes poetas que ha dado España en el último siglo, múltiples manos han corrido a cerrar con siete llaves las puertas de su poesía.

Es necesario enterrar a quien rasga las cortinas de los engaños declarando que ningún poeta, como ningún hombre puede ser neutral. Es preciso acallar a quien rompe el secuestro del arte y lo entre-ga en las manos de quienes persiguen otro mundo. Hay que imponer una venda ante los versos de un poeta de Hernani que canta que deletrea con amor a la España que combate.

Un vasco que pulsa pasionalmente los lazos que acercan todos los puntos de la geografía española en la mejor fragua posible: la de los anhelos y heridas com-partidas en la lucha. Celaya nos conduce hasta un hilo enlazado con lo mejor de nuestra historia. Hilvanado poéticamente, desde su estancia en la Residencia de Estudiantes que ocupó Lorca, con una de las cumbres de nuestra cultura, hundiendo los pies en el firme compromiso con la República y la lucha antifranquista.

Quizá por eso su voz vuelve a traernos hoy, como hace cuarenta años, una «poesía urgente». Hoy es más necesario recuperar a un poeta que quiso ser comunista, vasco y español. Tres cosas que, al eludir la fantasía de la neutralidad, alegran a muchos tanto como duelen a unos pocos.

(De «Cantos íberos», 1955)

Nosotros somos quien somos. ¡Basta de Historia y de cuentos!
¡Allá los muertos! Que entierren como Dios manda a sus muertos.

No vivimos del pasado, ni damos cuerda al recuerdo.
Somos, turbia y fresca, un agua que atropella sus comienzos.

Somos el ser que se crece. Somos un río derecho.
Somos el golpe temible de un corazón no resuelto.

Somos bárbaros, sencillos. Somos a muerte lo ibero
que aún nunca logró mostrarse puro, entero y verdadero.

De cuanto fue nos nutrimos, transformándonos crecemos
y así somos quienes somos golpe a golpe y muerto a muerto.

¡A la calle!, que ya es hora de pasearnos a cuerpo
y mostrar que, pues vivimos, anunciamos algo nuevo.

No reniego de mi origen, pero digo que seremos
mucho más que lo sabido, los factores de un comienzo.

Españoles con futuro y españoles que, por serlo,
aunque encarnan lo pasado no pueden darlo por bueno.

Recuerdo nuestros errores con mala saña y buen viento.
Ira y luz, padre de España, vuelvo a arrancarte del sueño.

Vuelvo a decirte quién eres. Vuelvo a pensarte, suspenso.
Vuelvo a luchar como importa y a empezar por lo que empiezo.

No quiero justificarte como haría un leguleyo.
Quisiera ser un poeta y escribir tu primer verso.

España mía, combate que atormentas mis adentros,
para salvarme y salvarte, con amor te deletreo.

(De «Cantos iberos», 1955)

Cuando ya nada se espera personalmente exaltante,
más se palpita y se sigue más acá de la conciencia,
fieramente existiendo, ciegamente afirmando
como un pulso que golpea las tinieblas,


cuando se miran de frente
los vertiginosos ojos claros de la muerte,
se dicen las verdades:
las bárbaras, terribles, amorosas crueldades.

Se dicen los poemas
que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados,
piden ser, piden ritmo,
piden ley para aquello que sienten excesivo.

Con la velocidad del instinto,
con el rayo del prodigio,
como mágica evidencia, lo real se nos convierte
en lo idéntico a sí mismo

Poesía para el pobre, poesía necesaria
como el pan de cada día,
como el aire que exigimos trece veces por minuto,
para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.

Porque vivimos a golpes, porque a penas si nos dejan
decir que somos quien somos,
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.
Estamos tocando el fondo.

Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural por los neutrale
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.

Hago mías las faltas. Siento en mí a cuantos sufren
y canto respirando.
Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas
personales, me ensancho.

Quisiera daros vida, provocar nuevos actos,
y calculo por eso con técnica, qué puedo.
Me siento un ingeniero del verso y un obrero
que trabaja con otros a España en sus aceros.

Tal es mi poesía: poesía-herramienta
a la vez que latido de lo unánime y ciego.
Tal es, arma cargada de futuro expansivo
con que te apunto al pecho.

No es una poesía gota a gota pensada.
No es un bello producto. No es un fruto perfecto.
Es algo como el aire que todos respiramos
y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.

Son palabras que todos repetimos sintiendo
como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado.
Son lo más necesario: lo que no tiene nombre.Ç
Son gritos en el cielo, y en la tierra, son actos.


«Nada de lo que es humano debe quedar fuera de nuestra obra. En el poema debe haber barro, con perdón de los poetas poetísimos. Debe haber ideas, aunque otra cosa crean los poetas acéfalos. Debe haber calor animal. Y debe haber retórica, descripciones y argumentos, y hasta política».

«Un poema es una integración y no ese residuo que queda cuando en nombre de «lo puro», «lo externo» o «lo bello», se practica un sistema de exclusiones. La Poesía no es neutral. Ningún hombre puede ser hoy neutral. Y un poeta es por de pronto un hombre. (...) «La poesía no es un fin en sí. La poesía es un instrumento, entre otros, para transformar el mundo. No busca una posteridad de admiradores. Busca un porvenir en el que, consumada, dejará de ser lo que hoy es».

«Estamos "obligados" a los otros. Y no sólo porque hemos recibido en depósito un legado que nos trasciende, sino también porque el poeta siente como suya la palpitación de cuanto calla, y la hace ser –debe hacerla ser– diciéndola. Esta es precisamente su misión. No expresarse a sí mismo sino mantenerse fiel a esas voces más vastas que buscan en él la articulación y el verso, la expresión que le de a luz».

«Repitámoslo. Recémoslo: Nadie es nadie. Busquemos nuestra salvación en la obra común. Pesemos nuestra responsabilidad. Sintamos cómo al replegarnos sobre nosotros mismos nuestra inanidad nos angustia, y cómo al entregarnos, al ser para los otros, al ser en los otros y al participar a compás en la edificación general del futuro, el corazón se nos ensancha, el pulso nos trabaja, la vida canta y somos por fin, a todo voltaje, hombres enteros y verdaderos. Salvémonos así, aquí, ahora mismo, en la acción que nos conjunta. No seamos poetas que aullan como perros solitarios en la noche del crimen. Carguemos con el fardo y echémonos animosamente a los caminos matinales que ilumina la esperanza».

Gabriel Celaya


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Celaya nos conduce hasta un hilo enlazado con lo mejor de nuestra historia.