SUMARIO

Diciembre 2002

Unificación Comunista de España
 

INTERNACIONAL

Las resoluciones de la ONU sobre la guerra en Irak
La dictadura mundial tropieza con sus límites

La nueva iniciativa de Powell demuestra los límites y contradicciones de la línea más aventurera a la hora de ejecutar la dictadura mundial

La oposición de los círculos más duros, los encarnados por el vicepresidente Chenney o el secretario de Defensa Donald Rumsfeld, a que EEUU ni siquiera se personara a someter a consideración su postura ante un organismo como la ONU, ni mucho menos negociar algún punto con cualquier otra potencia, demuestra que entre los «halcones» se vuelven a dibujar dos formas, que si bien coinciden en el proyecto, difieren a la hora de ejecutarlo.

La resolución aprobada por la ONU supone un éxito diplomático de EEUU, pero al mismo tiempo evidencia los límites del proyecto de dictadura mundial impulsado desde Washington. La totalidad de la comunidad internacional ha dado cobertura a la pretensión norteamericana de atacar unilateralmente Irak, pero la administración Bush ha debido incurrir en severas contradicciones para conseguirlo.

Hace tan solo unas semanas la nueva doctrina de seguridad nacional consideraba a la ONU un organismo inservible al que EEUU no reconocía ninguna autoridad. Hoy, Washington somete a consideración del Consejo de Seguridad sus intenciones, otorgándole un importante papel. Basta recordar el incidente con el embajador francés, llamado a consultas a causa de unas críticas vertidas contra EEUU por el gobierno galo, para darse cuenta del lugar donde la nueva estrategia de la Casa Blanca mantenía relegadas al resto de las naciones más poderosas del planeta.

Durante estos días, la diplomacia norteamericana ha desplegado una frenética actividad negociadora para conseguir que París apoyara el texto presentado por Washington. La apertura de un periodo de negociación, atemperando uno de los momentos de mayor agresividad estadounidense, parece una victoria del equipo del secretario de Estado, Colin Powell. La insistente oposición de los círculos más duros, los encarnados por el vicepresidente Chenney o el secretario de Defensa Donald Rumsfeld, a que EEUU ni siquiera se personara a someter a consideración su postura ante un organismo como la ONU, ni mucho menos negociar algún punto con cualquier otra potencia, demuestra que entre los «halcones» se vuelven a dibujar dos formas, dos maneras, que si bien coinciden en lo esencial, difieren a la hora de ejecutarlo.

El paso por la ONU no implica el abandono de un plan de ataque a Irak ya decidido y planificado por el Pentágono. Pero sí obliga a reconsiderar los plazos y la relación con el resto de países aliados. Algo similar ocurrió durante la reciente guerra de Afganistán. La intervención de Powell recondujo el planteamiento inicial, mucho más agresivo y aventurero, por una ingeniería política que consiguió crear una situación donde nadie podía quedar al margen de la ofensiva militar estadounidense.

En la actual coyuntura de la preguerra contra Irak, la iniciativa total de los Cheney y Rumsfeld había creado una situación delicada para Washington. Su agresiva desfachatez ha provocado una oleada de antiamericanismo visceral en todo el planeta, creando graves contradicciones internas incluso en los países dispuestos a sumarse sin condiciones al carro norteamericano. La absoluta unilateralidad ha colocado por primera vez a todas las demás burguesías del mundo en una oposición rotunda a participar, y ni tan siquiera a apoyar, una aventura militar estadounidense. Incluso se crean obstáculos para la propia ejecución de la operación militar, ejemplificados, a diferencia de la primera guerra del Golfo, en la negativa de los países árabes, sobre todo Arabia Saudí, a prestar sus bases militares para el ataque a Irak.

Y, sobre todo, la línea del sector más duro de los halcones ha antagonizado la oposición interna de un sector de la propia burguesía norteamericana que contempla horrorizada las consecuencias que para su dominio mundial, para las posibilidades de ejercer con la mayor libertad la explotación global, supone un planteamiento tan aventurero.

La diferencia entre las dos vías que aparecen entre los halcones (la que está representada por Powell y la que se agrupa en torno a Cheney, Rumsfeld, Rice) no se encuentra en la posición ante el proyecto general, sino en la, por otra parte vital, forma y plazos de llevarlo adelante. Frente a la abolición de cualquier legislación internacional, Powell defiende entronizar los puntos esenciales de la dictadura mundial como nuevo patrón de las relaciones mundiales, en la que, sobre la base de aceptar bajo la presión militar la supremacía norteamericana, todas las naciones y organismos internacionales pueden jugar un papel. En contraposición a la unilateralidad absoluta, y al ninguneo, cuando no la humillación, del resto de potencias, que las colocan en una fiera oposición a Washington, la postura del secretario de Estado aboga por ralentizar los plazos, suavizar las formas, y conseguir un respaldo relativamente amplio a las acciones militares.

La nueva iniciativa de Powell, que parecía en los últimos meses definitivamente relegado a un puesto marginal en el gobierno Bush, demuestra los límites y contradicciones de la línea más aventurera a la hora de ejecutar la dictadura mundial. Cuando se intensifica la presión de los Cheney y Rumsfeld, llegan invariablemente a una situación límite, donde sólo existen dos alternativas: o una huida hacia delante que ocasione un incendio general, o el replanteamiento de los plazos y las formas para poder garantizar lo esencial.

Joan Arnau


Los planes de guerra contra Irak
Decisión tomada

Mientras el mundo se esfuerza por agotar todas las vías diplomáticas para evitar el conflicto, el Pentágono entregó hace un mes a la Casa Blanca el plan definitivo de guerra contra Irak

Nadie puede confundirse. La nueva resolución de la ONU, apadrinada por Washington y apoyada por unanimidad en el Consejo de Seguridad, dice ofrecer «una última oportunidad para evitar la guerra». La realidad es que EEUU decidió hace varios meses que Bagdad era la próxima y necesaria estación en su escalada militar planetaria.

No es verdad que el 11-S provocara la respuesta bélica estadounidense: Bush disponía de un plan detallado para desencadenar la guerra en Afganistán con varias semanas de antelación al atentado contra las Torres Gemelas . Los proyectos de consolidación de la hegemonía norteamericana exigían una intervención militar. De la misma manera, mientras el mundo se esfuerza por agotar todas las vías diplomáticas para evitar un conflicto de incalculables consecuencias, el Pentágono entregó hace un mes a la Casa Blanca el plan definitivo de guerra contra Irak, tan sólo a la espera del momento y la forma idóneas para ejecutarlo. Las necesidades imperiales vuelven a imponer el uso de la fuerza.

Todo está planificado. 250.000 soldados están ultimando los preparativos para lanzar la ofensiva. Primero se infiltrarán en territorio iraquí algunos comandos para marcar los objetivos a los aviones y establecer los contactos con los rebeldes al gobierno de Bagdad. Posteriormente, aviones B-1 y B-2 bombardearán durante un mes utilizando proyectiles guiados por satélite. Y, por último, el grueso de las tropas invadirán el norte, el sur y el oeste del país, estableciendo bases militares desde donde ocupar todo el territorio.

La asesora de seguridad nacional, Condolezza Rice ya ha dictaminado la política de «tolerancia cero» hacia Irak, mientras el propio Bush declaraba que «emplearemos todo el poderío de las Fuerzas Armadas de EEUU». Un alto cargo militar citado por el New York Times explicaba los efectos de estas palabras: «no nos gustaría matar a muchos iraquíes, pero si cometen la estupidez de luchar, tendremos que hacerlo».

La ilimitada voluntad belicista de los sectores más duros de la burguesía norteamericana evidencia hasta que punto la guerra se ha convertido en el eje central de su estrategia de dominio mundial. Washington se ha propuesto rediseñar el mapamundi a golpe de tomahawk, edificar la consolidación de su hegemonía sobre su abrumadora superioridad militar, exhibida a través de una sucesión ininterrumpida de guerras.

Tal y como ya ha oficializado la nueva estrategia de seguridad nacional estadounidense, el uso de la fuerza militar, el ataque preventivo unilateral, ha pasado a ser la forma habitual de actuación de la única superpotencia en la escena internacional.. Cuando los rescoldos de las Torres Gemelas todavía humeaban, el secretario de Defensa estadounidense advertía de que la guerra contra el terrorismo duraría cincuenta años. Hace unas pocas semanas, el mismo personaje declaraba que «atacaremos Irak con o sin el apoyo de la ONU».

El dominio total sobre Irak, instalando un régimen que como ha afirmado Bush podría estar dirigido por un militar estadounidense, es vital para el Pentágono en su afán de controlar el continente asiático. El paso elegido es atacar el régimen de Sadam Hussein, el punto más débil de una zona estratégica como el Golfo Pérsico. Ni las consecuencias derivadas de encender una de las zonas más inflamables del globo, ni la oposición cerrada de todo el planeta, parecen influir en sus proyectos belicistas.

El Pentágono y la administración Bush han pasado ya el acuse de recibo de la guerra en Irak. Casi dos millones de personas han muerto como consecuencia de la Guerra del Golfo desatada en 1991. ¿Cuántos serán necesarios esta vez para saciar los deseos del imperio?

Joan Arnau

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