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Diciembre 2002 |
Unificación Comunista de España
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EDITORIAL INTERNACIONAL El
Pentágono impone una red de control de la información personal El grueso de leyes aprobadas tras el 11-S (ley Patriot, Tribunales militares, red de confidentes, superministerio de seguridad, centralización y control de la información) amenazan con quebrar definitivamente el inestable equilibrio entre el imperio y la democracia. Total Conocimiento de la Información. Ni en el cuidado de las formas parecen reparar los sectores más oscuros de Washington. Bajo este terrorífico y orwellinano nombre se esconde un sofisticado sistema informático de control de la información personal apadrinado por el Pentágono. Una red (impulsada desde la Agencia de Proyectos Avanzados de Investigación Defensa del Pentágono por parte de John Poindexter, alto mando militar durante la era Reagan) que persigue conseguir el acceso directo, a discreción y sin autorización judicial, a todas las comunicaciones electrónicas, transacciones bancarias y datos personales de cualquier persona u organización. Un proyecto amparado bajo la creación del superministerio antiterrorista que coloque bajo un único mando todos los servicios secretos norteamericanos. Las asociaciones de libertades civiles ya han dado la voz de alerta ante el «severo recorte de los derechos constitucionales», mientras que para el director del Centro para la Privacidad de la Información «el vehículo es el superministerio de seguridad y el resultado es un sistema militar de vigilancia de los norteamericanos». El imperio siempre ha necesitado deglutir a la democracia para avanzar. Pero el 11-S ha agudizado el enfrentamiento hasta hacer casi imposible la convivencia de ambos. En la base de la esencia como nación de EEUU se encuentra el continúo forcejeo entre un relativamente amplio marco de libertades individuales, y un pueblo celosamente guardián de ellas, y los deseos imperiales por limitarlas y ejercer un férreo control interno que garantice el éxito de las aventuras expansionistas. La caza de brujas constituye uno de los más sangrantes ejemplos. Pero la actual administración Bush parece empeñada en convertir a MacCarthy en un peligroso liberal. El grueso de leyes aprobadas tras el 11-S (ley Patriot, Tribunales militares, red de confidentes, superministerio de seguridad, centralización y control de la información) son, de conjunto, el dibujo de un proceso de fascistización interna que amenaza con quebrar definitivamente el permanentemente inestable equilibrio entre el imperio y la democracia. No se trata ya de una consecuencia del carácter ultrareaccionario del gobierno Bush, sino sobre todo de una necesidad política. La envergadura de los planes del Imperio exigen maniatar a la sociedad norteamericana. Reducir a la mínima expresión la capacidad para que exprese su opinión que, como se puede comprobar en las manifestaciones masivas en Washington o Nueva York o en la campaña a través del manifiesto «No en nuestro nombre», está mayoritariamente enfrentada al belicismo imperial. El pueblo norteamericano sabe que serán los primeros en sufrir la política del imperio. Las nuevas medidas anunciadas por Bush tras su triunfo electoral (traspaso a bolsa de los fondos de la Seguridad Social destinados a pensiones, o la reducción de los subsidios de pobreza) son un ejemplo. La seguridad del imperio no sólo exige vigilar a los sectores más dinámicos y conscientes, sino sobre todo disponer de instrumentos para ejercer un férreo control sobre unas clases populares cada vez más marginadas y que son un auténtico alien interno en el estómago del gigante. Artículos relacionados: EEUU,
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