SUMARIO

AGOSTO 2002

Unificación Comunista de España
 

Derecho a la autodeterminación, Sí

No puede considerarse revolucionario, ni tan siquiera demócrata, aquel que no luche por la plena igualdad entre las naciones y los pueblos, entre los idiomas, entre las culturas,... Esta es una cuestión de principios; una nación no puede ser libre si oprime a otra nación. La existencia de una larga historia de opresión nacional en España obliga a que el pueblo de sus nacionalidades, y muy especialmente el pueblo vasco, sea el que debe decidir libremente la pertenencia o no a España.

Fortalecer la unidad del pueblo en España pasa por defender su libre decisión de luchar en común por un futuro distinto al que imponen el imperialismo y la oligarquía

Cualquier progresista, vasco o andaluz, catalán o extremeño, gallego o castellano... ha de hacer suya esta reivindicación. Pero este derecho irrenunciable puede ser defendido desde objetivos políticos distintos. La idea de que defender el derecho a la autodeterminación es promover el separatismo resulta una acusación tan insostenible como responsabilizar a los partidarios del divorcio del fracaso de los matrimonios. Nuestro fin es bien distinto: se trata de construir un país en el que los intereses de las clases populares sean los que dirijan su destino y para ello un objetivo fundamental es fortalecer la unidad del pueblo, una unidad voluntariamente asumida contra los grandes centros de explotación mundiales que buscan debilitar a España para dominar a sus gentes.

Sólo la libre decisión del pueblo de las nacionalidades de España por mantener y fortalecer su unidad puede arrinconarlos y construir un futuro en libertad frente a los designios de los grandes poderes foráneos y locales. éste es el papel que cumple la defensa del derecho a la autodeterminación de las nacionalidades en España: fortalecer la unidad de su pueblo para conquistar otro destino.

Exacerbar las diferencias

En el balance histórico de la fractura vasca, los principales responsables han sido y son las potencias imperialistas, que aprovechando una serie de particularidades históricas, se han dedicado a exacerbar las diferencias con el fin de extraer mayores ganancias de sus dominios en la Península y en Iberoamérica. En el siglo XIX, la Francia liberal apoyaba a los carlistas; la explicación en boca de un diplomático francés era clara: «cuanto más suba el carlismo, más bajará el precio de las minas de Almadén».

La derecha reaccionaria española no ha hecho más que servir en bandeja las condiciones idóneas para que el imperialismo de turno sacara ventajas de la situación. Por un lado renunciando a un proyecto nacional independiente y estableciendo una relación de sumisión y entrega a las potencias imperiales; a cambio recibiría el apoyo de éstas para dominar las luchas populares que en numerosas ocasiones han amenazado con derribar su estado decrépito y corrupto.

Desde que un ejército francés fuera el encargado de aplastar a los liberales, la historia de España en los dos últimos siglos ha estado marcada por el carácter vendepatrias de su clase dominante, incapaz de detener por sí misma el empuje revolucionario del pueblo. Francia, Inglaterra, Alemania y EE UU han ido ocupando un papel dirigente en los destinos de España dependiendo de su situación de mayor o menor poderío en el terreno internacional.

La más negra reacción

Pero, a su vez, la oligarquía española ha reprimido a sangre y fuego al pueblo de las nacionalidades de España aplastando, entre muchos otros, los derechos que emanan de su carácter multinacional, de sus identidades específicas, de su cultura, de sus lenguas,... un patrimonio que nos enriquece y cuya represión ha sentado las bases para que la labor del imperialismo de turno haya contado con un campo abonado para debilitar a España y vaciarla de voluntad exacerbando vectores que se anulen entre sí.

La bandera de España y la defensa de su unidad se ha transformado en manos de la clase dominante y la derecha reaccionaria en sinónimo de dominio y brutal represión contra el pueblo trabajador en España y con los pueblos hermanos en Iberoamérica. Bajo esa bandera, el sangriento alzamiento fascista contra la República vino también a «imponer el orden» frente a los «libertinajes y separatismos». Tres años de guerra y cuarenta de dictadura han quedado en la memoria popular identificadas con la «España una, grande y libre» de los vencedores, en la que no había concesiones a los vencidos.

Y una vez más, pese a la propaganda y parafernalia patriotera del Régimen, no se dudó en entregar a esa «grande y libre» a la más vergonzante claudicación exterior; en esta ocasión, frente a la superpotencia norteamericana, que desde los acuerdos firmados por Franco en el 53 es la que decide en lo sustancial los destinos del país.

Lucha y unidad

Pero también en cada una de estas brutales represiones desencadenadas bajo la bandera de España, el pueblo de sus nacionalidades ha fortalecido sus lazos de unidad y lucha común, ha tenido una misma causa, se ha enfrentado a iguales padecimientos provocados por los mismos enemigos. Sólo su lucha unida ha permitido arrancar uno a uno sus derechos, ésta es una cuestión que no puede ser borrada ni olvidada porque al hacerlo se nos está privando de nuestra principal fortaleza.

La unidad del pueblo de las nacionalidades de España es clave para poder conquistar los intereses populares. Fortalecer esta unidad pasa obligatoriamente por defender su libre decisión de trabajar unidos, de luchar por construir en común otro futuro distinto al que el imperialismo y la clase dominante imponen. Defender el derecho a la autodeterminación en Euskadi es hoy una cuestión decisiva para fortalecer la unidad del pueblo de las nacionalidades de España y dotarse de capacidad para decidir el propio destino frente a los grandes explotadores mundiales y locales.

Amparo Peris


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«Respeto de las libertades regionales, sin menoscabo de la unidad espa–ola; protecci—n y fomento del desarrollo de la personalidad y particularidad de los distintos pueblos que integran Espa–a, como lo imponen un derecho y un hecho hist—rico, que lejos de significar una disgregaci—n de la naci—n, constituyen la mejor soldadura entre los elementos que la integran».